COLUMNA: Sobre la descripción narrativa

 

Comentarios sobre la descripción narrativa en nuestra literatura contemporánea

 

En El Mercurio de Valparaíso, Carlos Franz (escritor de la llamada generación del ’90, autor de “Santiago Cero” entre otros) publicó este fin de semana una columna titulada “Contemplación”. La columna comienza con la descripción de un paisaje montañoso, en una especie de declaración de estilo, haciéndonos avanzar paso a paso con el punto de vista del narrador, posando nuestra mirada en diferentes estampas del paisaje. Por supuesto, tiene la soltura suficiente, conoce el manual, desenvuelve la imagen y logra desarrollarla en la mente del lector. Hasta ahí hace mucho más de lo que gran parte de nuestra narrativa logra. Por otro lado, se le podría criticar precisamente su visión “de manual”, de aquel que con más técnica que arte logra construir un paisaje; quizás en ello también haya algo de verdad, pero no deseo quedarme en la superficie, sino que ahondar en su planteamiento que me parece de inmensa importancia.

El sentido último de su columna es uno que comparto, al menos en parte, y por ello replico tratando de ahondar, de escapar de su paisajismo para llevarla a otras áreas descriptivas. El sentido, decía, es destacar la importancia de la descripción narrativa e intentaré, en esta columna, ligarla a la importancia fundamental de los detalles en la literatura. Estos detalles son tan relevantes que por sí mismos son capaces de definir el tono de un narrador y, desde ahí, todo el texto. Pero me desordeno.

En la literatura hay ejemplos clarísimos, lejanos de la mirada criollista en la Franz se arriesga a caer, de descripciones preciosas que logran desarrollar la escena y que posibilitan que no sea el narrador quien nos cuente cómo vieron o sintieron los personajes, sino que nos exhiba la escena, la despliegue ante nuestros ojos y nos permita que seamos los lectores quienes la presenciemos sin intermediarios. En la creación de escenas, donde los personajes reaccionan con sus propios caracteres, virtudes y limitaciones (especialmente limitaciones) es donde un autor mejor demuestra su estilo y valía. Eso, al menos, desde mi punto de vista. Un narrador que nos cuenta todo: qué sienten los personajes, qué opina cada cual y peor aún, qué debemos opinar de ellos, me parece la mejor forma de menospreciar al lector, porque lo supone incapaz de hacer una lectura que interprete correctamente a los personajes, a sus acciones, gestos y actitudes, y en cambio nos dice a qué conclusión debemos llegar. Este sería un tipo de narrador que no admite diferentes niveles de lectura porque solo es posible la interpretación que el narrador nos señala como única, por ende, no tiene niveles de profundidad.

Carlos Franz se limita a aplicar su teoría de la pobreza de la descripción narrativa a los grandes paisajes. Sí, qué duda cabe. Pero no es solo ahí donde campea aquella carencia. Hay toda una corriente del “no decir” o del “decir” en lugar del “mostrar”, de aquellas novelas autocontenidas como forma de experimentación —muchas de las cuales han conseguido cierta belleza, claro que sí—, pero que en la repetición del mismo mecanismo han mostrado sus limitaciones y la de sus autores.

Bellas descripciones han existido siempre para goce de los lectores, para conformación realista de las escenas (incluso cuando nos enfrentamos a literatura fantástica) y para repletar de detalles valiosos, que conforman el mundo narrativo.

Quiero intentar un par de ejemplos:

Iba paseando despreocupadamente por el Barrio Latino, que normalmente hervía de vida, pero en aquella época estaba desierto, porque los estudiantes se habían ido todos con sus familias. Los grandes muros de las facultades parecían más sombríos que nunca, como si el silencio los hiciera más largos; se oían todo tipo de sonidos pacíficos, el aleteo de unas alas en la jaula de un pájaro, el zumbido de un torno, el martilleo de un zapatero; y los ropavejeros, en medio de la calle, miraban en vano todas las ventanas. En el interior de los cafés desiertos, las señoras que atendían la barra bostezaban entre sus botellas llenas; los periódicos yacían bien ordenados en las mesas de los saloncitos de lectura; en el taller de las planchadoras la colada oscilaba con el soplo de las corrientes. De vez en cuando él se detenía ante el escaparate de un librero; un ómnibus, que bajaba por la calle rozando la acera, le hizo volver la cabeza, y cuando llegó al Luxemburgo, no fue más allá” Flaubert, La educación sentimental.

Flaubert es un maestro de la descripción, no solo crea la imagen y sitúa la ciudad con su pasividad solariega y vacía, sino que además nos hace ir y volver al punto de vista de Frederic Moreau, el protagonista de La educación sentimental en una descripción que no tiene ni un momento de inmovilidad, sino que es en esencia movimiento puro, tanto que nos hace dudar quién es el que ha constatado todos esos hechos ¿es solo el narrador quien da cuenta de todo, tal como lo haría un escritor con menos oficio o es Frederic quien con sus sentidos oye el martilleo del zapatero y ve a los ropavejeros fallar en su venta de roja vieja? Más nos parece esto último. Y con esta descripción móvil, hermosa, ha creado una ciudad estival donde la mayoría de la gente se ha ido en busca de otros parajes donde pasar su verano, ha creado el sonido y al mismo tiempo la sensación de soledad del protagonista. Insisto, Flaubert crea esa ciudad sin gente en lugar de decirnos que “Frederic se pasea por una ciudad semiabandonada”, y lo hace situando al narrador en el punto de vista del protagonista. Y ahí otro gran detalle: la observación también posee varios niveles de profundidad y no cualquier detalle sirve para crear el mundo, para instalar la imagen en la mente del lector y para hacer participar al personaje de ese universo en que se desenvuelve. Pero ese es un tema en sí mismo.

Otro ejemplo, que se resuelve de forma diametralmente distinta:

«La ciudad era pequeña, peor que un pueblo, y en ella no vivía casi nadie más que los viejos, que se morían tan de vez en cuando que incluso resultaba fastidioso» de “El violín de Rothschild” de Chéjov.

Estas son apenas las primeras dos líneas de este relato: un maestro como Chéjov no requiere más que dos líneas para echarlo a andar y al mismo tiempo situar al lector en el lugar donde se desarrolla. Y nos da en una descripción concisa pero sólida un cúmulo de elementos: dimensión, sensación de pobreza de aquel pueblucho, edad de sus habitantes… y ocurre algo fantástico al mismo tiempo, eso de que los viejos se mueren “tan de vez en cuando que incluso resultaba fastidiosoque nos introduce en la voz del protagonista, arrebatándole la voz al narrador (¿a quién le resulta fastidioso que los viejos demoren en morir? Al personaje principal que todavía no ha sido presentado), completando la descripción espacial con una mirada al estado anímico del personaje que todavía no hemos conocido. Así Chéjov tiene construido el contexto con dos trazos de experto. ¿Cuánto se demoró? Apenas un instante, pero hablamos de un gigante de la literatura, por lo mismo es fácil encontrar un ejemplo suyo. Es cierto que Carlos Franz demora una larga parrafada en situarnos en su paisaje, pero no podemos reprocharle a Franz no ser Chéjov.

No obstante, ese reproche genérico sí puede entreverse de parte de autores jóvenes que recién hacen sus primeras armas cuando se los entrevista. Sí he leído críticas soterradas a un supuesto estilo descriptivo que ellos pugnarían por abandonar. Es cierto, Chile tuvo una especie de Neobarroquismo (con el excelente Nicomedes Guzmán y compañía) que sucedió a otro estilo también muy descriptivo y ahora despreciado (el criollismo, del que valdría rescatar varias joyas), pero de todo eso ya van demasiados años. Pareciera que hoy por hoy describir resulta un desvalor, cosa que no comparto. Lo que significaría que también es un desvalor que sea el lector quien juzgue a los personajes, sus acciones, los ambientes y tonos. No puedo estar de acuerdo con aquella crítica infundada, o con ese estilo (o más bien falta absoluta de estilo) que es palpable en muchas publicaciones recientes. Franz intenta refutarla bajo el argumento de que sería falso aquello de que “una imagen vale más que mil palabras”. Yo más bien reafirmo esa frase hecha. Una imagen sí vale más que mil palabras. Pero como hablamos de literatura, las imágenes son de cargo del narrador quien no tiene más que palabras para conformarlas. Y un narrador que valga debe ser capaz de crear esas imágenes, porque a través de ellas, de la elección de los detalles, de la descripción, el autor consigue crear el mundo y mostrarnos su estilo. Sí, también acuso a muchos de nuestros autores de flojera al momento de describir, como si su literatura se tratase solo de lugares comunes, donde todos (lectores y autor) tuviéramos una opinión e imágenes unánimes sobre las que no valdría detenerse, porque ya estaría todo dicho. Como si todo hubiese sido consensuado de antemano o como si fuese parte de un conocimiento “pop” que no admite niveles de lecturas.

Por supuesto que no considero que todos han fallado, ni mucho menos. Sigo siendo de los que leen literatura chilena contemporánea con altas expectativas, a pesar de lo dicho.

A modo de cierre, quisiera resumir lo anterior en el siguiente párrafo:

Autor, por favor, no me digas cómo sufren tus personajes, muéstramelos sufriendo. No me digas que son felices, quiero verlos reír, así quizás me contagies. No me cuentes lo mal o bien que lo han pasado, soy un lector, abrí las páginas de tu libro para hacer ese viaje con tus personajes, lo que significa que desde ya valoro profundamente tu trabajo y esfuerzo, no me menosprecies de vuelta. No me digas si tus personajes son buenos o malos, si tienen tal o cual características, quiero conocerlos a medida que sea necesario, con sus virtudes y defectos, y llegar a asombrarme con ellos. Por eso me hice lector. Eso es gran parte de lo que aún rescato de los libros.

 

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1 Comment

  • Uno de los pilares esenciales de la narrativa consiste en saber como hacer descripciones de personajes. Esto es tan importante como dominar los dialogos, poner buenos nombres o  crear conflictos narrativos. Existen diversos recursos que, bien sabidos, facilitan muchisimo la construccion de descripciones y hacen que una parrafada soporifera se convierta en una forma de ver al personaje con total naturalidad.

     

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