La Distancia (Nicolás Campos F.)

distancia_jpgLa Distancia (2013)

Nicolás Campos F. (1983)

Contracorriente

138 páginas

“Pues la ciudad es siempre la misma. Otra no busques –no la hay-/ ni caminos ni barcos para ti. / La vida que aquí perdiste / la has destruido en toda la tierra”. Así termina “La ciudad” de Constantino Kavafis, poema brutal y honesto donde los haya. Como en Las ciudades invisibles de Calvino, Kavafis intuye que las ciudades son, por sobre todo, mundos internos, operaciones a través de las cuales abordar la realidad. Antes que calles y edificios, una voluntad que es cristalizada: en este caso, un pueblo: sus escombros. La primera novela de Nicolás Campos (Santiago, 1983) circula dentro de esa tensión entre el lugar, la memoria, pero también entre la ficción y la realidad. Sobre cómo la memoria es una forma de la ficción y la realidad una materia escurridiza.

A la manera del Vila-Matas de El mal de Montano, en La Distancia el viaje es, en primer lugar, una excusa para la construcción de un relato que, en un doble sentido, opera como una suerte de purga. El narrador, residente en Valparaíso, es invitado por unos viejos amigos a pasar una pequeña jornada en Las Ventanas, territorio sobre el cual se encuentran escritas sus memorias comunes. Esto, que podría ser motivo de toda suerte de sentimientos cándidos es, sin embargo, enfrentado con cierto pudor y recelo. Aquí no hay locus amoenus, porque “la persona que retorna a su hogar (palabra caída casi en total desuso, como no sea para fines publicitarios) será siempre una persona desengañada”. Como un Jorge Teillier que de pronto se cansase de la nostalgia de los lares y retornara a Lautaro para prenderle fuego, Campos construye un viaje de regreso movilizado por cierta clase de desprecio.

“No he enterrado aquí a ninguno de mis pocos muertos. No me mezclé con esta tierra ni inicié ninguna relación duradera aquí. No he hecho familia. No le debo nada a este pueblucho” se nos dice un momento. El relato necesita de la distancia para sostenerse, encontrando en ésta un mecanismo para no caer en los lugares comunes a los que el narrador parece temer como el condenado a muerte al cadalso: el proyecto de la novela encuentra ahí un espacio a través del cual desplazarse con cierta holgura. Más que un elogio a la memoria, aquí los recuerdos funcionan como el stalker de Tarkovsky: es el guía que todo lo conoce, pero el que a la vez nos advierte que ya no hay vuelta atrás, porque todo ha cambiado y está cambiando irremediablemente. Baste mirar algunas fotos del lugar en el que se desenvuelve la historia para encontramos cierto guiño hacia el film: una playa en cuyo horizonte se recorta una gran industria.

La Distancia es, a contrapelo de cierta producción emergente que la literaria ha bautizado como “escritores jóvenes” –como si ante la presencia de esa categoría tuviéramos que, de antemano, esperar cierta clase de textos-, una propuesta interesante. Deliberadamente cerebral y reflexiva (“las fiestas son una forma de desesperación, o un ideal que a todas luces resulta desesperante, neurótico”/“la infancia es pulsión, un destello de necesidad pura y primitiva”), evita la ligereza de los adolescentes de la metrópolis escogiendo la incomodidad y fealdad de la provincia, sus personajes repulsivos y profesionalmente normales. Una novela sobre un hastío cuya magnitud parece echar raíces más profundamente hasta constituirse en la materia misma del aire que se respira.

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