Autorretrato (en el extranjero) (Jean-Philippe Toussaint)

autorretratoenelextranjero Reseña remitida por:

Emiliano Fekete @emifek

 

Autorretrato (en el extranjero) (2014)

Jean-Philippe Toussaint (1957)

Chancacazo Publicaciones

ISBN: 9789568940539

104 páginas

Hay veces que un diario de viaje —ese retrato datado tan ajeno a nuestro barrio, en el que nunca pasa nada— llega a buen puerto tanto por la habilidad de su autor para retratar como por aquello que retrata —así sucede con Pasé por México un día, de Manuel Rojas, por dar un ejemplo—; y hay veces que el diario naufraga —o con suerte encalla— por la impericia del autor para darle profundidad al relato o por la intrascendencia de lo relatado. Estas dos últimas razones las que hacen del Autorretrato de Jean-Philippe Toussaint una forma fallida, aunque original, de bosquejar el mundo retratándose a sí mismo.

Autorretrato (en el extranjero) es una obra corta, compuesta por pequeños textos individualizados sólo por la ciudad a la que remiten. Artículos de Toussaint sobre Japón, Túnez, Alemania, Vietnam, China y Córcega, desperdigados con aparente descuido y construidos con una prosa sin ampulosidades —muestra aplaudible de minimalismo literario—, pero que si no hacen mucho foco en los lugares que describen, y hacernos partícipes de su atmósfera, la más de las veces tampoco en su derrotero nos llevan para ninguna parte.

Al azar, sale al ruedo un ejemplo de intrascendencia en el cierre al artículo «Tokio, primeras impresiones», texto con que inicia el libro (en rigor, inicia con un prólogo del autor, mucho más interesante en su propuesta que algunos de los artículos listados):

«Tuve experiencias extrañas con mis manos en Japón. Antes que nada, no sé si tiene que ver con el hotel donde paraba, a la clase de materiales de obra usados, al hecho de que, por ejemplo, las manijas fueran de metal y no de madera en su mayoría, o si hay que buscar la causa de esos pequeños disgustos sufridos del lado de mi chalequito de lana (el regalo de mis padres para año nuevo); la cosa es que cada vez que estaba por agarrar la manija de una puerta o apretar el botón de un ascensor, recibía una descarga de electricidad estática. Pero basta de confidencias».

Para Autorretrato se aplicaría la condición de encallamiento, la de varada en el roquerío, más que la del naufragio, porque si se salva de irse a pique es gracias a las pequeñas escenas donde campea el absurdo, la ironía, la sordidez, la melancolía bien trabajada, con el recato del estilo nipón.

El absurdo es representado, por ejemplo, en el cierre del artículo «Cabo corso (el día más bello de mi vida)», que difícilmente es lo mejor de Autorretrato, pero que en algo recuerda a la batahola final de Los caballeros de la mesa cuadrada, sonada película de los Monty Phyton; batahola con tiros, perros, críos, y hasta una surfista japonesa, que sobreviene cuando Toussaint y un compañero eventual ganan el campeonato de bochas del pueblo y reciben una presea enjundiosa, mucho más práctica y suculenta que un trofeo de lata:

«[…] Recibí entonces el primer premio del concurso, el jamón corso […] Lo recibí con las dos manos, conmovido, y lo llevé a los labios antes de alzarlo para mostrárselo a la muchedumbre, mientras pegaban tiros por todas partes y tocaban a vuelo las campanas. Y al entregar el jamón a mi compañero, lo besó rozándolo con los bigotes, y en medio del entusiasmo general, acompañados por Noriko que iba correteando a mi lado para que le firmara un autógrafo en la tabla de surf, iniciamos una vueltita de honor por la plaza del pueblo, seguidos por un perro cojo y unos niños».

Hay otros textos de Autorretrato donde el absurdo reaparece, como en «Tunez», donde el autor presiente que va a morir durante el viaje y, lejos de aburrirnos con devaneos filosóficos pre mórtem, nos describe su recelo habitual a los vuelos, traducido en una opresión de pecho y unas repentinas ganas de cagar, y su encuentro fortuito con dos arqueólogas que en pleno desierto derraman lágrimas por la muerte de Ayrton Senna. Otro tanto pasa con «Vietnam», país al que Toussaint es invitado, junto con otros autores de lengua francesa, a compartir impresiones sobre la literatura con sus pares vietnamitas. La conferencia —a la que nadie parece haber querido asistir, mucho menos prestar atención—, se va tornando un muestrario —y una denuncia— de cómo funciona el mecanismo estatal de propaganda en la órbita socialista y cómo allí y en todas partes la «cultura», al igual que el «odradek» de Kafka, resulta un artefacto tan indescriptible como inútil bajo el que hay que embanderarse para no pasar por burro.

En «Nara, capital histórica de Japón», título calculado en su equívoco, Toussaint relata cómo la visita a esa ciudad, con la guía del profesor H, inicia con sentido histórico para terminar, de la mano de ese mismo profesor con las gónadas ya a punto de ebullición, en un show de striptease más bien bukowskiano, haciendo trizas de pasada la impronta pudorosa que los japoneses, o algunos occidentales, malamente nos quieren vender:

«Y, sin sacarse la sonrisa afable de presentadora americana de origen asiático, la bailarina seguía contando cuentos al público a distancia con las piernas abiertas al borde del escenario sin parecer percatarse en absoluto de que tres tipos estaban acariciándole los senos y toqueteándole la concha con destrezas de mancos ciegos, cortos y repetitivos, les limpiaba de nuevo distraídamente la punta de los dedos y se inclinaba de costado para que los espectadores siguientes pudieran aprovechar de su alma más profunda, llevándose las servilletitas transparentes usadas que, en medio de todo este ritual muy meloso, me parecía de lo más asqueroso. En fin, ¡feliz Navidad!».

«Regreso a Kioto» es la última de las crónicas de Autorretrato y merece consideración por la calidad de su prosa, que emula con bastante rigurosidad la estética de la melancolía japonesa. En este aguafuerte, el estilo de Toussaint evoca quizá a Yasushi Inoue en La escopeta de caza, algo de su contención, algo de su habilidad para transmitir —y aquí sí Toussaint logra hacer foco— la atmósfera y la procesión interior del personaje:

«[…] Al volver la cabeza hacia el cruce de Sanjo divisé las colinas de Kioto que se dibujaban en la bruma y haciendo fuerza y cerrando los ojos para concentrarme mejor, intenté que me conquistaran las lágrimas. Sabía que probablemente no conseguiría llorar, mis ojos no vertían ninguna lágrima, pero lloraba mi alma. Miraba fluir las aguas del Kamo, estaba parado en el puente de Sanjo, con la mirada fija, el alma en llanto. Mi pecho se agitaba lentamente al compás de mi respiración, y se iba apoderando de mí una ola de melancolía, cálida y sensual, que yo no intentaba constreñir, dejando verter en el Kamo algunas de esas lágrimas sin tiempo».

En definitiva, Autorretrato (en el extranjero) es lo que su título anuncia, la propuesta de Toussaint de hacerse una selfie a partir de sus relatos de viaje… y la foto resulta, pero a medias. Como en las selfies, quien se retrata a veces se revela tal como es; a veces es un personaje destinado a falsear la verdad, a burlarse de los demás o de sí mismo; a veces sabe de enfoque pero sale desenfocado; y a veces, demasiadas veces, pinta un decorado tras el cual sólo hay aire, un enmarcado pedacito de nada.

 

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