La noche del zelota (Camilo Brodsky)

La-noche-del-zelota_camilo brodskyLa noche del zelota(2013)

Camilo Brodsky (1974)

Das Kapital

ISBN: 9789568835286

82 páginas

“Todo poeta o artista vive disociado, muchas veces no sólo disociado sino tironeado de cada pata, de cada brazo, descuartizado” dice Gonzalo Millán y la frase me lleva inevitablemente al “Je est un autre” de Rimbaud: la poesía como una dislocación del yo, que encuentra en otras voces, ficticias o testimoniales, un espacio desde el cual desplegarse. En este sentido funcionan algunas de las obras poéticas más interesantes que se han escrito en el último tiempo en nuestro país: pienso, por ejemplo, en “Colonos” de Leonardo Sanhueza (Cuneta, 2011), “Canciones gringas” de Mario Verdugo (Inubicalistas, 2013) o “Yakuza” (Ajiaco, 2014) de Francisco Ide. En “La noche del Zelota” de Camilo Brodsky (Das Kapital, 2013) asistimos al relato epifánico y alucinado de un zelote –denominación que recibían los militantes de este movimiento radical de la vieja Roma-, en cuyo sueño la historia aparece como un campo yermo: un despoblado en donde se han sucedido todas las guerras, todos los fracasos.

Sin saber aún si está dormido/ busca el zelota el refugio de su manto/ y sueña un infierno imposible de legiones/ carmesí y holocaustos// La quema de brujas y la muerte/ mínima de Menocchio;// a Torquemada sueña el zelota/ sobre un trono de lenguas maldicientes,/ borrachas y asustadas// Despierta con escalofríos cuando va subiendo el viento tibio desde el mar de Galilea

De esta forma, el texto se estructura como una serie de episodios –los poemas- que giran en torno a un centro que podría ser la memoria, pero también una extraña forma de agotamiento. “Recordar se parece mucho a la justicia” dice una canción de Tenemos Explosivos, y Brodsky lo sabe perfectamente bien. Sin embargo, el hablante se permite dudar ante los mecanismos a través de los cuales elabora su poética, tensionando de esta forma ese centro o la posibilidad de dar cuenta efectivamente del mismo:

Todo texto es/ (de manera radical y necesaria)/ político, se dice el zelota cada cierto tiempo (…) Por otra parte,/ piensa algunos días lo contrario./ No supone más sentido al texto que el que dota a un organismo/ de vida: un azar, un accidente en la combinación de proteínas,/ como mucho.

La noche del Zelota es agitada y febril, un tránsito que lo lleva desde las matanzas campesinas en la Alemania de Thomas Müntzer hasta la cárcel donde Ulrike Meinhof salda sus últimos días. Si en Whitechapel (Das Kapital, 2009) el autor nos sumergía en el horror a través de la voz de asesinos como Andrey Chikatilo, acá ese mismo horror es llevado a una dimensión muchísimo más amplia y compleja. Brodsky husmea en los escombros de todos los proyectos colectivos que han buscado diversas formas de emancipación y han encontrado un muro duro de roer:

Está bien para el zelota escuchar Louis Armstrong/ la alegría de los condenados. Suenan las cadenas/ en el sur y todavía/ son esclavos los esclavos/ -como debe ser, piensa el pretor en su cómoda silla de lona/ rayada; el whiskey en la mano/ izquierda, donde está la argolla de oro

Sueño al borde del delirio, el Zelota ve pasar frente a sus ojos una tragedia que se sucede de manera cíclica y sin tregua, acaso el único sino posible. Como Auxilio Lacouturre encerrada en el baño de la UNAM, presa de esporádicos flashazos que van corriendo toda clase de velos, el Zelota ve hordas de personas irrevocablemente hacia el abismo.

Hago mi propio racconto y pienso en el “yo vengo a hablar por vuestra boca muerta” de Neruda. Ejercicios poéticos como este trazan –por suerte- un camino distinto sin desviarse del objetivo político que el texto se propone: componer este verdadero cuadro bruegheliano, poblado de cuerpos, descampados y trincheras, para que conozcamos sin padecer. No tanto, al menos.

               

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