Columna: Matar a Borges

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Por Emiliano Fekete

Escucho al gran Alejandro Dolina decir una verdad tristemente irrefutable: “Para casi todos los que intentamos escribir, Borges es un perpetuo desafío, una perpetua tentación, una perpetua contradicción para atar alguna de sus actitudes personales con su arte maravilloso, la perpetua necesidad de no escribir como él (…) Esa influencia, la casi desgracia de tener esa gigantesca sombra, estimula más que achata. Mucho peor es tener de figura señera a un escritor mediocre”.

A 27 años de la muerte de Jorge Luis Borges me pregunto si será posible matarlo. Me refiero a su obra, claro. Si seremos capaces alguna vez de demoler su andamiaje literario y sus laberintos; borrar sus mapas infinitos, sus astutas mentiras; desterrar sus asteriones, su retorno inexorable a las bibliotecas, sus cuchilleros de mala muerte. Complejo de Edipo mal resuelto, dirá un freudiano: matar al padre, abolir su sombra, para tomar a la madre como amante. Pero no se puede matar una sombra.

Como escritor no he podido aún (la esperanza se pierde al final) acercarme lo suficiente a Borges como para atentar contra su vida. Es más, de vez en cuando me descubro en mis escritos honrando a alguno de sus personajes o repitiendo vagamente una de sus escenas, todo como un vulgar copión. Como lector (y editor, lo que es más o menos lo mismo) no he encontrado a nadie que le tape el sol, a nadie que siquiera le cause una fisura a su obra. Su prosa y su poesía siguen siendo exquisitas.

Y aunque parezca, no soy uno de sus hooligans. Sus opiniones sobre aquellos autores de envergadura que no le gustaban eran las de un arrogante camorrista, las de un critiquillo de revista dominguera asustado de que le hicieran sombra. Sus opiniones políticas eran propias de un reaccionario que se escondía tras la careta liberal, uno que decía ser “anarquista spenceriano” y aborrecía de la “dictadura” de Perón (que, la verdad sea dicha, fue elegido democráticamente en sus tres presidencias), pero que no tuvo empacho en apoyar a la dictadura de Aramburu (que derrocó a Perón) y a la de Videla (que instauró el genocidio más sangriento de la Argentina). Todo un caballero, mucho más derecho que humano.

Sin embargo, pagaría cara sus reivindicaciones totalitarias. En 1976, cuando ya era vox populi que ganaría el Nobel, Borges viaja a Santiago a recibir el Doctorado Honoris Causa por la Universidad de Chile de manos del mismísimo Pinochet. La condecoración y su discurso apologético para con la dictadura chilena le darán el tiro de gracia: Nunca recibirá el premio de la Academia sueca.

Curioso lo que sucede con Borges en Argentina: Es tan reverenciado por su obra, como detestado por sus pareceres políticos y sus detracciones literarias. Y es curioso porque la mayoría de los argentinos solemos amar a nuestros ídolos sin reservas u odiarlos sin contemplaciones, pero difícilmente las dos opciones a la vez. Borges no tiene esa suerte, o esa desgracia. Quizás porque Borges no es un ídolo, sino la sombra de un padre, es decir, el mejor de los guías y el peor de los enemigos, a quien se debe respetar y, a la vez, matar para ser uno mismo.

Retornando a lo del asesinato me remito a la conclusión de Dolina: “La única forma de matarlo es siendo superiores. Borges morirá cuando otro Borges lo supere”.

Quizás ya haya nacido ese Borges que acabará definitivamente con nuestro Borges, tal vez falte mucho para eso. De todas maneras, hay que estar atentos, y seguir buscando en cada nuevo libro un anuncio de esa muerte que aún no sucede.

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