El río (Alfredo Gómez Morel)

Tapa-Morel-El-Río-BAJAEl río (1962)

Alfredo Gómez Morel (1917 – 1984)

Tajamar editores (2014)

ISBN: 978-956-9043-37-6

371 páginas

 

 

El río es una novela de Alfredo Gómez Morel que nos es ofrecida, no solo por sus actuales editores sino que desde su primera publicación, como un libro autobiográfico. Conforme se nos informa en la solapa así como en cualquier medio escrito al que accedamos, su autor fue un niño abandonado en un conventillo a los tres meses de edad por su madre prostituta, para luego deambular entre orfelinatos y diversas casas, en una pugna constante entre su madre y padre biológicos así como de la gente de los lugares que lo fueron acogiendo; pugna que lo hizo ser cada vez menos parte de ningún lugar. Como consecuencia de ello —y de otra maraña de sucesos, así como quizás también alguna inclinación de carácter— siendo todavía apenas un niño escapó del orfanato, del colegio, y corrió hacia el río Mapocho, aquel por entonces torrentoso fluente de aguas oscuras, sucias y malolientes, donde bajo sus puentes y en algunos puntos estratégicos hacían vida los pelusas, los niños de la calle, aquellos que por diversos motivos escapaban o no tenían hogar donde vivir.

 

—Por ti, huacho inmundo, yo soy una desgraciada. Todos me dejan porque tu presencia los molesta. No me digas mamá. Te lo prohíbo. Los vecinos se ríen de mí porque tengo un hijo huacho. No tengo libertad para nada. ¡Maldita la hora en que naciste! No soy tu madre, ¿me entiendes? ¡Soy tu tía! Cada vez que te miro veo al canalla de tu padre.

Después, tranquilizada, me dio una carta para que se la llevara a mi padre. Yo pensaba «¿quién es realmente mi padre?, ¿cuántos padres puede tener un niño?, ¿cuál de todos es mi padre?»

Por supuesto, esa vida en la calle a la que volvió una y otra vez hasta integrarse a ella, lo hizo adoptar valores distintos a aquellos que pudieron serle traspasados en La Ciudad (ese lugar difuso que esos niños sin techo entendían como todo lo que estaba más allá del lecho del río, con sus reglas y personas a quienes no entendían y con quienes no les interesaba formar ningún vínculo). Es así como, en lugar de querer desarrollarse en La Ciudad, como cualquier otro ciudadano corriente, su interés fue el de crecer en el mundo del hampa donde finalmente se sumergió. Sus ídolos no fueron quienes triunfaban en la vida capitalista, sino que aquellos que mejor conseguían doblarle la mano a La Ciudad, a los giles, a los pacos, a toda esa sociedad que renegaban y a la que solo trataban utilitariamente, en sus robos diarios.

Este Luis, o Vicente, o Toño, o Alfredo (todos aquellos fueron sus nombres durante su vida, según el momento y lugar donde estuviese) hizo del robo diario una forma de subsistencia, y su más grande ambición fue convertirse en un choro (choro, en su acepción original y correcta, refiere a aquel que chorea, es decir, que se dedica al robo: un ladrón de profesión, aceptado y valorado en el rubro y mundo del hampa).

Sé que sólo he dejado de ser ladrón, mas no por eso soy un buen o un mal chico. Después de haber vivido como viví, nadie puede calificarme en términos de bondad o de maldad. No estoy arrepentido. Recibí más daño del que inferí, y hoy no siento rencor. Lo sentía, que es distinto. Cuando herí o ataqué lo hice con quienes podían defenderse y a quienes nada debía: ni gratitud, ni afecto, ni solidaridad. Estaba empeñado en ganar mi guerra. Antes, no recibí ese mismo trato. Sólo ahora estoy recibiéndolo. Y porque lo veo, lo siento y lo vivo así, mi conducta y mis motivos de lucha están modificándose paulatinamente. (pág. 25)

Y como se trata de una historia real es inevitable que el autor no pueda menos que dolerse, en retrospectiva, de cada uno de los hechos que como niño tantas veces lo llevaron a la cárcel (lugar donde seguía relacionándose con su mundo del hampa, y que no parece para nada una sanción sino otra forma de sociabilizar con El Río), de recordar violaciones y golpes que sufrió, y hasta las veces que fue torturado por los policías que lo apresaban. Las infinitas veces que robó y cuánto quiso siempre ser aceptado por aquella inconmensurable comunidad delictual que palpitaba en el lecho del río.

Tengo cuarenta y seis años de edad. Me levanto de mi mesa de trabajo. Estoy cansado y desgarrado por dentro. Cada vez que escribo vuelvo a sentir lo vivido como una navaja rasgándome las carnes. Muestro mis recuerdos hasta quedar sangrando por dentro. Cada vez vengo de más lejos, del tiempo vivido y de la distancia recorrida. Voy dejando miasmas, lágrimas y sangre. Es la huella ya surcada que ahora vuelvo a recorrer.

Fumaré un cigarrillo… (pág. 308)

Es un libro impresionante por su contenido, por su crudeza, por sus visos de verdad, o de una cierta forma de verdad, tanto como lo pueden ser la experiencia personal y las opiniones que de esta nacen. Es la vida del hampa desde dentro del hampa, pero no la de un hombre arrepentido, sino de alguien quien aún añora y respeta aquella forma de vida de la que formó parte, a pesar de todo el dolor que siempre le causó. Esa añoranza puede verse claramente en sus líneas, en su forma de relatar los hechos y de recordar a ciertas personas, muchachos, hombres: delincuentes todos, asesinos muchos de ellos, y sin embargo, personas rechazadas por La Ciudad, víctimas a su manera, que viven una vida tratando de cobrar venganza por hechos que ni siquiera son capaces de relatar.

La suerte de Alfredo Gómez Morel fue dispar. En vida sabemos que al menos escribió tres libros, la trilogía compuesta por: El Río, La Ciudad, El Mundo (este último también editado por Tajamar Editores, en un bello trabajo de rescate de esa obra hasta entonces inédita) donde cuenta su vida en estos tres espacios cada vez más amplios, desde ser un simple ladrón del río, un pelusa, hasta convertirse en un choro, un líder, salir del país y hacerse un nombre como delincuente internacional. Lo cierto es que entre tantas estadías que tuvo en las cárceles, no solo chilenas, terminó forjando una carrera literaria, y esta carrera, exitosa hasta cierto punto entre otras cosas por lo particular de sus orígenes, lo llevaron a superar su condición. Sin embargo, el infeliz destino hizo que terminara sus días pidiendo públicamente ayuda económica para poder subsistir y seguir escribiendo.

Pero necesito que alguien me ayude proporcionándome pan y techo por espacio de seis meses, tiempo que ocuparía en podar, corregir y pasar en limpio mi próxima entrega. (…) Tengo fe en mi libro. Sin embargo, necesito esta ayuda que pido porque la enfermedad que tengo, la cardiopatía, es irreversible y antes de morir quiero cumplir con el compromiso que me hice a mí mismo. Este compromiso consiste en señalar, en forma novelada, el único camino que la comunidad social tiene para lograr que disminuya al máximo la delincuencia.(pág. 370)

Con todo, la popularidad y el impacto de El Río fue tal que el mismo Neruda lo recomendó en Francia, resultando con una edición en Gallimard, que vino a sumarse al éxito de más de 85 mil ejemplares vendidos de su edición en español.

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