Luis Sepúlveda: “El editor o editora es un animal que se extingue y es reemplazado por managers que ya no hablan de libros, hablan de «productos»”

Luis Sepúlveda autor
Hoy en día, el escritor chileno Luis Sepúlveda está radicado en Gijón, España, aunque ha vivido en muchos lugares y sus viajes han tenido destinos tan diversos como la selva ecuatoriana, donde conoció al pueblo shuar, o el legendario Sahara, donde fue uno más al convivir con combatientes del movimiento de liberación nacional de la zona occidental del desierto. Ganador del Premio Gabriela Mistral de Poesía 1976 y el Premio de la Crítica en Chile el 2001, además de ser merecedor de varios galardones en ciudades de Europa, Sepúlveda es reconocido por sus crónicas de viaje y esas novelas que entusiasmaron y conmovieron a muchos jóvenes —y adultos— de los 90, Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar y El viejo que leía novelas de amor.

Con referencias al desplazamiento que vive la cultura en la actualidad, en esta entrevista se entremezclan sus gustos y su concepto de política, confesándonos que deja la lectura si el libro no lo convence pronto. Y aunque se enfoque en la literatura, manifiesta su descontento por la tendencia a que los medios se monopolicen y las editoriales sean configuradas por las imposiciones del mercado.

¿Autores o libros favoritos? Me refiero tanto al horizonte encarnado que se fijan los escritores para intentar alcanzar, como a aquellos textos que marcan la primera inquietud literaria.

Sería injusto citar un par de libros porque si miro los libros que me rodean, supongo que varios miles los he conservado por alguna razón, todos y cada uno de ellos es un libro favorito. De niño y de joven fui un lector exigente, si un libro no me seducía en sus primeras diez páginas simplemente lo dejaba. Esa es una libertad elemental, nadie está obligado a leer lo que no le gusta. Ya de adulto me convertí en lector cruel y si un libro, por ejemplo una novela, no me ha metido en la historia en la página quince, se va a la cesta donde reuno el papel para reciclar. Mis gustos de lector los formaron autores como Ring Lardner, Jack London, Romain Gary, chilenos, uno solo, Coloane. Esto no quiere decir que no leyera otros buenos escritores chilenos, pero Coloane fue el único que me dejaba KO en la primera página, y eso es lo mejor que le puede pasar a un lector. Más tarde llegué a los grandes autores latinoamericanos, Cortázar, García Márquez, Rulfo, Borges, Carpentier, Vargas Llosa, a los que evidentemente debo mucho como lector agradecido. Y educándome como lector llegué a Kafka, a E.T. A Hoffman y los románticos alemanes. Y como tengo la fortuna de leer en alemán, francés, inglés, italiano y portugués, la lista de autores y títulos preferidos sería interminable.

Sabemos que has estado implicado con el cine. La novela que te hizo querido entre los niños y jóvenes de los 90, Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar (1996), se transmutó en película de animación y trabajaste con Miguel Littín en Tierra del fuego, esa cinta protagonizada por el vil Popper, genocida de selknams. ¿Tienes algún referente en esta dimensión del arte?

Soy un amante del neorealismo italiano. Sé que sin ese cine, sin esa manera de ver el mundo y de contarlo, no sería escritor. Le debo mucho a los grandes guionistas como Enno Flaiano, Sabatini, Tonino Guerra. Mi relación con el cine es bastante estrecha. De mis novelas, además de la Historia de la Gaviota y el Gato que le enseñó a volar se han llevado al cine Un Viejo que leía novelas de amor y varios cuentos. También he escrito y dirigido un par de películas como Nowhere, un largometraje que ya es película de culto, y Corazón verde, un documental que ganó el premio al mejor documental en el Festival de cine de Venecia en 2003. He sido también guionista y coguionista de otras cinco películas. Ahora, este año, se empiezan a rodar las adaptaciones cinematográficos de otras dos novelas mías; Nombre de torero y Diario de un killer sentimental. Soy un apasionado del cine y de vez en cuando me gusta ponerme detrás de una cámara. Pero más que todo soy un espectador pasional. Recién vi por vigésima vez El Séptimo Sello y Bergman no deja de sorprenderme.

Actualmente resides en Gijón, Asturias, al norte de España. En esa geografía que puede recordar a ratos al sur de Chile, ¿se vive la cultura de la misma forma? ¿La literatura tiene un espacio predilecto o está relegada a espacios limitantes como en este país?

Es posible que Asturias a veces recuerde algún paisaje chileno, pero es diferente. En todo caso no busco esas similitudes y valoro la diversidad, la diferencia. La cultura se vive como en todas partes, dependiendo de las posibilidades de la gente para acercarse a ella. En Gijón tuvimos una época dorada de enorme florecimiento cultural que se fue al infierno con la crisis y las pésimas gestiones. Cada vez hay menos librerías, cierran más salas de cine, hay menos conciertos de calidad, y lo que se llama Cultura con mayúsculas, que es el grado de organización que se da la sociedad para defender sus derechos, eso también está en crisis, como en todas partes.

Naciste en Lo Ovalle, Región de Coquimbo, en este caso en la zona norte. A pesar de tu gusto por el sur, ¿crees que el desierto del Norte Grande y los valles del Norte Chico han influido en tu literatura?

No me imagino cómo puede influir un paisaje en lo que escribes. En algunos libros he contado algunas historias que suceden el el desierto de Atacama, tratando de ser fiel a lo que conocí y me atrajo. Nací de casualidad en Ovalle pero conozco muy poco esa parte de Chile. Es una materia pendiente que espero solucionar alguna vez.

Como muchos escritores, fuiste objeto del exilio en dictadura. ¿Influyó ello decisivamente en tu obra? ¿Hay ciertas costumbres chilenas que extrañaste o extrañas hasta el día de hoy?

Evidentemente el exilio te marca como persona, como hombre, como ciudadano, y las dificultades del exilio a veces condicionan tu deseo de ser escritor. No quiero parecer arrogante, pero como yo sabía por qué estaba en el exilio, y si era culpable de algo asumía esa culpa con orgullo, nunca sufrí el síndrome del desarraigo. Respeto mucho a la gente que sufrió porque no sabían vivir fuera de las cuatro murallas de Chile. Siempre evité el gueto chileno, conocí a estupendas personas en todos los países en los que viví, participé de las sociedad como ciudadano y como escritor. Colaboraba en la tareas contra la dictadura y participé en las causas que me parecieron justas. Siempre he sostenido que antes de ser escritor soy ciudadano, y me siento a escribir solamente cuando he cumplido con mi deber social, como ciudadano. De Chile, no sé si añoro alguna costumbre, pero sí valoro mucho la cordialidad sincera y la hospitalidad de la gente del sur. Viajo a Chile todos los años, pocas veces a hacer algo relacionado con literatura,voy como persona, a mantener la buena costumbre de sentarme a beber un whisky con Poli Délano y a visitar amigos.

Patagonia Express (1995) y Últimas noticias del sur (2012), ese híbrido de textos y fotografías que hiciste con Daniel Mordzinski, son dos de tus libros que nos recuerdan que el viaje y el continuo movimiento son unos de los puntos referenciales desde los cuales parte tu creación. ¿Hay algún viaje en especial que marcó tu obra? ¿Algún lugar específico, paisaje o contexto en particular que incidió en eso que llamamos inspiración?

En todos mis libros hay movimiento, un ir hacia más allá del horizonte. He viajado por el mundo, por ejemplo con el fotógrafo Daniel Mordzisnki hemos estado en medio mundo haciendo reportajes para periódicos europeos y revistas especializadas en literatura de viajes. Cada viaje deja algo valioso, porque el espíritu del viaje es reconocer y admirar la diversidad de la vida. Lo de la “inspiración”, no sé, si llega, que me encuentre trabajando y no estorbe. Y si hay un viaje que me marcó fue uno al Tinduf, en Argelia. Estuve un mes con los saharauis, con los combatientes polisarios, bebiendo su café dulce en una jaima, organizando una biblioteca en una jaima, escuchando sus sueños y esperanzas a la luz de las estrellas en el Sahara.

En Últimas noticias del sur la fotografía y la literatura se funden para integrar una obra de arte, por lo cual al leerlo se hace más sencillo construir mentalmente lo que estabas viviendo mientras viajabas por la Patagonia. ¿Qué piensas que puede entregarle la literatura a la fotografía y viceversa?

En el libro que citas, Daniel Mordzinski y yo nos propusimos hacer un viaje y que de ese viaje saliera un libro, pero no un típico libro de fotos y textos. Queríamos y lo logramos, evitar el libro pleonásmico donde las fotos repiten lo que dice el texto o lo estorba. Hay una gran complicidad entre la literatura y la fotografía. He prologado dos libros del gran Sebastiâo Salgado, su último gran hermoso libro en el que cuenta la historia del trabajo que permite llevar el café hasta las mesas, tiene un prólogo mío. Sentados en un bar de Roma me contó lo que había visto en diez años de trabajo fotografiando trabajadores de las plantaciones de café en cuatro continentes y me entregó una carpeta de fotos. Escribí el prólogo desde el punto de vista de un participante de sus fotos, desde el otro lado de su cámara. Pero esto se logra cuando hay una gran complicidad, amistad y puntos de vista coincidentes.

Estás editado por Espasa, Seix Barral y Tusquets. ¿Es el mercado editorial una industria sana en España? ¿Provoca la diversidad de culturas —y lenguas— en este país una mayor diversidad en publicaciones y temas?

Cada día hay menos editores de verdad, el editor o editora es un animal que se extingue y es reemplazado por managers que ya no hablan de libros, hablan de “productos”. Además la concentración de la propiedad de los medios de comunicación, editoriales incluídas, en pocas, muy pocas manos, en eso que se llama monopolio, ha significado una merma sobre todo en la audacias que tenían los viejos editores de garra. La mayoría de los gestores de editoriales españolas casi no lee para descubrir algo nuevo, bueno, interesante. Prefieren ir a la Feria de Frankfurt y preguntar “¿qué producto está vendiendo?”. Pero quedan algunas pequeñas editoriales que cumplen con el importante trabajo de ser puentes culturales. Un ejemplo de esto es la Editorial Salamandra, que publica solamente traducciones al español, traducciones bien cuidadas, bien editadas, y tratando con respeto a los traductores de literatura. Yo tengo el previlegio de tener lectores fieles y varios millones de libros vendidos en muchos idiomas, de manera que lo que escriba será publicado, pero ante la avalancha de dudosa calidad que se ofrece en la librerías, me he tomado una pausa de dos años sin publicar en España. Entretanto he publicado en otros idiomas: Historia del caracol que descubrió la importancia de la lentitud, El uzbeko mudo y otras historias clandestinas y Una idea de felicidad, un libro de ensayos escrito a cuatro manos con Carlo Petrini, el fundador del movimiento slow food, y todos son éxitos de ventas en los países en los que están publicados. Pero empiezo a publicar de nuevo en Tusquets, y lo próximo será una novela a la que doy las correcciones finales, y desde luego los otros tres libros que menciono.

Eres editado también por la editorial Aún Creemos en Los Sueños. Entonces, ¿aún crees en los sueños? Me refiero a los políticos e ideológicos que a principios de los 70 causaron ebullición y esperanza en la sociedad chilena.

Mis sueños están intactos, sigo creyendo que es posible vivir en un mundo justo, fraterno, armónico. Y si hay que jugarse de nuevo por esos sueños lo hago con el mismo amor y la misma pasión de cuando tenía veinte años.

En Historia de una gaviota y del gato que le enseñó a volar (1996), Un viejo que leía novelas de amor (1989) y en tus crónicas de viaje se nota cierta preocupación ecologista por la depredación del medioambiente y los animales, algo que evidencia aquel entrañable cariño que sientes por el entorno cultural. ¿Crees que desde la literatura se puede llamar la atención sobre esta especie de problemáticas?

Hay más que una cierta preocupación ecológica. Soy un hombre y un escritor de izquierda, y como tal conozco las razones políticas de la injusticia y de la devastación del medioambiente. Ciertamente no escribo panfletos, escribo literatura, pero en todos mis libros está mi punto de vista. Además, como ciudadano, soy militante de la causa ecologista.

¿Los indios shuar del Amazonas y sus creencias generaron influjo en tu obra? ¿Nos puedes contar algo que recuerdes especialmente sobre su cultura?

Tuve la fortuna de convivir durante siete meses en una comunidad shuar, en la Amazonía, y de esa experiencia surgió diez años más tarde Un viejo que leía novelas de amor. Fui fiel a lo que vi, escuché, conocí y respeté. Naturalmente su forma de vida, en peligro, como está en peligro toda la vida de las étnias amazónicas, no es extrapolable a otras realidades. Lo que más admiré de ellos y me marcó fue la costumbre de reunirse al final del día a contarse cómo había sido la jornada, en un formidable ejercicio de narración oral, porque entre ellos había narradores muy buenos, capaces de cautivar con sus descripciones. En los primeros meses con ellos no entendía su lengua, pero me maravillaba ver la gestualidad con que acompañaban a las palabras, el uso de los silencios como parte de la gramática narrativa, y los rostros felices de quienes escuchaban.

Hace unos cuantos años se conocía al escritor por la foto y la biografía de la solapa, y de vez en cuando en alguna entrevista, por lo que todo lo demás era imaginación. En este sentido, las redes sociales se han convertido en una vitrina especial para unir a los escritores con sus lectores, para acercarlos al ser mitológico que produce ficción. ¿Las utilizas? ¿Con qué fin?

No soy adicto a Internet ni a los foros sociales. Tengo una página en Facebook y tambien participo en Twitter más que nada como una forma de compartir con mis lectores y ofrecerles algo diferente a lo que leen en mis libros. Reflexiones, puntos de vista sobre ciertas cosas del presente, invitaciones a participar en campañas solidarias serias, pero nada más. No participo en foros interescritores ni en otras demostraciones de vanidad.

Háblanos de tus jornadas de lectura y escritura y sus horarios. Resulta interesante preguntar si escribes a mano, con máquina o directamente con el procesador de texto del computador.

Como lector soy ordenado, pero siguiendo mi orden, que es muy simple: los libros que compro o recibo —y recibo muchos— los coloco uno encima de otro y voy sacando el de más abajo. En verano me agrada leer en el jardín de mi casa, tirado en la hamaca, leo en la cama, para los viajes cargo libros en el ebook, que es un buen invento. Escribo todos los días, la meta es una buena página, pero buena de verdad al día, y si son dos, mejor. En verano me gusta levantarme temprano, salgo a trotar una hora por la playa de Gijón, desayuno y a las 9 de la mañana estoy sentado frente a mi escritorio. Las ideas, las primeras ideas de lo que serán textos literarios los escribo a mano, en una Moleskine, y con una Mont Blanc de pluma ancha y tinta negra. Luego paso al computador, imprimo, corrijo en papel, y vuelta a la libreta o a la pantalla. En invierno escribo más de noche, entre las 8 de la tarde y las 2 de la noche estoy en el escritorio, o en la cocina de la casa cuando estoy haciendo apuntes en la Moleskine. Divido el tiempo entre escribir y vivir. Vivir es hablar con los hijos y los nietos vía Skype, ya que todos viven lejos, en Alemania, Suecia, Ecuador y los Estados Unidos, ver algún amigo, salir con el perro, jugar con el gato, cuidar las plantas del jardín, oír música, ver alguna película y escuchar algún poema de mi compañera Carmen Yáñez, que es una gran poeta.

¿La envidia y el resentimiento juegan algún papel en tu trabajo? ¿Cuál?

Envidia, resentimiento, eso es para los mediocres. Sé que hay patanes que me odian y envidian porque tengo lectores, pero ese no es problema mío.

¿A qué autores crees que deberíamos entrevistar para el sitio?

Ramón Díaz Eterovic, un excelente escritor. En mi último viaje a Chile descubrí los libros de Pablo Simonetti y es un gran escritor. A Poli Délano, el mayor seductor de la palabra. A Germán Marín, que es un escritor admirable. A Óscar Barrientos Bradasic, un extraordinario escritor de Punta Arenas.

Por último, te pedimos que nos dejes un video de YouTube que hayas estado viendo últimamente. Puede ser una canción, lo que tú quieras.

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