Casa volada (Francisco Ovando Silva)

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Reseña enviada por:

Emiliano Fekete

@emifek

Casa volada (2012)

Francisco Ovando Silva (1989)

Cuneta

ISBN: 9789568947279

216 páginas

 

Parafraseando la contratapa de Carlos Cociña a esta obra, si la estructura ósea, la masa corporal y la cubierta de un ave no garantizan el vuelo, la ristra de galardones que suma, el arrojo del autor al experimentar con voces y artilugios narrativos varios y el aval de una editorial independiente con cierto prestigio no aseguran la buena calidad de una novela.

Eso es lo que sucede con Casa volada, que si vuela, lo hará bajito, como los caranchos, por el tonelaje de su prosa, caudalosa como un río de aceite, preciosista hasta para decir la hora («Miro la hora en el relojito de velador que está sobre la panera. La manilla corta reposa sobre la una, y el minutero transita lentamente por la línea que marca la mitad vertical del tablerito, que no sólo tiene una función decorativa sino que también indica con claridad las seis, o en este caso, la mediahora [sic]»); por la reiteración hasta el hartazgo de imágenes lánguidas, de una atmósfera que rezuma abandono y humedad; por la intensidad poco menos que geriátrica; razones estas que evidencian, según yo, un enamoramiento de Francisco Ovando, autor de la obra, por su propia escritura, más que la voluntad por contar una historia.

La trama se desarrolla en dos frentes: una rescatable, interesantísima; la otra, prescindible. Comienza con David Arqueros, el protagonista, renunciando a la editorial donde es corrector de estilo para salvar del olvido, a caballo de la biografía que proyecta escribir, al pintor chileno Alfredo Valenzuela Puelma y, por qué no, salvarse también él de su condición de anónimo y pobretón cagatintas. Tal su inocentada.

Arqueros vive con la vieja Justiniana, que le alquila un cuarto de su casa —cuarto que en breve no podrá pagar, por no tener trabajo—, y pronto, también con Alina, la sobrina de la vieja, que viene del sur a Santiago para hacerse escritora. Entre los presagios que Justiniana busca interpretar en el arrullo de las palomas, gracias a su afición a la ornitomancia; los avances —algunos furtivos, algunos manifiestos en perversidad— de Alina sobre los espacios y la gente de esa casa, de la que se va adueñando; y el sonido insoportable del martillo neumático y las cumbias radiales que provienen de la casa del vecino; Arqueros intentará ejecutar, con escasos resultados, su obra cumbre.

La otra historia es cómo va cuajando el libro que Arqueros bosqueja, una biografía novelada sobre los últimos meses de Alfredo Valenzuela Puelma, pintor cliché del siglo XIX: exiliado en París, sumergido en la miseria, empujado a la locura por sus obsesiones y su genialidad, muerto y enterrado en el manicomio de Villejuif primero, repatriados sus restos a Chile después. Arqueros redacta la biografía como si Valenzuela Puelma la hubiese narrado, con todo y locura, valiéndose de un lirismo que remarca sus dotes poéticas (y las de Ovando, a través del protagonista), pero que no por exquisito hace perder menos en la lectura; y ello, intercalado entre una serie de documentos redactados por un tal D’Halmar, conocido de Valenzuela Puelma y responsable de la repatriación de sus restos, que aterriza (lo que se agradece) estos tramos poéticos con datos crudos sobre el estado físico y mental del pintor, sus alucinaciones y los propios intereses de D’Halmar en juego.

El complejo cuadro que ofrece Ovando en Casa volada sería un acierto si las historias y los personajes que la componen tuviesen similar atractivo, pero no. La balanza se inclina a favor de la biografía de Valenzuela Puelma (aquellos textos líricos y los otros crudos de D’Halmar), dejando en el aire —por falta de enjundia— la historia de Arqueros, Justiniana y Alina, tres personajes que no generan la menor empatía, que no lucen su individualidad, sobre todo las dos últimas que, salvo contadas ocasiones, siempre desaparecen bajo la tediosa voz de Arqueros. Si alguno de estos tres personajes provocase algún sentimiento en el lector, ese sería el protagonista, Arqueros, y el sentimiento sería el fastidio, matizado con unas gotas de eso que los germanos llaman shadenfreude, pero que ni así redime. A poco andar en la novela uno espera que al tipo las cosas se le descalabren, que afloje de una buena vez con esas ínfulas de literato decimonónico («Tal como en la oscuridad impenetrable a los ojos, por un momento, todo parece ser posible, la escritura nocturna se arroga las directrices de la libertad del gesto creativo») y se ponga a laburar, o que, para solaz de la humanidad, tenga a bien llamarse a silencio en vez de describirnos los serpenteos somníferos de su existencia. Y eso no es buena señal. De un personaje puede esperarse que nos provoque toda clase de sensaciones, incluso odio, repulsión, pero no aburrimiento; un personaje que aburre es un personaje muerto, y con los muertos hay que hacer lo habitual: enterrarlos antes de que apesten.

«Corro el riesgo de perder la noción de los vacíos que se abren entre una entrada y otra; confiar demasiado en un lector capaz de iluminar lo que en el texto no se ilumina», dice Ovando a través del protagonista, y no le yerra. Como novela a la que le sobran capítulos y algún que otro error ortográfico, Casa volada es ideal para quien guste del barroquismo y las florituras, no así para los que prefieran la narrativa sin tanto circunloquio, a secas.

 

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11 Comments

  • Muy de acuerdo, Emiliano, es un libro asfixiante, no seduce en lo absoluto. Florituras excesivas de cabo a rabo. También percibí el enamoramiento del autor, de sí mismo y un amor desmedido por su propia escritura. Un libro tedioso.

     
  • Gracias, Cari, por tu comentario. Obras de este tipo hacen que me pregunte si no habría sido más práctico, en esa oportunidad, que el autor eligiera el espejo para admirarse de sí mismo en vez de ornar páginas con tanto fileteo.

     
  • Me cayó como un yunque la colosal ignorancia de quien escribió esta columna: “intercalado entre una serie de documentos redactados por un tal D’Halmar”. ¿UN TAL D´HALMAR? Augusto d’Halmar fue el primer premio nacional de literatura y es uno de los escritores más importantes de Chile. Después de esa mierda, no pude terminar de leer esta columna. Lo siento.

     
  • Absolutamente de acuerdo con Diego. Además, me parece que, antes de criticar las florituras de la novela -que las tiene, en eso estamos de acuerdo-, me parece que hay que situar un poco el texto, intentar entrever a qué tradición de autores se inscribe o con los que intenta dialogar -que, dicho sea de paso, se explicita en la novela misma-.

     
  • Estimado amigo:

    Como verá, tengo la mala costumbre de responder comentarios o de salir al paso si no me he hecho entender respecto a un concepto vertido. Podrá usted obviar este comentario mío, como dice haber obviado la última parte de mi columna (lamento que haya comido tanta mierda para abandonar el plato casi al final). Dicho esto, y por orden de aparición, aclaro:

    1. ¿Ignorante? Sumamente. ¿Colosal? Ya se puso redundante. ¡Enorme es mi nariz!, como diría el Cyrano de Rostand.
    2. “Un tal” ha querido aquí funcionar como ironía. Comprendo que ha sido demasiado sutil, pero no le prometo ser más evidente. Sin embargo, le propongo que escalemos en el debate. Imagine (como ya lo ha hecho) que yo no sé quién es D´Halmar, y que me importan un carajo los premios nacionales de literatura de su país (punto este último que es verdad, se lo confieso), ¿neutralizan estas inculturas toda crítica a “Casa volada”? ¿Es trascendente para disfrutar (o aborrecer) esta novela en particular saber quién era el D´Halmar de carne y hueso si en ella es un personaje secundario que se limita sólo a traducir el estado mental y físico del pintor Valenzuela Puelma? Dejo a usted la tarea de responder.

    Agradezco, de todos modos, su comentario.

     
  • Ya, en realidad exageré, pero no creo que a nadie le hace mal ser un poco más exigente con la información del libro uno que está comentando. La novela me gustó harto. Quizás en una segunda lectura, podría cachar que el estilo es demasiado adornado, pero es un aspecto menor frente al oficio que se nota en libro. La manera en que está construida la novela del protagonista(el divino M) es muy muy muy verosímil, eso me impresionó. Uno de los pasajes memorables, es la “biografía” de Lenka, el ayudante de fotógrafo que toma la foto que supuestamente, inspiró a Valenzuela-Puelma. También està bien lograda la form en que se espejean las dos historias, es decir la de David y la novela que él mismo va armando. Te recomiendo leer a Juan Emar, un escritor de los años 40s que está muy emparentado con este tipo de textos. Incluso en Casa Volada es nombrado un libro suyo. Saludos.

     
  • Una lectura poco seria de una novela que va muy en serio.

    Poco seria también es la redacción de la crítica y es inevitable encontrar en ella los mismos vicios que denuncia, incluyendo la falta ortográfica en el nombre del excelso poeta Carlos Cociña, EN LA PRIMERA LÍNEA. Poco serio.

     
  • Muchas gracias, Diego, por tu apreciación de la obra y tu sinceridad. Como ya queda claro, en el fondo no estamos de acuerdo (si lo estamos en el caso de la verosimilitud, aspecto que no critiqué), pero agradezco tu argumentación, así como agradezco tu recomendación sobre Juan Emar. Saludos.

     
  • ¡Touché, mi amigo Nicolás! El horror desatado en la primera línea, ese que imagino le habrá hecho sangrar los ojos, ya fue subsanado por los administradores de este sitio. Igualmente, en su disparo al bulto, en su pequeña y facilonga respuesta a una crítica desfavorable, se vislumbra cierta generalización apresurada (falacia bastante usual, después de todo). Discúlpeme, pero no alcanzo a entender cómo mide usted la seriedad de un texto. ¿Cuenta con escalas esa vara suya? ¿Es menos seria, por ejemplo, una crítica por sus errores ortográficos que una novela en similares o peores condiciones? ¡Ah! Lo que sucede es que una crítica no debiera señalar los errores de una novela cuando aquella también los padece, y para qué andar metiendo la honestidad en todo esto, ¿verdad?, para qué pisarnos la capa entre superhéroes. Al final, nos fuimos usted y yo por la tangente, porque el tema de la ortografía no es más que un pequeño detalle, un saludo a la bandera, en la parrafada que antecede a estos comentarios.

     

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