Indemne todos estos años (Camilo Marks)

9789568856274

Indemne todos estos años. Memorias (2015)

Camilo Marks Alonso (1948)

Lumen (PRH Mondadori)

ISBN 978-956-8856-26-7

502 páginas

 

Rosebud es la palabra que gatilla en El ciudadano Kane que un grupo de periodistas quiera conocer y entender la vida de un hombre. En la película, la historia retrocede y nos va mostrando las anécdotas, un par de amores, las empresas que tuvo y las desventuras que el protagonista vivió, cuáles son sus raíces, también cuáles sus miedos, hasta que presenciamos de dónde emerge esa palabra, escrita en un juguete de infancia. Pero, fuera de eso, qué es exactamente rosebud: no queda más que elucubrar. Sí, es el juguete, así como es la infancia toda, es aquel cúmulo de cosas que para él, más allá del dinero y la fama, eran importantes, verdaderas. Y también no es ninguna de ellas por sí mismas, sino que quizás es la mezcla imprecisa de todas y tantas otras que jamás sabremos.

“Lo que ante todo quiero hacer cuando escribo, sean críticas u otro tipo de textos, o sea, ficciones, es contemplar el carácter humano…” (pág 34)

¿Qué son las memorias de un hombre? Son, sin lugar a dudas, un punto de vista. Y como tal son la imprecisión, los errores, aciertos, los momentos de lucidez y los de miedo. También están las anécdotas, el cariño fraternal que lo ha forjado, algunos tropiezos confesables y un montón de silencios que, por oscuros, se hacen notorios en el texto; podemos percibir su existencia, aunque sin saber bien en qué consisten. Eso es Indemne todos estos años: un trabajo de realidad tanto como de ficción, es una biografía imaginaria.

En el texto asistimos a la infancia de Camilo Marks, a su vida como estudiante en el Internado Nacional Barros Arana, su pasado provinciano. Vemos también algún escape familiar a Argentina a causa de las deudas. Asistimos a los años de universidad, a su participación en el MIR, incluso a su vida en Londres, sin fastuosidad alguna, como exiliado político. A todo eso concurrimos junto con el autor, quien narra con la felicidad de quien vuelve a visitar las imágenes añoradas de un pasado que de seguro no fue perfecto, pero fue aquel que le tocó y que, como tal se siente propio. Todo, como es lógico, teñido del humor de Marks.

“…mis primeros amigos fueron rotos, mis mejores amigos eran rotos, crecí al lado de puros rotos y eso sí que me ha servido en la vida, ya que coexistir junto a la mayoría de lo que es y cómo es la población chilena me hizo, desde muy pequeño, creer que era miembro de ella, sin sentirme jamás disminuido” (pág. 22)

Camilo Marks Alonso es abogado, crítico, docente. Todo eso lo sabe cualquier lector de la solapa de su libro. Es también un hombre, una persona y como tal tiene las virtudes y defectos de cualquier ser humano, ni mejor ni peor que muchos. Ha tenido una vida que también resulta particular, digámoslo, como particular es para cualquiera de nosotros su propia vida. ¿Qué hay, entonces, en estas memorias que resultan tan destacables? Ciertamente Marks es una figura hasta cierto punto pública. Sus reseñas literarias salen domingo a domingo en el periódico que entiendo es el de mayor tiraje nacional y así ha sido, en ese y otros medios, durante unos treinta años. Pero tal vez eso no baste por sí solo para sostener unas memorias. Le asiste, entonces, su personalidad de claroscuros, que se inclina hacia el histrionismo que también se nota en sus escritos, hacia el desenfado, en su humor muchas veces negro. ¿Basta con eso? No lo sé. Hay que agregar, entonces, su grandeza. Utilizo la palabra sin miedo. En su vida no solo se ha dedicado a la literatura: estas memorias toman un altísimo vuelo cuando narra su desempeño como abogado de materias de Derechos Humanos, trabajando en la Vicaría de la Solidaridad, probablemente sabiendo que todo lo que hacía a favor de los presos políticos de la dictadura militar chilena era hasta cierto punto inútil, que todo era un sentarse ante la kafkiana Puerta de la Ley, que solo se abrirá para uno, para él, para nosotros, en algún momento, sin saber muy bien qué debemos hacer, cómo un minúsculo Camilo Marks Alonso puede, contra todo un aparato gubernamental de represión, lograr que una sola persona y luego otra, y otra obtengan la libertad de la que jamás debieron ser privados.

“…los prisioneros políticos, que actuaron con inmensa valentía, con inusitado coraje, con todas las de perder, en contra de un sistema opresivo, dictatorial y que conculcó los derechos humanos a una escala nunca antes vista en Chile” (pág. 333)

En ese momento este libro, siempre ameno, siempre brioso como su autor, toma tintes heroicos, cuando el mismo Marks se da cuenta de que la tarea que abordó, junto con otros tantos, le superaba infinitamente y que, sin embargo, él y esos otros la afrontaron con valentía, con tozudez incluso, sabiendo que probablemente no lograrían nada, pero descansando sus esperanzas en su infatigable laboriosidad de tinterillos, de comentadores de pasillos, de golpeadores de puertas, de alegadores de Cortes, de quienes hacían todo lo necesario y todo lo que también podía no serlo, para lograr que una persona, primero una luego otra, recuperaran su tan ansiada libertad. Ahí es cuando Marks se empequeñece ante una labor magnánima, y por lo mismo, y mucho más allá de lo que él parece darse cuenta, su figura crece en dignidad, en honra, en ámbitos ajenos al quehacer literario. Es ahí cuando nosotros lectores —sin que él lo sugiera— nos damos cuenta de cuánta gratitud le debemos a tantos que, como Camilo Marks, trabajaron empecinados en conseguir algo que se define en una sola palabra que, de tan manoseada, ha perdido casi toda significación, pero que escribo porque es la adecuada, y porque ni Marks ni nadie de nosotros es culpable de su devaluación: justicia.

Pero también hay literatura en estas memorias. Están sus comentarios sobre el estado de la cultura, la forma en la que llegó a ejercer la docencia y la crítica literaria en diferentes medios, sus opiniones sobre el día a día y las que tiene sobre él mismo, así como sus múltiples reproches. Entre todo lo que dice, en su estilo tan característico, es que vemos a un hombre en su humanidad. ¿Basta con eso para hacer unas memorias? Sí, basta y sobra. ¿Qué más puede pedirse a un hombre que humanidad? El cúmulo de errores, virtudes y defectos que lo conforman. El pequeño juguete de niño, la foto de su madre que guarda en el armario, quizás idealizada, quizás incluso más bella de lo que él mismo recuerda, la reminiscencia de su departamento familiar en Plaza Italia, los libros que tapizan las murallas, un amigo que golpea la puerta, preocupado, cuando acaba el último terremoto en Chile. Su propio rosebud. Las memorias que él reconoce como ficticias, exageradas, parciales. ¿Qué es eso, si no, un punto de vista?

No hay, en estas memorias, un recuento riguroso de su vida. Incluso es más, por largos pasajes carece de la intimidad que uno esperaría, de aquello que ocurre no solo en la domesticidad sino que en las rabietas del hombre que sabemos que farfulla y discute molesto, un poco como todos nosotros. Pero sí está ese camino hacia ese indefinible, inasible, pero bello.

Son memorias y como tales, son humanas, fraccionadas y muchas veces injustas. Él también lo sabe, pero en ese reconocimiento hay una forma de autenticidad profundamente valiosa.

 

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