La raya oscura (Segundo Serrano Poncela)

La raya oscuraLa raya oscura (1954 – Ed. 2014)

Segundo Serrano Poncela

Editorial Comba

ISBN: 9788494252211

254 páginas

Era Julio Cortázar, con toda autoridad, el que vino a decir que hay dos tipos de cuentos. Están los que terminan con un giro inesperado y desconcertante, como “La noche boca arriba”. Y en el otro costado están aquellos cuyo final sobreviene en degradé, levemente, como las piezas musicales que desaparecen poco a poco y no dan paso a la siguiente hasta el último sonido. Esta imagen es la viva metáfora de los desenlaces que posee este libro de Segundo Serrano Poncela.

Como el protagonista del cuento que abre el libro, el autor llegó joven a Centroamérica, un lugar dominado por una potencia agobiante e inexplicablemente alegre, acaso ficticia. Describió el clima y las sociedades pequeñas y endogámicas de las islas del Caribe, hablando con la curiosidad propia del que está consciente y entiende como un deber el empaparse de las costumbres en calidad de extranjero y, mucho más, de exiliado tras la Guerra Civil Española. Utiliza además una perspectiva cuyo escenario no está para nada definido en correspondencia a la realidad, y sin embargo es absolutamente preciso. Pues, a lo largo de estos cinco cuentos, pocas o nulas son las ocasiones en que el narrador define el lugar donde ocurren los hechos. La sombra de Macondo envuelve este redescubrimiento literario; son pueblos chicos e infiernos grandes observados bajo el sopor de los ojos velados por la humedad a causa del sol tropical.

El realismo mágico es otro ingrediente fascinante en las tesituras del autor. No es uno flagrante u ostentoso. La maravilla sucede sorpresivamente. Allí cuando una mujer discreta y con modos carroñeros cuida de un enfermo que se pudre hasta devenir en costra humeante, allá cuando un alto diplomático es testigo de un ejército improvisado y cruento que busca la independencia, zafando en continuo escape de las heridas bajo el alero de la selva frondosa.

Lo que más sorprende del conjunto es la delicadeza irónica del autor al situarnos en un hastío inhabilitante, como el cuento que abre el libro, presentándonos además la curiosidad felina, fabulosa (en todo el sentido del término) y tan latinoamericana de los grupos humanos que pueblan sus páginas, bajo la cual hombres y mujeres se involucran y discuten como expertos en un plató sobre un affaire indebido: la vida de los demás, imaginando y creando hasta el paroxismo. Incluso tiernamente. Nada más ni nada menos que la defensa de la moral y las buenas costumbres como motor de los rumores, tal cual se puede ver en “El faro”

Segundo Serrano Poncela

El narrador también utiliza un recurso que no se ve frecuentemente, ocultándonos la primera persona que cuenta sin delatarse nunca, un fantasma en medio de la acción. Solo ve, huele, pregunta, escucha, respira las anécdotas. En este sentido, es imprescindible la definición de anécdota que da el cónsul en el cuento homónimo, recordando a Marcel Proust y los efectos sensibles que definen su larga obra. En La raya oscura el que relata nunca lo sabe todo, ni siquiera es sujeto importante de los sucesos que danzan ante él, a veces solo conecta un hecho con otro que le sigue. Quizás, hilando fino, es igual a los que lo rodean; igual de ignorante, igual de aburrido. Se limita a ser piadoso y a inspirar el mismo sentir al lector. Sin embargo, su fortaleza proviene de la sabiduría popular, rigurosa o no, y de los temblores que remueven los cimientos bien hechos de los países pequeños, olvidados por el destino solemne del mundo “avanzado” del que viene Serrano Poncela.

Con la pintura América invertida (1943) de Joaquín Torres García haciendo de portada, que recuerda a su vez al emblemático Patas arriba del uruguayo Galeano, Editorial Comba hace resurgir a este escritor español y su obra, cuya primera publicación fue hace casi sesenta años. Una literatura que permanece lejos del modo narrativo imperante de nuestros días, con descripciones que muchas veces quieren acabarse pronto (como por cumplir)  y una acción que a ratos está suspendida en el fondo. Una manera de hacer que busca revivir el axioma: al escribir se requiere de prudencia y, sobre todo, de oficio.

“Flores para los muertos y tranquilas sonrisas de opio para los vivos”, decía Ray Loriga, otro buen escritor madrileño, aunque contemporáneo y radicalmente distinto en su estilo. Las flores son para los muertos —y, en todo caso, sobran.

La ciudad le desencantó. Tenía del trópico una imagen demasiado literaria, de tarjeta postal: playas cubiertas de cocoteros y nativos vestidos con taparrabos —una especie de aguafuerte romántico extraído de sus escasas lecturas y el cine. Se encontró con calles rectas, antiguas, iluminadas por un sol agresivo, cuyas casas de una sola planta dejaban escapar por encima del tejado toda clase de ramajes. Sonaban demasiado las bocinas de los automóviles; se oía en todas partes la dulzona y pegajosa musicalidad de los aparatos de radio; los peatones andaban despacio; se tropezaba acá y allá con vendedores de fruta, limpiabotas y loteros. Y luego, el sudor, la viscosa humedad escurriendo entre el vello del pecho, por las sienes, empapando la camisa.

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