Eduardo Pavez Goye: «Cuando nos cansemos de gritar y se vean obligados a escucharnos, podremos comenzar a dialogar»

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La web de Eduardo Pavez Goye afirma que “hace muchas cosas”, y es cierto: ha montado diversas obras teatrales, ganó la Muestra Nacional de Dramaturgia 6 veces consecutivas, ha grabado algunos documentales siguiendo a artistas en su cotidianidad, colgó en internet la novela Las Neuronas Espejo compuesta de 100 partes. En 2015 publicó el cómic Morder el Cielo con su guión y lanzó el segundo disco (La Virgen de los Mataderos) junto a Tenemos Explosivos girando por Chile y Argentina.

Por Rodrigo Salgado Boza

@SalgadoBoza

 

Una banda, una película u otra obra (que no sea un libro) que haya tenido un impacto decisivo en tu trabajo. 

La primera obra de teatro que de verdad me impactó por su simpleza y complejidad simultáneas fue Happy Days de Samuel Beckett. La ilusoria movilización de un sujeto estático dentro de un mundo quieto me conmovió con fiereza. Fue tanto así, que en un par de años me devoré las novelas, poemas, obras de teatro, radio y televisión de Beckett, además de algunas biografías y ensayos. Claro, hoy no tengo mucho en común con la escritura de dicho autor, pero a veces hago guiños en su honor, como en la “explicación” de Rey de Creta, donde hablo de su trabajo como traductor para la Resistencia durante la segunda guerra.

Las redes sociales suponen un nuevo escenario para el artista: hay una nueva forma de exposición, posicionando a algunos incluso como presuntos líderes de opinión (en Facebook o Twitter), ¿Qué opinas de esto?

Las redes sociales tienen dentro de sí el germen de la tragedia de la brevedad: todo mensaje ha de ser sintético, directo y (ojalá) divertido. Eso hace que, por un lado, muchas veces se conviertan en un concurso de quién es más irónico e incisivo; por otro lado, se establece la idea de que un líder tiene opiniones breves, directas, de pocas palabras. El germen trágico brota al descubrir que las ideas breves, rápidas y fáciles de entender liman todo cuestionamiento empático: es más fácil atacar al otro, sentirse ofendido o jugar a ser los justicieros, que comprender al otro. Pero cada uno es libre de jugar al juego como prefiera. La forma en que lideras dibuja la forma en que sigues.

Una breve descripción de cómo son tus jornadas de trabajo y lectura, ya sea escritura o audiovisual.

No tengo una jornada de trabajo porque no tengo dos días iguales. Depende del proyecto, del rol que cumplo en ese equipo y de la ciudad en que estoy. Mi vida se divide en etapas marcadas por inicios, traslapes y fines de proyectos. Durante Julio, estaba en Berlín: salía a grabar un documental sobre músicos, volvía a casa, escribía, leía y dormía. Hasta hace poco estaba en Londres, grababa videos o sacaba fotos, leía, escribía y dormía. Este mes estoy en Ciudad de México, voy al teatro a dirigir una obra, vuelvo a casa, escribo, leo y duermo. A finales de año estaré en Colonia, y la rutina será escribir una serie de TV, volver a casa, leer y dormir. El único patrón constante es que todos los días escribo, todos los días leo y todos los días que no estoy con mi esposa, la extraño con locura. El resto (la ciudad, las rutinas, la gente) cambia todo el tiempo.

Has sido el ganador más joven de la Muestra Nacional de Dramaturgia, ¿optaste inicialmente por el teatro, o lo elegiste luego de esto? Considerando que luego ganaste 6 de estos premios de manera consecutiva.

Yo tenía diecinueve años y estaba en el tercer semestre de teatro cuando gané la Muestra de Dramaturgia por primera vez. No me cabía el alma en el cuerpo: ganar ese concurso era para mí algo inalcanzable, una especie de sueño. Cuando ocurrió, me dije: “esto es lo que quiero hacer de mi vida”. Y aún lo siento así. Tengo la sospecha que siempre optaré por la dramaturgia por sobre otros formatos, pues me parece el más libre y a la vez más intenso que existe, porque tiene dentro de sí las mismas propiedades de la poesía, la literatura y el guión de cine, pero su carácter performático hace que se escape de todos ellos, estableciéndose como un fenómeno de escritura más cercano a la danza, alejándose del estático mundo de las letras y los libros, para caer en el mundo de los cuerpos que se gastan, como la música en vivo.

Como documentalista, tanto en Proyecto E como en El parque de los prospectos sigues a músicos creando y trabajando, atormentados o apurados. ¿Piensas que persigues y acechas, o simplemente registras de manera pasiva?

Aún la simple observación contiene actividad: me observas observándote y ello condiciona y sostiene la relación: tú sabes cuándo te observo y cuándo dejo de hacerlo. Todo nuestro código social se acomoda en los marcos de aquella relación. En el caso de mis documentales, el truco radica en que los protagonistas son íntimos amigos míos, por lo que si comienzo a grabarlos, soy solo yo y una cámara (como siempre). Para ellos no hay mucha diferencia formal entre estar conmigo grabando un documental o simplemente estar conmigo. De todos modos, mi pasividad en términos de guión (nunca digo “vamos a tal parte”, “grabemos una escena ahí” o “hablemos de este tema”) tiene su contraparte en mi actividad de permanente registro de momentos, pues creo que entre todos esos momentos cotidianos hay un hilo que, paradójicamente, es lo importante: no son los eventos cotidianos aquello que resulta relevante como objeto, sino que su reiteración y devenir sirven para dibujar la sustancia que envuelve el movimiento de la vida.

Desde 2012 resides en Alemania. ¿Cómo se ha enfrentado tu escritura con esa lengua y/o con la lejanía de la materna?

Hablaba con algunos amigos en Berlín y acordamos la existencia de un fenómeno simple e interesante: en tu idioma materno te ensañaron a sobrevivir, te golpearon, aprendiste a defenderte, a armar escudos, a ser irónico, gracioso, incisivo, despiadado, aprendiste a jugar con las palabras y hacer de ellas el campo de batalla del lenguaje con el cual soportas y envuelves tu personalidad. Cuando te quitan eso y estás obligado a comunicarte en un idioma nuevo (o que no dominas completamente), tus opciones se reducen. Sólo puedes contestar “sí” o “no”. No tienes la multiplicidad de subtexto que concibes en tu lengua materna. Tu carencia de armaduras te fuerza a ser simple, a pensar con certeza y te condiciona a tener opiniones más directas. Te vuelves más práctico y dispuesto a escuchar y tratar de comprender otras ideas, pues tu capacidad de lenguaje no da para rebatir, así que te concentras en entender al resto. Es un proceso muy interesante, porque cuando vuelves a hablar en tu idioma, reevalúas aquellas zonas que pensabas eran constitutivas de tu persona, cuando en verdad eran la manera en que procedías con el lenguaje como arma o moneda de cambio. Todos los comportamientos que se te pegaron como mugre.

Publicaste el año pasado con tu amigo y gran ilustrador Ismael Hernández un cómic, Morder el cielo. ¿Cómo llegan a concebirla, y dejarla como una obra que puede ser leída en el orden que se desee?

Ismael y yo somos amigos desde los catorce años, aunque él siempre hacía sus propias historias y yo estaba enfocado únicamente en escribir teatro. A mediados del 2007, yo estaba en una fase impresionantemente prolífica en términos creativos, e Ismael me dijo que tenía tiempo libre y ganas de dibujar algo escrito por mí. De ese modo, desde las puras ganas de hacer algo, nació Morder el Cielo, como una investigación acerca de la no-linealidad y la permutación de propiedades de un objeto. A pesar de ser fuertemente ateo, llevaba en ese entonces un par de años estudiando Torah (me interesaba particularmente la aplicación de la Temurah), donde la permutación de letras juega un papel importante. Mi interés era formar una historia que contuviera dentro de sí la permutación como operación constitutiva para abrir otras lecturas. Así, acabó siendo el comic sobre un movimiento: no tiene comienzo ni fin, sino un permanente desplazamiento hacia “algo” que jamás llega. Como en Beckett, se establece la ilusoria movilización de un sujeto estático dentro de un mundo estático, donde el cambio permanente y la inconsistencia interna son la única constante: el hilo de lo posible aparece por omisión. Este comic se guardó durante ocho años y recién este año vio la luz, en un sorpresivo acto que pensé jamás sucedería.

Junto a Tenemos Explosivos cantas tus letras, que incluyen referencias a Khalil Gibran, Víctor Jara o Juan Luis Martínez, tamizadas e incorporadas. ¿Guardas citas que piensas luego utilizar, o tienes otro modo de acercarte a la cita consciente y funcional?

Tengo muy buena memoria de texto: suelo recordar dónde escuché o leí algo y puedo rastrear la fuente con bastante facilidad. Eso me ayuda mucho a la hora de juntar citas, frases o ideas. No soy infalible, tampoco. También anoto cuando se trata de algo muy específico. Aun así, recurrir a citas o menciones de autores siempre va referido a un trabajo de estructura. Claro, estéticamente, éstas aparecen como citas, pero el motivo de ellas (o más bien su uso) responde a la construcción estructural: se trata de la fricción de dos o más partes (temas, ideas, imágenes), mientras un tercer elemento observa dicha fricción. Las citas o fragmentos se instalan como posibles anclas de contexto o señalaciones de terceros en la estructura.

En tu escritura recurres mucho a figuras propias de la tradición griega. ¿Qué te importa de sus tragedias luminosas y movimientos cíclicos?

Es fácil caer en el discurso postmoderno que se indigna ante el eurocentrismo y grita a favor de una multiculturalidad obsesivamente inclusiva, para la cual todas las consecuencias históricas actuales son culpas que habrían de cargar los sujetos que, supuestamente, son los únicos capaces de generar maldad en el mundo (los judíos, los blancos y los hombres heterosexuales). Pero ese discurso reniega de su raíz europea y tiene una narrativa socialdemócrata que me parece poco interesante. Para mí, el ser occidentales hoy involucra aceptar también la herencia cultural europea y el peso de aquellas tragedias. Y claro: tenemos sangre de nuestra tierra, y nuestras costumbres están rondando en el ADN, pero esta es una propiedad de lo que nos compone como sujetos biológicos, mas no del marco que nos determina como sociedad: la manera en que se constituye el Estado, la democracia, la filosofía, nuestra cosmovisión y ciencia, derivan de aquella cultura que utilizaba el teatro y la tragedia como vehículo de movilización ideológico y explicación de mundo. Hablar de las tragedias griegas es hablar de las historias que anidan en nuestro tejido dramático inconsciente, pues aún si no conocemos su existencia, son historias referidas a fenómenos que se repiten históricamente. Entonces, por un lado, me interesa la universalidad de las tragedias, la manifestación del mito en su narrativa más pura: como figura de molde histórico; por otro lado, me interesa referirme a estas historias desde la humildad de saber que determinan nuestro devenir y han estado presentes desde antes que naciéramos y estarán ahí cuando ni tú ni yo estemos, cuando en doscientos años más, todos se hayan olvidado de nosotros.

¿La envidia y el resentimiento juegan algún papel en tu trabajo? ¿Cuál?

La palabra “resentimiento” es una de esas que se utilizan como falso escudo ideológico, al igual que “libertad”, “tolerancia” o “mercado”. ¿Qué es el resentimiento? Si lo definimos en grueso como la rabia que siente un sujeto ante la violencia injusta, entonces el resentimiento es algo positivo: se convierte en un vehículo esencial para evitar que dicha violencia injusta vuelva a repetirse. Pero el “resentimiento” suele tratarse desde la orilla de la razón imperante, refiriéndose a éste como la rabia de los perdedores ante el hecho que fracasaron porque su lógica era la incorrecta. Esa narrativa del resentimiento me parece patética y vacía, sobretodo porque la fijación de la lógica “correcta” en una transición política se realiza con la sangre de los ignorados. Ahora, acerca de la envidia, creo que ésta no juega ningún papel en mi trabajo. No soy una persona envidiosa: me alegro genuinamente cuando a otras personas que me parecen interesantes les va bien, pues suben el nivel de todos los que estamos más abajo, forzándonos a ser mejores, a dar más de nosotros.

Cantas que “recordar se parece mucho a la justicia”. También recuerdas a Rodrigo Rojas de Negri y los muertos en el incendio de la cárcel de San Miguel, o la guerra civil española. ¿Cómo operan en tu trabajo las tragedias sangrientas, la violencia del Estado contra sus ciudadanos?

Las tragedias actuales, las tragedias griegas, las situaciones de violencia… todo ello forma parte de los materiales con los cuales trabajo, pero el trabajo no es esos materiales y no pretende ser una sumatoria de ellos: operan como telón de fondo para referirse a situaciones que se repiten en la actualidad (sin caer en la efeméride) bajo una lógica fractal, pero dicha estructura fractal no depende de los objetos con que se construye. Hablo de la violencia porque puedo conectarla con otras violencias y establecer patrones que se parecen mucho a la verdad (siendo “la verdad” una ilusión del soporte). Son los temas que me interesan, y creo que deberían interesarnos a todos: nadie debería ser capaz de vivir en un mundo donde no te arda el corazón al ver la mutilación de millones de animales cada día para consumo humano, o saber que arrasan y contaminan pueblos completos con el fin de acumular capital para las familias más ricas del país. La violencia del mercado (de la cual, hoy, la violencia Estatal no es más que un subproducto) se ha normalizado hasta insensibilizarnos, como mecanismo de sobrevivencia, pero ello no significa que debamos fingir que nuestra tristeza es alegría y seguir pedaleando para mantener la ilusión creada por la clase dominante: una salida posible es volver al primigenio acto de gritar. Cuando nos cansemos de gritar y se vean obligados a escucharnos, podremos comenzar a dialogar, a jugar el juego ciudadano. Antes de eso, creo que nuestra misión es quitarles el sueño: gritar en las calles, en los teatros, en las plazas, en todas las canciones que hagamos.

¿Qué estás leyendo ahora?

Soy un lector promiscuo y tengo siempre varios libros en proceso de lectura, simultáneamente. En este momento estoy en la mitad o terminando: Angle of Yaw de Ben Lerner, Living in the End Times de Slavoj Zizek, Spinoza de Stuart Hampshire, y The Openings of Hegel’s Logic de Stephen Houlgate.

Un video de Youtube que quieras compartir con nosotros.

Carlos Pérez Soto da una respuesta genial ante la idea de que debemos siempre avanzar al futuro teniendo en consideración la historia (su respuesta comienza al minuto 2:29):

 

 

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