Antes que anochezca (Reinaldo Arenas)

Antes que anochezcaPor: Pablo Cabaña Vargas

Antes que anochezca

Reinaldo Arenas (1943-1990)

Tusquets Editores

ISBN 978-84-8383-571-5

343 páginas

Pudiendo haber sido un panfleto maniqueo, plagado de consignas y eslogans, o la exposición pormenorizada de hechos y argumentos manipulados para provocar compasión hacia el narrador y su circunstancia, Antes que anochezca es, por el contrario, una autobiografía fresca, escrita con una fluidez asombrosa, amena y profundamente desgarradora como testimonio de rebeldía, de coraje y de libertad expresiva y vital.

Una rebeldía que se manifestó a través del ejercicio de una libertad sexual que se desenvuelve sin tapujos, y de un amor que conmueve hacia el arte de contar historias, pasión que llevó a Reinaldo Arenas —entre otras cosas— a reescribir un libro de memorias, de cuyo original tuvo que deshacerse por temor a las represalias de la Seguridad del Estado.

La vida del autor es la vida del pueblo cubano. En un caso y en otro, marcadas por el sometimiento: a la dictadura de Batista, primero, y cuando la posibilidad de un renacimiento se veía como posible, al régimen de Castro, que terminó por dinamitar el hambre de lucha del pueblo y lo condenó a la peor de las indignidades: el conformismo y la resignación.

Con ese contexto como telón de fondo, el autor abre el relato describiéndonos su infancia pobrísima, en que el hambre, la fuerza desmedida de la naturaleza y la crudeza de las costumbres (tener sexo con animales era tan natural como utilizarlos para la carga o el alimento), convivían con una libertad absoluta para jugar, observar, soñar y maravillarse por aquello que lo rodeaba. Momento de su vida en el que, influenciado por la potencia de lo misterioso, lo mágico y la presencia tutelar de su madre y su abuela que oficiaban de curanderas, contadoras de cuentos y adivinadoras de los avatares de la naturaleza, se inoculó esa semilla milagrosa en el interior del narrador, quien, pese a esas dificultades, logró convertirse en un adolescente inquieto y en un amante de la literatura, como forma de expresión y de evasión, que más adelante se ganará el respeto de otros grandes de la literatura cubana y se convertirá, ya de manera póstuma, en un autor ineludible en el panorama de la literatura latinoamericana.

Esa pasión, junto a su homosexualidad (promiscua, dispersa y deportiva), lo llevó a ser perseguido por la dictadura castrista, permanecer un largo tiempo en la cárcel y vivir situaciones que van más allá del dolor y el mal, y que permiten comprender que la naturaleza humana tiene una capacidad irreal para resistir la adversidad y luchar por la sobrevivencia, y, como contrapartida, para dominar y aplastar a quienes no se conforman con el plan trazado por los prejuicios o una determinada ideología.

Por eso las dictaduras siempre han sido enemigas de los escritores, ya que, como señaló Mario Vargas Llosa en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, “quienes dudan de que la literatura, además de sumirnos en el sueño de la belleza y la felicidad, nos alerta contra toda forma de opresión, pregúntense por qué todos los regímenes empeñados en controlar la conducta de los ciudadanos de la cuna a la tumba, la temen tanto que establecen sistemas de censura para reprimirla y vigilan con tanta suspicacia a los escritores independientes. Lo hacen porque saben el riesgo que corren dejando que la imaginación discurra por los libros, lo sediciosas que se vuelven las ficciones cuando el lector coteja la libertad que las hace posibles y que en ellas se ejerce, con el oscurantismo y el miedo que lo acechan en el mundo real. Lo quieran o no, lo sepan o no, los fabuladores, al inventar historias, propagan la insatisfacción, mostrando que el mundo está mal hecho, que la vida de la fantasía es más rica que la de la rutina cotidiana. Esa comprobación, si echa raíces en la sensibilidad y la conciencia, vuelve a los ciudadanos más difíciles de manipular, de aceptar las mentiras de quienes quisieran hacerles creer que, entre barrotes, inquisidores y carceleros viven más seguros y mejor”.

Es así como el autor, junto a otros ciudadanos que compartían su insatisfacción frente al estado de cosas que los rodeaba, se reunían clandestinamente a leer y comentar trabajos propios y ajenos, o a llevar adelante la tarea titánica de editar una revista o intentar sacar del país las obras que de manera precaria y secreta creaban, como una forma de hacerle frente a la opresión que los rodeaba, a lo menos mediante el ejercicio de la libertad de pensamiento y su manifestación más sublime: la libertad creativa.

Además, por este relato desfila buena parte de la gran literatura en español del siglo pasado: Virgilio Piñera, Severo Sarduy, José Lezama Lima, Guillermo Cabrera Infante, Alejo Carpentier, Nicolás Guillén, entre otros. Algunos de ellos pudieron crear pese a que sobre sus espaldas se cernía la sombra verde olivo, entregando testimonios conmovedores de honestidad intelectual, de solidaridad y dignidad; y otros, adoptando una posición respecto al régimen a lo menos acomodaticia, circunstancia que, de todas formas, no empaña su obra, si entendemos que la autonomía de la estética es un valor que cada lector debe incorporar como actitud al momento de enfrentarse a una obra narrativa.

Asimismo, el valor agregado de esta hermosa obra radica en servir de impulso para leer a todos esos autores, cuya obra se caracteriza por un cuidado uso del lenguaje y por esa notable mezcla entre alta cultura y tropicalismo, y cuya lectura generará un efecto desconcertante, si se pondera y contrasta su belleza con la atmósfera en que fueron engendradas.

Junto con sus méritos literarios y éticos, la obra suscita el interés del lector, al mismo tiempo que lo hace partícipe y cómplice de cada una de sus aventuras y reflexiones, pues este percibe la autenticidad y la transparencia del autor, su afán por entregar un testimonio personal y a la vez generacional, y la ausencia de recursos melodramáticos y de los lugares comunes propios de quien se considera víctima de la opresión.

Finalmente, cada una de las reflexiones del autor acerca del destino de la juventud cubana de su época —la que se perdió en cortes de caña, el aprendizaje rutinario de discursos y consignas, o en una lucha permanente por sobrevivir y escapar, dentro de lo posible, de las fauces del régimen—, permiten dimensionar la fuerza incontrarrestable de la verdad de las mentiras y de la creación literaria, que se sobrepone a cualquier tipo de totalitarismo, por cuanto la búsqueda de una realidad paralela que compense y haga más llevadera la vida concreta de todos los días es un afán que nos constituye desde el origen de los tiempos.

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