Lungue (Juan Pablo Rozas)

lungueLungue (2015)

Juan Pablo Rozas (1948)

Ed. Chancacazo

ISBN 978-956-8940-56-0

212 páginas

Lungue es la segunda novela del autor Juan Pablo Rozas, a la que precede La franja; una novela publicada el año 2012 que por lo excelente me parece que en su momento no recibió toda la atención que merecía. Más aún, ambas no solo transcurre en el mismo lugar aparentemente ficticio, sino que también versan sobre hechos que de cierta forma se relacionan.

Lungue es una novela ambiciosa, que posee un ritmo deliberadamente cansino, moroso, que incluso por momentos llega a grados de inacción y quietud que la llevan a detenerse en imágenes y sensaciones que hacen que el narrador caiga en lirismos que no siempre resultan logrados, cosa que sabrá perdonar el lector atento que llegue al final del relato y comprenda el vuelco total que significa el cambio de narrador que nos ofrece su parte final, el mismo que provoca una transformación del punto de vista de todo el libro, centrándolo en un único personaje, condicionándolo y otorgándole una voz única al resto de la narración ya conocida, constituyéndola más en discurso que en historia. Y es que en Lungue no pasa mucho, no hay una concatenación de hechos que provoquen una tensión dramática, sino que más bien hay una especie de detención en el larismo, en la contemplación de aquella tierra agrícola, basta y hermosa que fuera un enorme terreno patronal, en los senderos y vericuetos que la constituían, en sus vertientes y alamedas: todo está ahí, bellamente retratado y descrito. Resulta notorio el caso de este autor que, algo a la inversa de lo hoy por hoy parece ser la norma, demoró hasta su madurez personal la publicación de sus primeras obras, lo que significa también que logra alejarse con eficacia de tantos vicios que campean en nuestra literatura “juvenil” contemporánea: evita con gracia la carencia de descripciones, la conformación de imágenes, la mantención de un ritmo narrativo congruente con el motivo. En todo ello brilla Lungue tal como brillaba La franja. Y es que en Lungue el autor deliberadamente toma la opción de construir una historia casi carente de historia; no hay algo así como un conflicto que lleve a un desenlace, todo es construcción del recuerdo, lenguaje, conjeturas —tal como lo confiesa su narrador— de una historia y épocas que no le pertenecen. Es la remembranza de una época perdida en vidas ajenas, de las que solo quedan las ruinas retratadas en una vieja casona sitiada por el desarrollo que significa la explotación agrícola tecnificada y en un jardín abandonado a los esfuerzos infructuosos por mantenerlo vivo de un viejo cuyas fuerzas son insuficientes para conservarlo en flor.

La historia no es la de un personaje, aunque sea esa única óptica la que se impone, sino que es la de un lugar, la de un espacio y de las vidas que en torno a ese territorio y bajo esas reglas se hilaban. De forma más bien lateral están también los vicios y pobrezas a que el inquilinaje era sometido; y aquella falta de visión moralizante resulta también congruente con la óptica sesgada de este personaje-narrador. Su voz, finalmente, es la de un hombre abandonado a un pasado que jamás llega a asir, a una forma de vida que no le perteneció pero de la cual es tributario y heredero.

Entre las hojas de los pequeños boj recién plantados quedan atrapadas filigranas de rocío; los jardineros no reparan en detalles y destruyen a su paso un milagro en miniatura; solo la araña sabe del territorio y, cuando el sol brilla, se encarama en su tela, mueve sus ocho patas, tantea el aire y recorre lenta lo que cree su dominio. (pág. 53)

Caben varios reproches a este libro que no es perfecto: en ocasiones un exceso de lirismo que hubiese sido deseable contener, o momentos en que —como por ejemplo cuando muere Leonor, la artífice del jardín que antecede la casona patronal— pareciera haber un desapego emocional del narrador en esta historia donde todo está radicado justamente en una cierta forma de emoción o añoranza que es la misma que motiva a su narrador a contárnosla, y especialmente en severos y reiterados yerros formales en el cuidado del texto final, sobre los que puede tener más culpa el revisor del texto que el mismo autor. Todas esos defectos están y restan puntos al resultado final, sin embargo, como decía en un comienzo, son sus virtudes las que triunfan largamente: la calidad de su prosa, la copiosa conformación de imágenes, la capacidad del autor para no caer en el minimalismo facilista y por el contrario desplegar a cabalidad un relato constituido por una motivación que pareciera única, pequeña, tal vez simple y sin embargo ser capaz de mantener aquel pulso moroso —y bello a ratos— durante todo el libro, sin caer en efectos artificiosos, sin ansiedades ni intensidades falsas que habrían desmerecido el conjunto.

Se trata, en suma, de una muy buena segunda novela de un autor que ya había aparecido en el panorama literario con una presentación altamente auspiciosa, que probablemente requiera un lector exigente con el trazo y dispuesto, por contrapartida, a disfrutar de la cadencia de la narración, pero que finalmente recibirá la satisfacción, el placer que provoca el pasar lentamente las páginas de un buen libro, sin esperar ser remecido por la sorpresa, sino que más bien disfrutando el viaje propuesto por el autor.

 

 

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