No hay que mirar a los muertos (Mauricio Electorat)

No hay que mirar a los muertosNo hay que mirar a los muertos (2015)

Mauricio Electorat (1960)

Tajamar editores

ISBN 978-956-9043-75-8

151 páginas

 

No hay que mirar a los muertos es una novela que en su estructura va sobreponiéndose a la cronología de los hechos y que en ese desorden que no es tal, ayuda a habitar al lector en la cabeza del narrador, sin caer en los excesos de la novela experimental, sino que de una forma bastante sencilla .

En este libro, Milan Petrovic nos cuenta su vuelta a Chile. Vuelve a acompañar a su padre que está muriendo. Toda la familia escapó del país a consecuencia del Golpe Militar y ha vuelto, desgranada, en diferentes momentos. Su madre, por otra parte, ya hace bastantes años que falleció. Los tres hijos, entre ellos Milan, han tenido una suerte totalmente dispar: uno abogado exitoso, otra prostituta cara, el protagonista escritor mediocre, pero todos han sido golpeados, cuál más cuál menos, por las consecuencias de una vida en el exilio, de ciertas decisiones políticas o tal vez solo de supervivencia. Y, sin embargo, no es una novela que se instale en la comodidad de los lugares comunes ni en la tragedia social de la dictadura, sino más bien intenta el relato intimista de quien jamás ha podido abandonar “el horroroso Chile”, parafraseo que atraviesa toda la novela y que, al menos desde mi punto de vista, nadie con un ápice de sensibilidad estética puede cansarse de presenciar, a no ser que la literatura ya lo haya fastidiado, en cuyo caso el problema no es la poesía, no es la novela, sino el lector.

Milan viene a participar de los últimos momentos de su padre, mientras como testigo contempla todo aquello que ha quedado atrás, todo aquello que ha sido o bien destruido o trastocado por las propias elecciones pasadas. Y es en ese intento de remedar la vida, con todos sus defectos, dudas y desconcierto, es donde esta novela logra sus puntos más altos, en particular cuando la estructura se desmembrana, haciendo juego, como ya decía, con una multiplicidad de momentos cronológicos que logran intercalarse de manera armónica, dando una visión más amplia de toda la confusión interna del narrador, de toda la maraña de pequeños sucesos que lo han determinado al día de hoy.

No se trata, como es lógico, de una novela perfecta. Los personajes secundarios tienden a la superficialidad, hay momentos en que párrafos de lo que sería la conciencia del personaje principal resultan demasiado bien armados, muy ordenados o trabajados, escapando así de la elucubración más caótica que cabría atribuirles, e incluso puede considerarse con justicia que los diálogos se vuelven un tanto rígidos, quizás también por haber sido muy pulidos. Pero ninguna de aquellas falencias destruye el tono bien logrado de la narración, la sensación de desconcierto, el desacostumbramiento con el lugar que al protagonista le ha tocado en el mundo y los momentos que lo han forjado como persona.

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