Emiliano Fekete: “Soy lo que se llama un resentido social, me mueve mucho más el rencor hacia los poderes fácticos”


Emiliano Fekete vive hace trece años en Chile, donde llegó a perderse por amor, como dice en la solapa de su primer libro, Pigmalión a solas (2015). En este volumen de cuentos, separado en dos acápites (“Hijos del Plata” y “Oraciones haiteanas”), el escritor argentino nos narra la suerte de ciudadanos prófugos y funcionarios públicos corruptos de distintas latitudes de Argentina, haciendo eco de estos problemas y reflejándolos en la vida cotidiana de otra sociedad, una más empobrecida económicamente hablando y en cierta medida distinta: la de Haití.

Porque nos interesó su obra —hasta ahora en constante progreso— y porque las complicaciones de escribir ficción inspirado en los sucesos del país al que “perteneces” sin estar en él es siempre algo digno de atención, entrevistamos a este escritor emergente que nos habla de todo un poco, atravesando transversalmente esas costumbres argentinas que le obsesionan y neurotizan, sin dejar de lado la ironía espontánea que lleva a todas partes, traslucida por supuesto en sus creaciones.

1.- Voy a empezar por una duda que salta de inmediato al leer Pigmalión a solas. Queda claro por qué Argentina, pero ¿por qué Haití?

Lo de contar historias sobre Haití empezó, como todo viaje (al decir de Arcadi Espada), con un libro. Bien podría haber sido El reino de este mundo, pero no, aunque plantó su semilla. Desde pibe tengo vicio por la historia y la geopolítica, por eso hace unos años di con Haití (1492-1825), del abolicionista francés Victor Schoelcher, y su lectura me movilizó. Tenía necesidad de escribir algo sobre este país, el primero en América Latina en lograr su independencia, el primero en ser gobernado por negros y, aparentemente también, el primero donde una rebelión de esclavos tuvo éxito, y todos esos laureles conviviendo con un presente de miseria garrafal, de Estado fallido en constante caos. Claro que quería trabajar algún punto de su historia, pero más las miserias cotidianas de su gente.

2.- En la primera parte de tu libro se nota cierto conocimiento de la sociedad argentina, sobre todo de aquellas clases anónimas y echadas a su suerte. ¿Cómo obtuviste la materia prima que conforma estos cuentos?

Un poco por experiencia, un poco por mis lecturas, y un poco por invención, en porcentajes disímiles. Primó en varios de esos cuentos un reflejo de mi vivencia social y política, pero un reflejo muy distorsionado, por eso no puedo decir que sea una completa verdad o una completa invención. Trabajo con materias primas que tamizo a partir de una realidad que, desde mi perspectiva, no se avergüenza de mostrarse roñosa. Pero filtrar no significa separar el material noble del abyecto; a veces, la materia prima resultante no es otra cosa que una masa pútrida, y con eso tengo que moldear, o “esculpir”, como diría Pigmalión.

3.- El relato que abre el libro, “Informe de los campos”, fue elegido el año 2010 como uno de los diez mejores del reconocido Concurso Paula.  Se puede inferir el contexto histórico en el que está situado: ¿qué tan real es la actividad de los personajes que sustentan su trama? 

Entiendo a la sociedad (cualquiera) como una gran moledora de carne. Cuando esta moledora de carne se reconoce como tal (digo, “se reconoce”, no “se arrepiente”) entra a funcionar algo así como un mecanismo de lubricación: el eufemismo. En ese sentido, en “Informe de los campos” quise jugar con el mecanismo aceitado que impide que la realidad nos reviente en la cara. Los personajes del cuento actúan en ese sentido y su trabajo no ha de ser muy distinto al realizado por cualquier administrativo de la SS, o por los burócratas que reptaban en los cuarteles de nuestras dictaduras, para no ir muy lejos.

4.- Esto es una pregunta que contestarían seguros Cortázar y Saramago. El argentino escribió su primera novela a los nueve años y el portugués optó por darse a conocer cuando iba a cumplir sesenta. ¿A qué edad empezaste a escribir y en qué momento decidiste aventurarte a publicar?

Textos decentes, o lo que las personas cuya crítica respeto y consideran decentes, comencé a escribirlos a partir de 2008. Todo lo anterior, y algunos textos posteriores, fueron convenientemente quemados y borrados de los discos duros. Para estos fines, digamos que empecé a escribir a los 34.

En cuanto a la decisión de publicar, fue motu proprio, pero no el empuje para hacerlo, que tengo que concedérselo a mi pareja. Qué sentido tiene publicar, es una pregunta para la que aún no tengo respuesta, y no sé si haya una sola, pero sigue jugándome en contra cada día. Lo que sí tiene esa pregunta es un doble filo: si todos los que publican se hicieran antes esa pregunta, quizá nos habrían privado de muy buena literatura, pero también de verdaderos bodrios editoriales. Si cedí, fue para no arrepentirme mañana de no haberlo hecho.

5.- ¿Por qué intentar publicar (y hacerlo efectivamente) en Chile donde el mercado es más pequeño? ¿Intentaste publicar en Argentina en algún momento?

Publicar en Chile fue una cuestión de oportunidad. Comencé explorando las editoriales independientes argentinas que pudieran interesarse por un autor novel que además escribiera cuentos. Ni siquiera alcancé a enviar el manuscrito. Las dos o tres respuestas que recibí se repetían en la negativa a aceptar nuevas propuestas. Entonces me enteré de que Leigh y Roitstein, dos personas con las que coincidí en un taller literario, acababan de fundar Editorial Furtiva. Les ofrecí el material que tenía y me dieron su aprobación.

6.- En el mismo sentido, ¿qué piensas de la categoría “escritor joven”?

Lo mismo que pienso de “escritor maduro” o “escritor geronte”: más allá de ser una clasificación etaria antojadiza, no me dice nada. Pero no niego la variedad de significados (otra vez los eufemismos) con que la carga el mundillo literario: de la “joven promesa” al “mocoso con ínfulas” van las acepciones y, en el mejor de los casos, siempre dejan un regusto a ingenuidad, a inmadurez, a cosa hecha a medias.

7.- ¿Cómo son tus jornadas de lectura y escritura? ¿Van imbricadas ambas o prefieres una más que la otra?

Vivo de lo que leo, de lo que edito y corrijo, tanto para un diario digital como para la editorial que comparto con dos socios. Discriminando, leo mucho más por deber que por placer, y esto último porque no me alcanzan las horas del día. Trato de compensar esa deuda en el transporte, en la cola del banco, donde sea.

En comparación a los tiempos de lectura, mis horarios y oportunidades para escribir son mucho más restringidos. Escribo de noche y hasta que me venza el cansancio; idealmente, de lunes a lunes. A diferencia de la lectura, escribir no me resulta placentero, sino que necesario para purgar mis obsesiones, para mantener a raya la neurosis.

8.-  ¿La envidia y el resentimiento juegan algún papel en tu trabajo? ¿Cuál?

Soy lo que se llama un resentido social, me mueve mucho más el rencor hacia los poderes fácticos, hacia los protocolos, sus adláteres, sus efectos, que lo que me mueve cualquier envidia. Pero también soy un resentido a secas, un odiador de individuos. Si hay una constante en mi trabajo narrativo es que todo lo que desprecio y, particularmente, a quienes desprecio, acaban sumergidos en lo que escribo. Es mi método de venganza, patético e infeliz.

Pigmalión a solas

9.- ¿Cómo ves el estado de la crítica literaria en Chile? ¿Lees crítica literaria?

Leo reseñas esporádicamente, la mayor parte de las veces para cebar mi morbo por la carnicería de egos y el reguero de tinta que deja. Como en todas partes, en Chile hay buenos referentes de la crítica literaria, gente capaz de discernir entre una mala obra y un mal autor, pero mejores son sus matarifes, que no discriminan. Esta gente llega a un grado de especialización tal que puede competirle la reputación a Andréi Chikatilo. Pero al final son traficantes de humo, que difícilmente llegan a alimentar algo más que la propia megalomanía, y sus sentencias, muy a su pesar, sobreviven lo que tarda uno en dar vuelta la página. Jamás he comprado un libro siguiendo una crítica.

10.- ¿Qué piensas del mundo de los libros (autores, editoriales, eventos) a nivel local? ¿Y qué nos puedes decir de cómo funcionan las cosas en el país donde naciste?

Empezando por el final, no conozco en detalle el funcionamiento del mundo editorial argentino, pero hay algunas diferencias sustanciales. Hay una masa lectora mayor, lo que estimo se traduce en una mayor tirada (número de ejemplares por título), variedad de temas, autores, eventos y en la fundación de nuevas editoriales. En cuanto a número de publicaciones, por ejemplo, en 2014 el mercado chileno equivalía al 18% del mercado argentino, es decir, en el mismo año, mientras en Chile se publicaron 5.000 títulos, en Argentina se publicaron 28.000. Por otra parte, el Gobierno puso restricciones a las importaciones para impedir la fuga de capitales, y eso, por lo que sé, trajo ventajas y desventajas: por un lado, la producción nacional aumentó considerablemente; por el otro, las imprentas aún no pueden competir en calidad con los textos importados, lo que implica mayores costos de producción que se trasladan al valor del libro. Por eso hoy el libro en Argentina no es tan barato.

Chile no tiene restricciones a las importaciones, según entiendo, y en calidad de impresión bien puede competir con lo que viene del exterior; pero tampoco tiene una masa lectora apreciable, lo que obliga a hacer tiradas menores y tener que repartir en pocos ejemplares los costos del libro. ¿Resultado? Un libro caro. A lo anterior hay que agregarle el volumen de títulos que las editoriales europeas, gracias a la crisis, vomitan por estas orillas, invadiendo un mercado de por sí sobresaturado. Y en medio están las editoriales independientes, que en casos honrosos y cuando pueden (no viven del aire tampoco) a los márgenes de ganancia anteponen el bien social, generando y propagando cultura, dándoles cabida a autores nuevos. De no ser por estas pequeñas usinas, el mercado literario chileno sería paupérrimo.

11.- Sabemos que en Argentina los libros no están sujetos al IVA y que por lo tanto son más baratos, cosa que no sucede en Chile. ¿Te merece alguna opinión esta realidad que se da culturalmente? ¿Cuál?

La respuesta a esta pregunta creo que asoma en la respuesta anterior. Los libros en Argentina hoy no están mucho más baratos que en Chile, aunque sí pueda haber una diferencia de precios. Ahora, imaginando que volvemos a una etapa pre-restricción, la diferencia entre lo que vale el libro en Argentina y en Chile, no está dada solamente por el IVA, sino por la masa lectora y lo que se considera una inversión en cultura, y ahí está el tema. Quitarle el IVA a un bien cultural puede ser un incentivo interesante (y no solo estoy de acuerdo con quitárselo a los libros, sino también a otros bienes culturales), pero no soluciona los problemas de fondo, que a mi juicio son tanto la escasez de lectores como la falta de poder adquisitivo. Y esta última cuestión es transversal a otras áreas culturales. Los chilenos suelen decir de sí mismos que son incultos. Si es que lo son (cosa que no creo), dudo que sea por falta de interés; más bien sospecho que es porque no tienen cómo o con qué acceder a ello.

12.- Háblanos de algunos lineamientos de tu —permítenos llamarla así— poética. ¿Qué imágenes o preguntas se reiteran en lo que escribes?

Más que preguntas, en lo que escribo parecen repetirse imágenes de traición, de fuga, de miseria y de alienación, entendidas todas con amplitud. Sospecho que son las que me convocan a escribir, aunque bien pueden ser las consecuencias perceptibles de otras pulsiones más hondas. De cualquier modo, no estoy muy consciente de ellas durante el trabajo narrativo; son cosas que se dejan ver al final, cuando el proceso está, digamos, concluido.

13.- ¿Tienes autores determinantes que hayan influido en tu estilo? ¿Cuáles?

Hace tiempo que me inhabilité para discernir en mis textos la influencia estilística de otros, pero no porque me suponga original, sino porque me declaro torpe para percibir esos detalles. Soy consciente de que en algún momento quise escribir como Haroldo Conti,  y en otros, como Horacio Quiroga o Manuel Mujica Láinez (aunque sin tanto purismo). A estas alturas, prefiero la experimentación a la imitación. Encontrarme parecido a H o B es un ejercicio para el otro, no para mí.

14.- ¿Qué estás leyendo?

Física y berenjenas, de Andrés Gomberoff, una antología de sus artículos de divulgación científica capaz de explicarle a un neandertal como yo la belleza del universo y reconciliarlo con la física y las matemáticas. También estoy leyendo Gracias, de Pablo Katchadjian, libro que no me quita para nada el sueño, la verdad, pero que me he propuesto terminar. Y Los nueve libros de la historia, de Herodoto, para despuntar mi vicio por la historia. Lo que se dice un lector promiscuo.

15.- Parece haber cierto consenso generalizado en torno a ciertas obras decisivas en la formación literaria en general (los clásicos de siempre: Cervantes, Homero, Borges, etc.): ¿podrías nombrar cinco títulos que no entren en esta categoría y que hayan sido fundamentales para ti?

Si la cosa es elegir libros que marcan, apenas cinco me parece un número arbitrario (“Como olvidar, elegir es matar un poco”, decía Tamas Dohány), así que me inclino por la trampa: Con otra gente (Conti); Sin destino (Kertész); La hora 25 (Gheorghiu); Misteriosa Buenos Aires (Mujica Láinez); Esperando a los bárbaros (Coetzee); 1984 (Orwell); Cuentos de amor, de locura y de muerte (Quiroga); La invención de Morel (Bioy Casares); El reino de este mundo (Carpentier)… La trampa es doble: algunos son “clásicos de siempre”, o debieran serlo.

16.-  Hay una frase, atribuida a Malraux, que señala que en París había intelectuales que no sabían ni abrir un paraguas. ¿Cuál es tu relación con el trabajo convencional? Si no fueras escritor, ¿qué estarías haciendo hoy?

Hoy, mi oficio es editar textos, corregirlos, gestionar y administrar publicaciones. Con o sin horario, con o sin relación de dependencia, con o sin protección social, trabajo desde los dieciocho años, y he hecho de todo, pero no sé lo que es vivir de escritor, y tampoco tengo deseos de experimentarlo. No me interesa restringir mi libertad de escribir lo que se me dé la gana, y menos por un precio.

17.- ¿Qué otros autores te interesan que escriban en la actualidad o que creas que deberíamos entrevistar aquí? Nacionalidad aparte.

De Chile, Diego Vargas Gaete y Alejandro Rojas. Cada uno en su estilo, me parecen buenos referentes de una narrativa chilena emergente que le hace el quite a la autocomplacencia, a la chatura, a las genuflexiones, tan recurrentes por estos lares. También me sorprendió el tono desmadrado de Natalia Berbelagua en Valporno, aunque en ese libro los golpes de efecto no logran esconder las fallas de desarrollo. Sé que Berbelagua tiene otras obras, pero no las he leído. De ella poco más puedo decir, salvo que me dejó la pelota picando. En cuanto a los chilenos consagrados, me gusta el estilo de Jaime Collyer, un tipo que no le hace concesiones a la tribuna, y eso se agradece.

De Argentina, no sigo a los emergentes por falta de oportunidad. Tengo ahí una deuda pendiente. Y de los consagrados, me gustan Juan Forn, aunque hace rato que no publica ningún libro nuevo, y Antonio Dal Masetto, maestro de la narrativa sin firuletes.

18.- Nosotros dejaremos el book trailer de tu libro por aquí, pero te vamos a pedir a cambio que nos recomiendes algún video favorito o que esté llamando tu atención.

Book trailer

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