Racimo (Diego Zúñiga)

racimo

Racimo (2014)

Diego Zúñiga (1987)

Penguim Random House

ISBN 978-956-8228-81-1

242 páginas

 

Racimo de Diego Zúñiga, es una novela que posee una cierta mesura en cómo se van relatando los hechos, una manera que recuerda a la inmensa contención que existía en su anterior novela, Camanchaca, consiguiendo que, a pesar de la naturaleza de los acontecimientos que relata, la novela no caiga en estridencias innecesarias.

Racimo trata sobre un conocido hecho delictual ocurrido en Chile entre los años 1998 y 2001. En esa época, en Alto Hospicio, un hombre violó y mató sucesivamente a muchas mujeres (niñas principalmente), a quienes recogía en la carretera cuando ellas hacían dedo para viajar entre las diferentes localidades de la zona donde los hechos se desarrollan. Por supuesto, la novela no pretende apegarse con fidelidad a los sucesos en los que se basa. Así, lo primero que el autor hace para adentrarnos a su ficción, es alterar los nombres de las personas involucradas.

La mayor parte del tiempo la narración sigue los pasos de Alejandro Torres Leiva, un fotógrafo avecindado temporalmente en Iquique, y quien a causa de su trabajo fortuitamente encontrará a la única muchacha que libró con vida del psicópata de Alto Hospicio, aunque la joven, una vez es hallada, cae en coma sin dar luces de lo que ha soportado en ese tiempo y manteniendo en reserva la identidad de su captor. Torres Leiva, junto a su colega periodista García, un tanto desaprensivamente se inmiscuyen en la historia de las desapariciones. Una vez deja a la niña en el hospital, Torres Leiva es interrogado por unos carabineros bastante extraños, quienes le preguntan sobre las circunstancias en que encontró a la muchacha, e incluso lo secuestran (aunque jamás se usa esa palabra) para abandonarlo, luego de quitarle su cámara fotográfica, en algún poblado de los que parecen abundar en el desierto. Torres Leiva, no por heroísmo ni por vehemencia, sino que por algo que pareciera ser simple abulia, no se inmuta por su rapto y sigue en su trabajo doméstico, tomando fotografías para los diversos reportajes que le son asignados en el periódico para el que trabaja. Y más todavía, a continuación encontrará su pieza registrada y corroborará que le han robado la mochila que tenía de la muchacha que encontró. El lector, en este punto, no puede menos que pensar que estos supuestos carabineros están directamente involucrados en la desaparición de las niñas, cosa que jamás se aclarará en la novela, así como tampoco se aclarará cuáles fueron sus reales intenciones al abandonarlo en un poblado retirado de Iquique después de despojarlo de su cámara.

Luego la historia avanza de forma un tanto extraña. En una segunda sección del libro, el narrador nos lleva a lo que, muy posteriormente, nos enteramos es una conversación entre García y Torres Leiva. El primero va contando cómo se han ido perdiendo las niñas, sobre sus condiciones de pobreza, cómo ocurrieron sus desapariciones y —en un exceso de conocimiento poco justificable para un personaje— hasta lo que pensaban ellas y sus familiares de los sucesos, así como de los actos más íntimos y solitarios en los que incurrieron.

(…) éramos los elegidos, al fin y al cabo, los que teníamos la dicha de disfrutar esas fiestas interminables, pero esa noche estaban esos hombres y las mujeres ya no eran mujeres, no, García, eran pequeñas y tenían esos ojitos rojos, pequeños, tan verdaderos que daba miedo mirarlos por mucho rato (…) pág. 145

La historia finalmente vuelve a encausarse en la búsqueda de las muchachas por parte de las autoridades, en un viaje a Perú siguiendo el rastro de una supuesta red de prostitución internacional donde estarían estas niñas. Más tarde, avanzando un tanto de la mano de los sucesos reales de este crimen, la niña que logró zafar del psicópata despierta del coma en el que se encontraba, y aun cuando no es capaz de decir dónde está ni quién era su captor, da claves para que, en un simple control policial de tránsito, este sea hallado.

Racimo es un relato que posee sus altibajos y que, en razón de ellos, deja sensaciones contradictorias. Las virtudes más visibles van de mano de la prosa de Diego Zúñiga, de aquella contención tan bien lograda, especialmente considerando que se trata de un hecho criminal donde el llanto, la crítica social, habrían podido agregarle una cuota insoportable de estridencia: aquello lo soslaya con total éxito su autor y es algo que no debe ser tenido en poco. Como gran falencia nos hallamos ante el manejo casi inexistente del punto de vista que el narrador hace de los hechos: el narrador conoce el futuro, el pasado, el presente, lo que piensan en todo momento todos los personajes, sin que haya un manejo progresivo de la información que se nos entrega.

La próxima vez él dormirá en el sillón, y unos días más tarde, cuando Leonor se quede con su padre durante un fin de semana, Torres Leiva dormirá con Ana. Y esas noches se repetirán hasta transformarse —de una u otra forma— en la cotidianidad de sus vidas.

 

Aunque no durará mucho. (página 102)

Al lector puede resultarle similar a la sensación de estar jugando una partida de póker donde todos los participantes tienen sus cartas boca arriba, exhibiéndolas. Como efecto lógico, se elimina casi toda posibilidad de tensión dramática y además, provoca que jamás nos parezca que los personajes actúan dentro de la novela, sino que es el narrador, interponiéndose entre los personajes y nuestro conocimiento de los hechos, quien nos va informando de todo: de lo que dicen, cómo se mueven, lo que sienten y piensan, cómo nosotros debemos entender los hechos y hasta se hace cargo de los diálogos. Es dañino para la narración ya que con ello se restringe el carácter del personaje, que jamás nos es mostrado o puesto en escena, sino que nos es explicado, al que nunca vemos con nuestros propios ojos; no tenemos ninguna chance de interpretarlo o conocerlo, sino que más bien es como si el autor constantemente lo estuviera protegiendo del lector, diciéndonos qué debemos pensar de él y cómo interpretar sus actitudes.

Finalmente, condenaron a Miguel Ángel Paz Solís a doble cadena perpetua por el asesinato de diecisiete mujeres entre los años 1994 y 1999. Las últimas de esa lista fueron las niñas del liceo Pedro Prado, cuyos restos fueron encontrados en dos piques, a varios kilómetros de Alto Hospicio. Hoy está encerrado en una celda especial, en el penal de Acha, cerca de Arica. (pág 203)

En fin, como se dijo Racimo es una novela con altibajos. Que se sustenta especialmente gracias a la modulación del lenguaje, a su tono que permite que el lector continúe sin cansarse a pesar de la falta de tensión dramática, pero que sin embargo, está muy por debajo de las expectativas que el mismo autor, con harta justicia, había conseguido provocar con su primera publicación.

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