Gastón Carrasco: “No me gustan los que se llaman a sí escritores”

GCautor

La obra del poeta Gastón Carrasco ha avanzado vinculada al arte de la fotografía. Tanto Viewmaster (2011) como El instante no es decisivo (2014) profundizan en ese forma de contemplar el mundo en la que son maestros Cartier-Bresson, Cappa o Iturbide. En esos poemarios, admirado y a la vez suspicaz, Carrasco nos muestra un detallado estudio de la relación entre esos monstruos de insuficiencia que son la palabra y la imagen, además de desplegar retratos de aquellos fotógrafos, muchas veces fuera de campo, muchas veces mostrándonos más que las porciones de realidad encuadras por los obturadores. Actualmente prepara una tesis en torno al diablo, escribe un poemario llamado Monstruos marinos y corrige un conjunto de cuentos, Los oficios. Acá nos habla sobre lo que es crecer en paisajes que remiten a una guerra perdida, sobre cierto tipo de escritor parasitario que le desagrada y sobre cómo le parece que el oficio de fotógrafo ha perdido riesgo, entre otros asuntos.

Por Nicolás Campos

@NicolasCamposF

1.- Una banda, una película u otra obra (que no sea un libro) que haya tenido un impacto decisivo en lo que escribes.

Johnny Cash es mi pastor. Debo tener los criterios más pobres y poco refinados para escuchar música y poder decir que ésta influye de alguna manera en mi escritura. Me gustan los cantantes que desafinan y las bandas que suenan mal en vivo. Respeto a Jorge González, pero me gustan más Los prisioneros. Los Clash por sobre Los Pistols. The Adicts por sobre todas las cosas. Estoy pegado con Days n’ Daze, un grupo punk folk con una guitarra, trompeta, cucharas y banjos de por medio; el vocalista canta con un trapo de guaipe en la garganta y la chica que hace la segunda voz es un amor, pero grita como becerro que pierde a su madre. Aunque nada de esto tiene que ver con mi escritura.

2.- Una breve descripción de tus jornadas de escritura y lectura.

No sé si existe, en mi caso, algo así como “jornadas de escritura”. Probablemente escribo siempre, incluso cuando no lo estoy haciendo. Puedes estar cocinando el más noble de los peces, pero estás pensando en cómo perfilar a un personaje, justamente pescador, o directamente cazador de monstruos marinos. Estas lidiando todo el día con un variopinto registro de personajes de la ciudad que, más tarde, sin que ellos lo sepan, serán protagonistas de una historia tuya, o la imagen de un poema que no tiene trama, o desenlace, más que el ritmo de esa imagen cruda que le arrebataste a la realidad. Todo esto se traduce en libretas con frases al aire, notas en el celular indescifrables para el resto, correos autoenviados con enlaces, versos, ideas. La tarea de tomar la red, arrastrar y aunar todo ese material es algo un poco inexplicable, pasa y lo notas solo cuando estás inserto en ella, no hay un orden detrás de eso, tampoco un horario, dejas de hacer otras cosas. Podría decir: la escritura se torna un continuum, todo el resto es un paréntesis. Pero la verdad es que la literatura está y va más allá de la escritura o la lectura. Me interesan las experiencias, los afectos, estar en el mundo, dejarme permear por él, por las personas. Decir, finalmente, como el querido Robert Creeley: uno tuvo compañía.

3.- ¿La envidia y el resentimiento juegan algún papel en tu trabajo? ¿Cuál?

Resentimiento, totalmente. Nací en esas comunas olvidadas y alejadas de la manito de dios (P.A.C.) donde todo lo que te rodeaba tenía resabios de una guerra perdida. Los murales, las animitas, los relatos, todo remite a un holocausto local. Cada uno tiene su historia, sus muertos. Cómo no va a haber resentimiento ahí. El resentimiento además es una suerte de dolor, o molestia, de esas que te punzan, como el malestar de las rodillas antes de la lluvia. De eso tengo un montón. Me trasladé después a Peñaflor, latifundio del eterno Manuel Fuentes (UDI), alcalde reelecto hasta el hartazgo. Al lado de las poblaciones o villas que se mantienen en pie por obra y gracia del espíritu santo hay parcelas con decenas de perros, casonas de cientos de metros cuadrados y clasismo de periferia por miles. Es difícil no sentir algo de resentimiento en ese contexto, lo que se vierte, quiérase o no, en la escritura.

Envidia, probablemente también. Pero más que de poetas o narradores, de los guionistas y directores de algunas series y películas. Qué capos que son.

4.- Tengo la impresión de que los escritores buscan en la fotografía —y también en el cine documental— una materia que no sea especulativa, que quieren escapar de las divagaciones propias de la literatura. ¿Te pasa algo así?

Me parece que, más allá de querer burlar las divagaciones propias de la literatura, los escritores que apuestan por la fotografía o lo documental lo hacen por un asunto de lenguaje, búsqueda de un lenguaje. En mi caso, el gusto va por las palabras, y su capacidad evocatoria, aquella capaz de crear realidades, o imágenes, si se quiere. En un mundo saturado por el imperio de la imagen, la literatura justamente es el terreno que permite arrebatar, o problematizar al menos, dicho imperio. Describir una fotografía, narrar su proceso de composición, meterse con aquello que va más allá del recuadro es birlar, en algo, el poder de lo visual. Jugar con el lenguaje fotográfico o cinematográfico permite ampliar las posibilidades de escritura. Lo mismo con cualquier tipo de registro. Tampoco hay que casarse con esto, muchos menos especializarse.

5.- Los fotógrafos tienen algo de cazadores; su oficio se juega en ese “instante decisivo” del que habla Cartier-Bresson y el cual tú refutas. ¿Echas de menos ese instante decisivo o prefieres el ritmo de trabajo de un escritor?

No puedo echar de menos algo que no conozco, algo a lo que no he tenido acceso, no puedo ser tan melancólico, tampoco telleriano: “Nostalgia sí, pero del futuro, de lo que no nos ha pasado pero debiera pasarnos”. De cabrito quise ser cineasta, luego fotógrafo, pero tenía inserto el chip de la imposibilidad material, del fracaso de los artistas sin medios ni soportes. Cómo demonios iba a ser un buen cineasta o fotógrafo si no tenía de dónde conseguir una cámara. Eso de joven, veía Dawson’s Creek y quería ser Dawson Leery. Quería ser cineasta porque él quería serlo. Terminé escribiendo porque él terminó haciéndolo. No me parece que, en estos términos, pudiera preferir el ritmo de trabajo de un escritor al instante decisivo del bueno de Cartier-Bresson. Un escritor, muchas veces, está detrás del mismo tipo de cacería. Sin cámara ni soporte mecánico alguno, uno registra (anota) las imágenes que le parecen relevantes. Pero no se queda solo con eso, porque importan también los relatos, el antes y el después de esa imagen, las experiencias traducidas en esa aparente imagen fija o recorte de la realidad. ¿Importa acaso que Ahab capture a Moby Dick, cuando Melville se tomó unas quinientas páginas en describir la experiencia en torno a la cacería de ballenas y no “la caza” en sí de la bestia blanca? Respeto mucho el trabajo de los fotógrafos, sobre todo de los buenos fotógrafos. El espíritu inquieto de personas como Emiliano Valenzuela, que lo fotografían todo, incluso a sus interlocutores mientras hablan, me parece de una voracidad admirable. El riesgo que existía con la cámara análoga se ha perdido, ahora hay capacidad para que un fotógrafo erre en mil, dos mil fotografías. Antes el cartucho tenía pocas balas, había que aprovecharlas, pero no puedo tener nostalgia de ello, no me corresponde.

6.- Las redes sociales suponen un nuevo escenario para el escritor: hay una nueva forma de exposición, posicionando a algunos incluso como presuntos líderes de opinión (en Facebook o Twitter), ¿Qué opinas de esto?

Me parece necesario, pero no me vuela la cabeza. La inquisición virtual se deja caer cada vez que alguien piensa diferente o, fenómeno contrario, todas las opiniones se vuelven válidas. Todos se sienten con el derecho de opinar sobre cualquier tema, sin el más mínimo fundamento. Esa es la aparente libertad que tenemos. Se quiere cambiar el mundo, siempre detrás de la pantalla. Byung-Chul Han, el filósofo coreano de moda, dice que las sociedades postcapitalistas ya no se rigen por el biopoder (como planteaba Foucault), sino mediante el psicopoder, y sus medios, justamente, son las redes sociales. Bastante lógico, por no decir evidente. Bueno, eso lo leí en la contratapa de su último libro, carísimo, por cierto.

Por último, en las redes sociales, no hay ningún escritor medianamente líder de opinión. Aunque, debo reconocer, suelo reír con los twits de Baradit, Bisama y Ortega.

7.- ¿Cómo ves el estado de la crítica literaria en Chile? ¿Lees crítica literaria?

Leo y escribo textos críticos. Si bien he hecho reseñas a modo de estipendio por el libro (forma legítima, pero algo burda, a mí parecer, de adquirirlos), muchas veces me he visto impulsado a escribir cuando una propuesta me parece digna de ello. Lo veo como una suerte de retribución por parte del lector, una suerte de “me gusta” con algo más de trabajo que un solo clic. Respeto a quienes lo hacen con frecuencia, sostenidamente. Aunque a veces los criterios me parecen antojadizos, nada rigurosos. Hay poco espacio e interés, más allá de los propios autores, por leer crítica. Cuando se mapea el campo uno va conociendo las redes y los intereses de ciertos grupos, por lo que no es raro encontrar críticas entre amigos, colegas, compañeros, etc. Es difícil tomar en serio el oficio de esa manera. Me parece más interesante cuando se le da el espacio a un escritor para que hable de sus lecturas, de sus influencias, quizá ahí le creo más al crítico. Al margen de todo esto, independiente a la figura del crítico, hay un canon establecido que funciona de igual manera. Hay autores y libros que venden, lo cual está bien si el libro lo vale, aunque otras veces te venden solo humo.

8.- ¿En qué clase de escritor rehusarías convertirte? ¿Hay alguna forma de aproximación a la literatura que veas en nuestro mundo literario que te provoque rechazo?

No me gustan los escritores que van a todos los lanzamientos y encuentros. No me gustan los que viven larvariamente en torno a la figura de otros autores. No me gustan los que se llaman a sí escritores. No me gustan los que dan su vida por la cultura y el arte y nunca mostraron un texto de su autoría. En definitiva, no me gusta que no escriban. Aunque lo hagan mal, si les gusta el leseo, por favor que escriban.

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El instante no es decisivo (2014)

9.- La distribución de los libros ha cambiado: aumentó el influjo de las editoriales llamadas independientes. ¿Qué ves de bueno y malo en este escenario?

Me gusta la idea de levantar una piedra y que salgan diez, cien, mil editoriales. Lo que no me parece es que de esas mil sean diez más o menos serias, interesantes, estables en el tiempo. Son pocas las que tienen una línea “editorial” o un proyecto que articule un catálogo atrayente. Hay muchos autores con proyectos editoriales bien definidos, lo malo es que eso no los hace buenos editores. La relación entonces en proporcionalmente a la inversa: proliferan editoriales, escasean buenos editores.

10.- Algunas editoriales cuyos catálogos te llamen la atención.

Das Kapital, Alquimia, Montacerdos, Balmaceda, La Calabaza del diablo, Paracaídas, Mardulce, Duomo, Capitan Swing y muchas otras que seguramente olvido. Auguro o apuesto que Overol tendrá un buen catálogo.

11.- ¿Qué estás leyendo ahora?

Sufro del mal de las pestañas abiertas, por lo que leo en paralelo varios textos.

Estoy por terminar Cómo hacer bien el mal de Harry Houdini, tengo a medio andar Contarlo todo del narrador peruano Jeremías Gamboa, disfruto y leo de a poco Call me Ismael de Charles Olson (sus tesis sobre Moby Dick) y persigo cuentos de Francisco Coloane que no haya leído. Me quiero embarcar prontamente en Leñador de Mike Wilson (Orjikh), Treinta y cinco lecciones de biología (y tres cónicas didácticas) de Eduardo Chirinos (Paracaídas) y Usted está aquí de Margarita García Robayo (Montacerdos).

Además, llevo un par de años revisando bibliografía en torno al diablo (tema de mi tesis). Por cuestiones de pacto, leo sacrílegamente todos los días algo sobre el rey de este mundo.

12.- Parece haber cierto consenso en torno a ciertas obras decisivas en la formación literaria en general (los clásicos de siempre: Cervantes, Homero, Borges, etc.): ¿podrías nombrar cinco títulos que no entren en esta categoría que hayan sido fundamentales para ti?

Disiento un poco de la tarea de eludir a los textos que no entren en la categoría. Parto de las siguientes premisas: 1) No se han leído los clásicos, 2) No se han leído bien los clásicos. No sé por qué tanta urgencia en leer lo más reciente de lo reciente. Prefiero darle perspectiva histórica al asunto y leer lo que está siendo publicado hoy en un tiempo más. De todas maneras, esto es algo articulo en el discurso y que no practico mucho, porque termino leyendo tanto libros clásicos como recién salidos del horno de igual manera.

Por lo mismo, si tuviera que alejarme de los libros clásicos, podría nombrar libros de autores más o menos “clave” con obras menos conocidas. Pienso en Demonios de Dostoyevski, La copia y otros originales de José Santos González Vera y Cuatro para delfina de José Donoso.

Tal vez más decidoramente, en mi escritura, estaría la poesía de Gonzalo Millán, Gonzalo Rojas, José Watanabe, Antonio Cisneros, Joaquin Gianuzzi, William Carlos Williams, Kenneth Rexroth, A.R. Ammons, entre otros tantos.

13.- Un autor o libro clásico que te ha parecido decepcionante.

Nunca leí teatro con mucho gusto. Aparte de Aristófanes, Shakespeare y Samuel Beckett, todo el resto me parece un poco decepcionante.

14.- ¿Qué otros autores te interesan y crees que deberíamos entrevistar aquí?

Habría nombrado a los ya entrevistados: Cristián Geisse, Juan Carreño y Francisco Ide. Añadiría a Mario Verdugo, Gladys González, Elvira Hernández, Maximiliano Andrade, Víctor López, Germán Carrasco, Raúl Hernández y Carlos Cociña.

15.- Un video de YouTube que hayas visto mucho últimamente.

 

 

 

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