Columna: Premio Nacional de Literatura 2014: El espectáculo innecesario

A mediados de agosto se anunciará el Premio Nacional de Literatura 2014, el más importante en Chile. Los candidatos no son pocos: Jorge Guzmán, Patricio Manns, Germán Marín, Francisco Casas, José Luis Rosasco, Francisco Rivas, Fernando Emmerich, Pedro Lemebel y Poli Délano. Todos con distintos estilos, obras excepcionales y un trayecto a cuestas que les ha dado renombre y seguidores.

Tanto en los medios como en la intimidad del mundo editorial se nota la efervescencia, y no es para menos: campañas por parte de las editoriales en las redes sociales, cartas de recomendación que vuelan de un lado a otro y publicidad como si de nominados al Oscar se tratase. ¿El fin de todo esto? Habría que inferirlo.

Por mientras se dirime el ganador, da la impresión que este es el tipo de espectáculo que perfectamente podría encajar dentro del conjunto de los innecesarios. No el premio, porque este como tal no tiene nada de malo, sino que el movimiento para propiciar la elección de tal o cual autor. Se puede conceder el que sea parte de una tradición con más posibilidades de difundirse hoy en día, sí. Se entiende que como todo elemento con código de barra, cualquier libro de estos autores es un producto de venta. Pero esto ante todo es arte, literatura, no política, no marketing.

Flyer-Lemebel

Como sucede en la comunicación, existe cierta independencia entre el emisor (autor), el mensaje (obra) y el receptor (lector), los actores de la cadena de expresión. El sello o librería, aquel cuarto participante, juega en este caso un papel parecido al del invitado de piedra: se sienta a compartir la torta porque lideró la campaña para comprarla. Da para pensar, pues se ha entendido durante mucho tiempo que el mensaje del emisor —o la obra del autor— no puede juzgarse por factores externos, ni por quienes lo distribuyen y lo difunden, ni siquiera por la altura moral de la persona que escribe. La obra se lega a las generaciones que vendrán, y muchas veces es absolutamente independiente de la vida biológica y cronológica de quien la escribió. La palabra es “lobby”, como lo llamó Volodia Teitelboim el 2002 cuando ganó el Premio Nacional; uno que posee estrategias cuyos agentes tácticos no hacen nada por esconderlas.

De manera que resulta evidente que los obtienen más resultados en esta cruzada son los que venden la obra del escritor que gana, no el escritor mismo más allá de su carrera literaria expresada en la solapa. Después de la elección este se puede sentar a escribir tan bien como antes. Sin duda seguirá siendo tan bueno aunque su nuevo galardón esté bien apoyado a un costado de su escritorio. Mientras, en librerías y puntos de venta a lo largo de Chile su nombre es consultado y los créditos son degustados en su mayoría por las casas editoriales.

Es así como esto parece ser un asunto comercial —y hasta político, quién sabe— más que literario. Es cosa de echar una mirada a los jueces: un ministro (Nicolás Eyzaguirre), un rector universitario (Ennio Vivaldi), un designado del Consejo de Rectores (Jaime Espinosa), un escritor (Oscar Hahn) y un académico (Pedro Lastra), estos dos últimos los más calificados. ¿Dónde está el equilibrio? ¿Hay cierta implicancia artificial del Estado? ¿Más allá de la opinión de sobremesa y más acá de la decisión, participan acaso los lectores en la elección efectiva? Es mucho pedir.

Ignorando el revuelo, da para pensar que el Premio Nacional parece un juego de influencias y redes de contacto, donde los favores y compromisos funcionan como armas sobre el tablero del mercado para ganar la batalla, relegando a la calidad siempre incólume a una espera paciente entre las páginas de sus creadores.

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1 Comment

  • Este tema me parece muy interesante de discutir. No sólo porque tiendo a hacer evaluaciones similares respecto del mundo del arte y las instancias de validación que existen, sino también porque me hace cuestionar los criterios con los que “expertos” o “estudiados” en la materia rechazan comunmente autores o libros. Sin embargo, no puedo evitar pensar que aquellos que fuimos formados dentro de escuelas de arte, literatura, música, etc., adoptamos también criterios sobre lo que es “arte” o sobre lo que es “buen arte”. Si bien criticamos estas instancias, nosotros mismos rechazamos otras formas de hacer. Es pues, entonces, que nos molesta la formalidad?, el lobby? realmente pensamos que no debiera existir un criterio?

    Muchas veces, además, hablamos de Arte, de Literatura, como si fuera un mundo extraviado y lejano, siendo que finalmente son objetos de inversión, de compra-venta, y el valor que muchos autores poseen, viene dado no siempre por la calidad de la obra misma (aunque quién puede evaluar finalmente esa calidad) sino por el marketing, y el valor que las casas de colección y la demanda entregan.

     

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