Impuesto a la carne (Diamela Eltit)



Por: Daniela Escárate

Impuesto a la carne (2010)
Seix Barral
ISBN: 9789562475037
Diamela Eltit (1949 – X)
187 páginas
Precio referencial: $9000 aprox. 
 
Pocos profesionales cuentan con tanto prestigio como los médicos. Ganan cuantiosos sueldos y cuentan con la confianza de la mayoría de las personas. Así, al menos en Chile, cada vez que un candidato político detenta esta profesión, en sus afiches de campaña el “doctor” suele estar antepuesto a su nombre. Un elevado estatus que la chilena Diamela Eltit (1949) constató en su novela Impuesto a la carne (2010). Sin embargo, se debe aclarar que lo hizo desde otra perspectiva, o bien podríamos afirmar, desde otro país.
Las protagonistas de esta obra son madre e hija, enfermas y ancianas, absolutamente dependientes la una de la otra, a tal punto que la primera se presenta dentro del cuerpo de su descendiente. Nada sabemos de sus nombres, pero sí de sus edades: doscientos años. Dos siglos en los cuales se han mantenido apenas sobreviviendo, dentro de un recinto hospitalario que constituye “la patria o el país o el territorio”.  Los médicos, las enfermeras, los “fans” y las barras de fútbol conforman el resto de su esterilizada demografía, cautivante por su inaudita atmósfera, pero también tristemente reconocible.
Impuesto a la carne está estructurado en una serie de capítulos breves y no-enumerados, lo cual dota a la narración, pese a sus complejidades y metáforas, de cierta agilidad que no le resta densidad. A través del relato en primera persona de la hija, se nos cuenta el angustioso y degradante estado de salud en que se encuentran las protagonistas desde hace doscientos años. Nos encontramos frente a una temporalidad que podría recordar al realismo mágico y sus cien años de soledad. Pero no. Que las protagonistas sean doblemente centenarias no responde a nada sobrenatural, sino a un “hito biológico o a un descuido histórico”, según se señala.
“Desde que nacimos mi madre y yo fuimos maltratadas por los médicos y sus fans”, se relata al principio. Además de compartir el maltrato y el nacimiento —cuando la hija nace, la madre lo hace de nuevo— ambas poseen las mismas características: bajas, morenas, feas y anarquistas. Estos adjetivos no solo configuran su descripción, sino toda una carta de presentación que las contrapone radicalmente a la casta hospitalaria, donde el gran porte, blancura y la sumisión a una rígida jerarquía, constituyen sus principales características. Todo esto configura un orden social que solo es posible gracias al incondicional servilismo de las enfermeras y de los fans.
Cabe recordar que esta novela fue lanzado pocas semanas antes de las apoteósicas celebraciones del “Bicentenario”, el cual fue excusa para un sinfín de actos y ceremonias, además de un exacerbado afán por recordar los principales hitos de nuestra historia. Este entusiasmo febril logra traspasarse a las páginas del texto, pero vislumbrado desde los no-convocados a las celebraciones oficiales. 

La protagonista nos confiesa que quiere preparar su cuerpo “para convertirlo en una crónica urgente y desesperada”.  Aunque endeble y decrépita, percibimos que las pocas fuerzas que le van quedando son destinadas al rescate de la memoria, más que para alargar las frágiles vidas de ella y su madre. No se trata de aportar a la excitación por la Historia, con mayúscula, que es construida desde la patria médica. Tampoco es aquel relato oficial que promueven aquellos que le han otorgado a ambas cinco segundos para hablar, en el escenario, durante los festejos bicentenarios. Eltit trabaja más bien con la memoria dispersa, múltiple, tambaleante entre el recuerdo y la amnesia, y que se escabulle de los recuentos posicionados por las instituciones.
Acostumbrada a erigirse en memoriales y museos, en Impuesto a la carne la memoria vive en los maltrechos cuerpos de sus protagonistas marginadas de la aséptica historia hospitalaria. Luego de doscientos años apremia dar cuenta, mediante “una crónica urgente y desesperada”, del dolor y la sangre derramada y traficada, a costa de la construcción oficial de la Nación. Es la única forma de desestabilizar “la patria o el país o el territorio” que se ha impuesto desde la Medicina.
Por otro lado, si bien el afán por reconstruir lo vivido, o más bien sufrido, es uno de los ejes de esta novela, hay atisbos de asuntos que no quieren ser contados. Algo se nos insinúa sobre una “insurrección del norte” y torturas, para luego dar pie a la autocensura de la propia narradora. Son quiebres que se producen para tensionar la complicidad con el lector.
Lo biológico, lo orgánico y lo corporal es otra de las temáticas que son transversales a todo el texto. Ya desde el mismo título se anuncia: lo que generalmente se impone a cualquier tipo de mercancía, se aplica a la misma carne, al cuerpo como tal. En la novela de Eltit, tal como el obrero debe vender su fuerza de trabajo, madre e hija son proletarias en función de su propia sangre. Ambas están “obligadas a esperar y también a vender todo“, incluso lo que está fuera de su imaginación, una condición que aumenta la precariedad de sus postergados organismos femeninos.
Por último, aunque se vislumbra cierto pesimismo, Impuesto a la carne también puede resultar un llamado a terminar con la “agonía cívica” que se ha instalado en la “ciudadanía médica”. El libro cuenta con la lucidez de cualquier análisis sociológico y todo lo subversivo de un manifiesto anarquista. Anarcobarroco, para ser más exactos, tal como la protagonista reconoce que son ella y su progenitoria. Diamela Eltit no solo ha escrito una novela, ha sugerido una militancia. Una que en el libro fue sostenida por estas sufridas madre e hija. La primera inserta dentro de la última, quizás insinuándonos que bien nos vendría una salida de (la) madre.
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1 Comment

  • Lo estoy leyendo,no me gusta, no se que quiere expresar la autora, ni el porqué se enreda tanto, talvez este libro no es para mi o yo no soy para el libro, simplemente creo que la autora se enreda en sus ideas o simplemente lo escribió por escribir

     

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