Motel Ciudad Negra (Cristóbal Gaete)

motel ciudad negraMotel Ciudad Negra (2014)

Cristóbal Gaete (1983)

Hebra Editorial

48 páginas

 

Una ciudad que se arma y se desarma, una ciudad que es un motel, un motel que es una ciudad. Una sala de espejos donde los reflejos aparecen cada vez más deformados, siendo esa deformación una metáfora de la memoria. Motel Ciudad Negra, la tercera obra narrativa de Cristóbal Gaete, sigue a su manera el procedimiento de las Ciudades Invisibles de Calvino, construyendo en este caso un lugar intrincado, laberíntico. Una heterotopía en donde los sujetos duermen la borrachera tapándose con cartones o divagan golpeándose con las cortinas de las botillerías. “No se puede salir de una ciudad si no es posible salir de una habitación” anota el narrador, cifrando parte de lo que nos encontraremos a nivel de escenarios desplegados, lo que me lleva inevitablemente al videoclip que Jonathan Glazer hizo para Karmcoma de Massive Attack: un sujeto que se arrastra, febril, a lo largo de un pasillo en cuyas habitaciones aparecen toda clase de espectros.

“Toda destrucción libera una enorme cantidad de energía. Es por este efecto dinámico, por esta acción impulsora, que la destrucción sienta las bases de toda futura creación” dice Aldo Pellegrini en Fundamentos para una estética la destrucción. Gaete, en sintonía, escribe: “hay cosas que son tan bellas que sólo queda destruirlas sin clemencia”. En la Ciudad Negra todo parece en perfecto estado de descomposición, pero es allí, en ese lugar que parece sitiado por la ruina y el derrumbe, en donde las chicas punk y los músicos de bares oscuros se dan lugar. Por ahí se mueve también el Observador, el narrador que escribe la ciudad y es, acaso, esa ciudad misma que se esmera en describir como una forma de atenazar una larga resaca. Motel Ciudad Negra es el fragmento en el que el protagonista de una película noir nos introduce en el caos de una cotidianeidad que se arma en el desplazamiento constante entre pasillos, largas calles sucias y camas desordenadas. Un devaneo que, acá, no es otra cosa que un delirio, el espasmo de un enfermo que recapitula momentos al azar.

La estructura del libro es, en este sentido, coherente con ese deseo de contarlo todo en un largo alarido que te deja sin aliento. Gaete corre el riesgo de estructurar la obra como una larga corriente de la conciencia en donde la temporalidad estalla y los momentos se agolpan como partículas en ebullición. Y en esa rapidez, en esa ola que entra a la ciudad para llevárselo todo, no queda otra cosa que el deseo de que no se consuma, una pieza que arde en medio de un edificio a punto de derrumbarse. El edifico, como ya dijimos, no es otra cosa que la voz del narrador-observador, que va haciéndose trizas lentamente, sosteniéndose en la destrucción y el tedio como únicas certezas.

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