Texto presentación “Exilio dorado” de Gonzalo León – Camilo Brodsky

El exilio dorado
No me voy de esta ciudad con la resignación de los visitantes en tránsito.

Me dejo atar, fascinado por ella

a los recuerdos del presente:

cosas que no tuvieron, por definición un futuro

pero que, ciertamente, llegaron a envejecer, pues las dejo a sabiendas

de que son, tal vez, las últimas elaboraciones del deseo

los caprichos lábiles que preanuncian la vejez.

Enrique Lihn, Pena de extrañamiento.

En Exilio dorado creo que asistimos, en primer lugar, a un salto en la escritura de León; un salto, sí, a otro país, pero sobre todo hacia la apertura de otros temas, hasta el momento no abordados por Gonzalo de manera sistemática. Porque si bien podemos decir que presenciamos el proceso de argentinización de León, es más bien su prosa la que lo hace, o sus temas, para ser más precisos. Y eso queda registrado en la gran mayoría de estas notas, apuntes de un ensayo sobre su exilio dorado, claro, pero un exilio que no está radicado —exclusivamente— en la geografía de un país llamado Argentina, sino más precisamente al interior de la literatura de ese país, con la que León va estableciendo un diálogo que se ve informado, que alumbra tanto desde la lectura de la tradición (ahí están las referencias esporádicas a Arlt, a Bioy, pero principalmente —y cómo no— a Borges) como desde el conocimiento de las escrituras y textualidades que surgen desde fines de los 70 y principios de los 80 —que se adivina producto de una lectura hambrienta, voraz, nacida principalmente en los últimos seis o siete años, y que permiten reconocer un desenvolvimiento cómodo, suelto, confiado en esas aguas de la literatura argenta—, y que alimentan hasta hoy el panorama literario trasandino: Lamborghini, Perlongher, Aira, Fogwill, Saer, Libertella, Néstor Sánchez, Copi; pero también Sbarra, Cozarinsky, Link, Cohen, Strafacce, Katchadjian, Tabarovsky, entre muchos otros que pasan por estas páginas.

Y lo mismo sentimos cuando, tras repasar la narrativa, entra a dialogar con la poesía, principalmente la reciente y sus antecedentes directos, transitados de manera efectiva en la sección “Ponerse poéticos”, en que se aborda bastante profusamente la situación de la poesía argentina actual, buceando también con más detalle en autores como Martín Gambarotta o Alberto Rubio, por mencionar un par de los que llevan a León a detenerse con más énfasis, nacido posiblemente de la complicidad y el puro gusto lector, dejándonos a mano un panorama, si no completo, sí bastante esclarecedor de los caminos y nombres por dónde circula hoy el texto poético en Argentina, ejercicio siempre útil en un país —el nuestro— que ha hecho del género casi un implemento más de la mochila del chauvinismo que nos legó la dictadura —aunque no solo ella—, relegando en demasiadas oportunidades la lectura de poesía al lugar del ejercicio autorreferente, y su crítica a un divertimento que roza la endogamia. El ejercicio sobre el poeta nacional —esa especie con tantos aspirantes en Chile y que tan bien sintetiza la imagen de Neruda— que hace sobre la figura de Gelman, por ejemplo, viene muy bien como lectura a este lado de la cordillera. Y es lindo ver cómo aprovecha también de enviar un par de recados a casa, como en el artículo sobre Bolaño, cuyo cierre da cuenta del desconcierto con que nuestra literatura enfrentó la escritura de ese autor que las librerías chilenas aún no “deciden si poner sus libros en literatura universal, literatura latinoamericana o literatura chilena”; o en el texto sobre la traducción, donde a propósito de ese “idioma planchado” (como dice Gonzalo) al que nos llevaron las versiones españolas, cita a Marcelo Cohen, autor de Música profana, y se refiere a muchos de los narradores más recientes de este pago como aquellos que “leían abundante literatura traducida y poca tradición de su lengua”.

León en este libro, creo, realiza un movimiento de enorme apertura, principalmente sobre lo que ha sido su propio rastro literario. No solo realiza la inmersión vital e intelectual en la literatura argentina que, a fin de cuentas, le exige su propio movimiento migratorio; va y vuelve también por la tradición universal, visita a Swift, a De Quincey, pasa por Joyce, por Musil, por Roth. Se detiene especialmente en Kafka —quizás por los hilos que logran tejerse entre el checo y la literatura argentina, un poco por lo que de argentino tiene el propio Kafka o el lenguaje Kafka, del que se hace mención en el libro Gonzalo Garcés; o tal vez es lo contrario, es por la imposibilidad absoluta de serlo, cómo saber en realidad— y, sobre todo, en el que uno adivina que Gonzalo visualiza como una suerte de precursor de su propia situación, alter ego de su propio extrañamiento: el polaco Witold Gombrowicz y su propia inmersión argentina.

Y son también estos unos apuntes del extrañamiento —y se piensa ahora en Lihn, pero un poco a la inversa, porque León se queda allá, está, con todo lo que eso implica, allá, en su propio New York, en un extrañamiento que ya podemos adivinar con rasgos de permanente. Son por tanto también, estos textos, rastros del reconocimiento que se hace de un nuevo hábitat, de la paulatina asimilación de un entorno otro, ajeno, donde el extrañamiento se combate, precisamente, por medio de la construcción de una nueva familiaridad con la ciudad, con el país, pero principalmente, otra vez, con la literatura argentina, que es el lugar donde León ha fijado en cierto sentido su residencia de visitante —siempre de vacaciones para el resto de nosotros, que seguimos en el Horroroso, como dice el mismo Gonzalo en diálogo con un amigo X en alguna parte del libro.

De ahí que también uno pueda pensar que hay algo, quizás unos ecos lejanos, de las aguafuertes arltianas, sobre todo en algunos materiales hacia el final del libro: textos que buscan también la apropiación del entorno geográfico y humano—ahora sí— de la ciudad, de sus tics. La entrevista a Sarlo funciona un poco en ese sentido, pues a pesar de parecer algo fuera de foco dentro del conjunto, aborda la que parece ser una de las piedras angulares del ser argentino, al menos en su lectura moderna: el peronismo, cuya presencia —activa y pasiva— atraviesa también el edificio de la literatura argentina desde mediados del siglo XX, y que en estos años de renovación de las militancias bajo los gobiernos K ha tomado un nuevo vigor, que recuerda en algo la convulsión de los 70, aunque sin que sepamos a ciencia cierta si es —como decía Marx— esta vez como comedia escrita sobre el entarimado de la tragedia anterior.

Pero están, mucho más que en la entrevista a Sarlo —pasaje en que más se siente la mano del León periodista, hasta el punto de quedar ligeramente borroneado el León de los otros textos, su estilo de cronista, su hasta el momento inédita veta de retratista literario y comentarista reflexivo; algo que a ratos recuerda, salvando las obvias distancias, algunos pasajes de Connolly—, en las esquelas de la ciudad dispersas en distintos textos, como piezas del rompecabezas que León ha ido armando en Buenos Aires. Ahí está el seguimiento del asesinato de Arancibia Clavel, casi en clave de página roja, casi fifty; están los trámites para sacar la residencia, con la intrigante y reiterada desaparición de las huellas dactilares de León —quizás un borroneo de su identidad anterior, sobre la que se escribe hasta cierto punto este Exilio dorado, y que evidencia en esa suerte de rito de pasaje que es sacar el DNI el desenfoque en el que queda hasta cierto punto el origen de Gonzalo—; están los senegaleses y sus maletines llenos de mercancía posiblemente falseada, pero que les permite desenvolverse en ese Buenos Aires que es también su propio nuevo hábitat —y quizás Gonzalo porta estas letras también quizás falseadas como pasaporte de su nueva identidad, como forma de subsistencia, que es lo que son también, en tanto textos escritos para medios de comunicación—; las palabras cambiadas a un lado y otro de la cordillera, los equívocos del lenguaje y su mutación en el tráfico de un país a otro, que anulan todo el conocimiento previo adquirido en Chile sobre cortes de carne, frutas y verduras —marcas de ese lenguaje que, como se señala en alguna parte de este libro, “define la discriminación”, y que aparece cada tanto, particularmente en los textos sobre el cotidiano de Gonzalo en Buenos Aires.

Para resumir un poco, reconozco que como editor me hubiera gustado ser el que editara y publicara este libro. Y no se me ocurre mejor elogio, de momento, de parte de un editor. Me hubiera gustado escribir más y más profundo sobre este libro, pero ni las circunstancias ni mi propia naturaleza lo permitieron. Pero valga decir que en Exilio dorado Gonzalo León crece como escritor, se abre, se deja contaminar y sale un poco convertido en otro, entra en un registro distinto, uno que, ciertamente, hacía falta; la lectura de la realidad literaria como ejercicio sistemático, sin explicitar un innecesario ademán crítico como punto de partida y llegada, sino más bien en la lógica de las notaciones o variaciones en torno al tema, el retrato de los procesos por sobre el prurito de la tesis académica en torno a ellos; la lectura, en definitiva, de alguien que se encuentra ya en una cierta comprensión de que en torno a la literatura lo que importa es, precisamente, esa literatura y su proceso, su construcción —o no— de lenguaje y sentido, su rastro, sus textos, muy por encima de polémicas fútiles o maniobras de instalación y visibilización, autorreferentes las más de las veces.

A propósito de Informe sobre Moscú, de José Sbarra, León dice que  “un viaje a Moscú, por otro lado, es lo más parecido a un viaje a la nada, y en la nada se puede hacer todo: es territorio fértil”. Siguiendo esa idea, creo que el viaje de Gonzalo a Argentina —que no es Moscú, pero podría—, a su literatura y a esa cosa inasible y ambigua que seguimos llamando “idiosincrasia”, es también, a juzgar por este libro, el comienzo de un viaje que, pudiendo ser o no hacia la nada, es sin lugar a dudas un lugar fértil en sí mismo, al que, parafraseando ahora a Lihn, podemos decir que León se deja atar, fascinado por él.

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