La niña del pelo raro (David Foster Wallace)

La niña del pelo raro (1989) – Traducción de Javier Calvo Perales
DeBolsillo
ISBN: 9788484506942
David Foster Wallace (1962 – 2008)
477 páginas
Precio referencial: $22.000 aprox.
 
Un día de otoño, un hombre adicto a los antidepresivos y con más miedo a los efectos secundarios que a su función neutralizadora, se suicidó. Ese mismo hombre escribió lo que sigue para la Rolling Stone luego del Once de Septiembre: “Estoy intentando explicar que una parte de lo horrible que resultó el Horror venía de saber, en el fondo de mi corazón, que la América que los pilotos de aquellos aviones odiaban tanto era, en mucho mayor medida, mi América…”; sí, el mismo aferrado a las pastillas, se encaramó a una silla del patio trasero de su casa en Claremont, California, y se ahorcó. En septiembre de 2008, aquel hombre, uno de los más grandes escritores contemporáneos, dejó de existir a la edad de cuarenta y seis años.
En su prolífica vida, David Foster Wallace publicó numerosos ensayos y artículos periodísticos, además de tres novelas —entre ellas, el ladrillo infinito llamado La broma infinita, de 1216 páginas— y tres recopilaciones de relatos, uno de los cuales reseñamos hoy: La chica del pelo raro.

Con diez cuentos que rondan entre un par de páginas sugerentes y casi doscientas páginas que perfectamente podrían ser una nouvelle, este libro se introduce en temas como los escenarios tras bambalinas de dinosaurios de la política estadounidense, la cultura norteamericana del espectáculo y la metanarrativa posmoderna-reaccionaria que se ha difuminado en ficciones evasivas del siglo veinte y facultades universitarias de todo el mundo. Este último es un tema manido en el buen sentido, y casi irónicamente, en “Hacia el oeste, el avance del imperio continúa”, cuento largo o novela larga de casi doscientas páginas que cierra el libro y en el cual un grupo de estudiantes de Creación Literaria, un tipo descontento con su cuerpo y una azafata, que podría ser un sensual disfraz elegido por el profesor de los estudiantes, van al encuentro del publicista J.D. Sternberg y el payaso de nariz roja interpretado por su hijo DeHaven, para asistir a la Reunión de Todos los Actores que Han Aparecido en un Anuncio de McDonald’s, la gran fiesta explosiva de la carne, la sangre y el vicio.
Esperpéntico y ecléctico, Foster Wallace es capaz de producir narraciones divergentes y reflexionar a partir de elementos dispares sobre la cultura de la modernidad, que según él ha invadido todos los espacios, las comunicaciones y las relaciones sociales, ya sea ficticias o reales. Por eso en un solo libro tenemos la historia de un irrisorio programa de concursos llamado Jeopardy!, en que una joven pasa invicta varias temporadas descubriendo las preguntas a las respuestas que le da el animador (toda una dinámica invertida) y convirtiéndose en una diosa intocable del show. O la épica contada por John Billy en un bar lleno de devotos del desterrado y mitológico Chuck Nunn Júnior, el humillado y denostado por T. Rex Minogue, que tras hacer explotar su granja y su furia, aparece de repente entre el humo de aquel restaurante invadido por pájaros negros, una suerte de santuario epopéyico de un granjero mutilado. 
—Defíneme, cagón mío, el significado que hemos acordado que tiene la palabra «empleo», otra vez (…)
De Haven murmura entre dientes:
—Un empleo es un sitio donde, cuando lo aceptas, haces cosas sin importar que te apetezcan o no, porque lo has prometido por el hecho de aceptar un empleo.
—¡Qué memoria! Esto hace que te tu padre se enorgu…
—Me parece que a nadie de los que estamos aquí le importa una mierda si llevo una peluca roja o no.

—¡Tú representas a McDonald’s, cagón! ¡No eres tú quien está conduciendo! ¡Representas al restaurante de la comunidad mundial! 

(De “Hacia el oeste…”)
Pero aquí también está el amor. No el idealizado y fiel de las familias de los Estados Unidos que aparecen posando frente a su casa de dos pisos, sino que ese que se muestra, por ejemplo, en “Di nunca”, donde un joven casado engaña a su esposa con la joven pareja de su hermano, arrojándose sobre la culpa de su acción deliberada, aceptando los dardos de su familia y las opiniones y sermones de quienes lo tenían como intachable. El autor recurre en este cuento a lo que hizo Faulkneren “El ruido y la furia”: entregarle la voz a los personajes de la historia, titulando sus fragmentos mediante sus nombres o apodos y delatando acciones de la mano de conciencias expresivas. En “Aquí y allí” también hay mucho de ese juego de perspectiva, donde dos amantes se sinceran para exponer cuáles son las causas, siempre tan diversas, que los llevaron a separarse: él se obsesiona con su nueva “pasión teorética”, la posibilidad de ser el nuevo gran poeta de la matemática y la tecnología, relegándola a ella, quien siente, sin dejar de sentir, que sus sentimientos han cambiado… lo que el despechado llama un “autobús emocional”. 

Apremié a mi madre para que viniera a mi casa y me ayudara a mí y a la muchacha apetitosa a sacar a Bonnie de las tinieblas llenas de escobas, trapos y botellas de Lysol, y a discutir los cinco juntos todo este asunto, y en mi garganta llena de chupetones sentí que se apelotonaba la tentación de explicarme, de excusarme, de exhipopetizar, de extenuar toda la verdad en mí mismo y para mí mismo, esa verdad vulgar, fea y tediosa que se concretó ante mí por medio de una frasecita medio borrada y escrita a lápiz con trazo rápido y tembloroso en el urinario situado más al sur en el lavabo de hombres de la planta donde está mi despacho de la universidad, una frase que decía simplemente se acabó el portarse bien 

(De “Di nunca”)
En estas historias hay un indudable aprecio por la forma. El contenido y el fondo es importante, por supuesto que lo es, pero pareciera que el escritor quisiera evidenciar cuán esquiva se ha vuelto la realidad al momento de aprehenderla y comunicarla. Bruce, por ejemplo, es un personaje convencido de que el “aquí y el ahora” se puede atrapar manipulando variables e imponiendo axiomas numéricos. Aspecto que se hace claro cuando, en un solo cuento, un mismo personaje es denominado con al menos cuatro variantes distintas; o cuando digresiones jocosas en el continuo de un relato, abundantes con el fin de demostrar argumentos que escupen contra todo lo meta-(poético)(literario)(narrativo), invistiéndolo de una utilidad nula. En fin, abusa también de su potestad connatural de echar mano a los títulos, instrumentos eminentemente escriturales, haciéndolos surgir tras pedazos insignificantes de la narración para recordarte que existe un intermediario tras este juego literario de leer a alguien que no está —alguien que está muerto—.
Así, alabando la forma o quizás utilizándola para mofarse de la evolución de la literatura, Foster Wallace te dice que está ahí y que lamentablemente no alcanzó a soportar la vida para seguir observando cómo avanzaba el mundo que derivó —solamente seis años después— en una sociedad en verdad no tan distinta, demasiado semejante al horror que presenció estando vivo. 

Fue Glory Joy Duboise quien nos relató en términos muy emotivos que la colisión, la conmoción cerebral y el coma dejaron maltrecho el interior de Nunn. Que el orgullo patizambo de Minogue, Oklahoma, se vio obligado a escrutar y refrenar su propio yo emocional a cada minuto, por miedo a que la preocupación o el enfado pudieran devolverlo a una inconsciencia comatosa marcada por la maldad y el egoísmo. Que su amabilidad y su cariño hacia G.J. DuBoise se volvieron tan extremados que desembocaron en el patetismo, pues tenía miedo de que si dejaba de quererla aunque fuera un segundo nunca volviera a hacerlo. Que en las raras ocasiones en que alguna vicisitud de las relaciones humanas, el esquileo de las ovejas o el estado de los pastos, lo cabreaban, entonces se inundaba de una rabia totalmente in- e infra-humana y se dedicaba a deambular por sus tierras de pasto como algo mitopoyético, tormentoso, ya no hombre ni cosa sino fuerza desatada y nefasta, obstinada, enferma.

(De “John Billy”)
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