Las semillas de Urano (Tomás Browne)

Las semillas de Urano

Las semillas de Urano (2014)

Tomás Browne

Editorial Comba

ISBN: 9788494252204

80 páginas

 

Esta es la primera publicación de Editorial Comba, fundada el año pasado y con su centro de operaciones en Barcelona. Su línea, hasta ahora, tiene el objetivo de vincular y hacer dialogar, mediante la narrativa, el ensayo y la poesía, a dos culturas separadas por el Atlántico: la latinoamericana y la española, con libros en donde se ven implicados autores y temáticas de ambos continentes.

El chileno Matías Correa ya fue reeditado en la Península por Comba con Geografía de lo inútil (2010), que dio que hablar antes de su bullada novela Autoayuda (2014), ambas publicadas por Chancacazo.

El poeta viñamarino radicado en Noruega, Tomás Browne, es el autor de Las semillas de Urano, un poemario que invoca a los dioses del Olimpo y los héroes de la Ilíada para abrir el camino a una revisita del mundo clásico. Empezando con un epígrafe de Pessoa (“Deseo ser un criador de mitos, que es el misterio más alto que puede construir un ser humano”), el autor define desde una primera aproximación la intención fundacional de su arte poética. Estructurado en cinco partes simbólicas, el libro propone un nuevo Génesis imbricado y apocalíptico al mismo tiempo, con la deshumación de dioses y mortales condenados de la Antigüedad. Escarbando en una ontología kantiana de conceptos que han atravesado a la cultura occidental, como la pregunta por el inicio de la palabra y el tiempo, esta es una poesía de pequeñez e impotencia frente a lo inconmensurable de la naturaleza como madre de la raza humana, antes de la raza humana: “Porque la palabra nació confundida/ Para encontrarnos sin el lenguaje/ De la primavera con las piedras/ Y de las piedras con los animales”.

Aquí los poemas gritan que los poderosos dioses y los mitos que permitieron estos tienen algo en común: explicar fenómenos y sucesos inevitables que la mente humana no alcanza a comprender. Las obras de Homero y de los tres trágicos (Esquilo, Eurípides, Sófocles) suponen en todo momento la influencia de fuerzas implacables en el destino de los hombres, aleccionando —como hacían también las puestas en escena en las polis— acerca de cómo las acciones y los errores de sus antepasados determinaban sus vidas. Browne, así, revive estas nociones y recurre a poemas que actualizan los mitos poniendo al hombre contemporáneo como partícipe, al lado de la Antígona furiosa y las alas derretidas de Ícaro (“Si la poesía no quiere cantar más, si la palabra o los versos mueren/ Si la imagen cree haberle ganado a la palabra misma, en la forma de un poema,/ Vendrán los mitos y la voz y la escritura encenderán nuevas semillas para Urano”).

De paso, se vale de gestos a poetas que fueron próceres de una nueva poesía, como Lihn con La musiquilla de las pobres esferas e influjos como el de Anteparaíso de Zurita, que inauguró en el medio chileno el carácter intemporal de las cordilleras, rocas y montañas como una geografía personificada y en perenne movimiento (“Por una abstracción vacía atrajo al huevo de la serpiente/ Que defecado apareció con sus montañas, mares y selvas/ Y desiertos en movimiento: las olas se auto-alimentaban/ (Eran la semejanza más fiel del eterno retorno)”)

Huidobro está también ahí, en los versos del poeta, asomándose como el pequeño dios garante de elegías y juegos con el lenguaje, trayendo a la serpiente uroboros del mito mapuche de Trentren-Vilu y Caicai-Vilu para fundirse con los males de Pandora, Cronos, Platón, Sísifo y los primeros andróginos confundidos en las playas de los días iniciales del planeta, haciendo de este poemario, complementado con dibujos del propio autor, un sincretismo prolífico de los mitos y arquetipos literarios que nos preceden.

“Los dioses entregan sus llaves/ Al poeta que siembra poemas/ En el tiempo de los templos”, reza como una oración fundacional el final de “Canción para sembrar un poema”, evidenciado el rol del poeta como guía y lector huidobreano del lenguaje ancestral de las piedras; un ser con inteligencia propia y la facultad infinita de la palabra, fragmentándose en rapsoda o coro del escenario trágico.

Si bien la mayoría de las referencias mitológicas y literarias son exclusivas de la Grecia clásica, y aunque en algún momento abusa cuando se vuelve al creacionismo del final de Altazor (1931), Browne apunta bien y declama sin errar al darnos a conocer este libro en donde el verbo se sostiene todavía como el arma que desafía a los dioses para custodiar el fuego de Prometeo, para convertirse entonces en representante de las terribles ganas de expresión que contienen los hombres.

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