En el nombre del poder popular constituyente (Gabriel Salazar)


Reseña remitida por:
Joaquín Pérez
En el nombre del poder popular constituyente (2011)
LOM Ediciones
9789560002723
Gabriel Salazar (1925 – X)
98 páginas
Precio referencial: $3.500
El “poder constituyente” es el que puede y debe ejercer el pueblo por sí mismo –en tanto que ciudadanía soberana- para construir, según su voluntad deliberada y libremente expresada, el Estado (junto al Mercado y la Sociedad Civil) que le parezca necesario y conveniente para su desarrollo y bienestar. (p. 27)
Cuando, en su época, leí En el nombre del poder popular constituyente, terminé su última página convencido de que en mis manos tenía algo muy parecido a un panfleto decimonónico que apelaba a los obreros y proletarios organizados a tener presente su memoria colectiva que los unía y les otorgaba continuidad histórica. Un ejemplo de aquello podría muy bien serlo el famoso Manifiesto comunista (1848) escrito por Marx y Engels. Pero el 2011 no es 1848 y la situación es bastante distinta: el destacado historiador social Gabriel Salazar no está llamando ni a los proletarios ni a los obreros, ni mucho menos a los campesinos; su llamado es a una ciudadanía que está exigiendo y elaborando propuestas de mejoras en la educación y varios otros temas de corte estructural. Es de esta manera como bajo las mismas convicciones del historiador, este enfrenta un pequeño trabajo de síntesis de literatura histórica para recuperar la memoria colectiva de los movimientos sociales, y así potenciar las movilizaciones que en el mismo año de su publicación se estaban llevando a cabo.
En este pequeño librito Salazar proyecta dos ejercicios de importancia ciudadana: primero, con un tono apelativo, increpa a quienes han edificado una cultura del olvido, especialmente con aquellos aspectos de la dictadura que por conveniencia sería mejor “dejar en el pasado”. La intención es bien marcada en aquellos capítulos: el autor se enfrenta a su lector y lo increpa a mantener viva una memoria que en Chile ha sido acallada, teniendo como garante de aquella una prolífica producción historiográfica que desde los años ochenta ha integrado al “bajo pueblo” a la historia nacional. De esta manera, pueden percibirse en los primeros capítulos algunas rememoraciones hacia un pasado vivido por jóvenes que se atrevieron a derribar al dictador, juntándose en peñas, en el Café del Cerro, discutiendo de política y otros temas, todo con el fin de mantener las voluntades vivas de derribar la cabeza del tirano. 

Posterior a ello, el libro toma un matiz más científico y sintetiza los resultados que la historiografía social ha logrado con sus años de investigación. Salazar básicamente realiza un breve goteo de lo que él mismo ha venido investigando acerca del poder constituyente en la historia nacional, habiendo dos períodos muy importantes donde la ciudadanía se hizo presente para hacer efectiva su voluntad soberana. Las épocas a la que nos referimos son el tiempo-madre (o período independentista y de posterior formación republicana) y los años iniciales del siglo XX; ambos períodos que vivieron procesos constituyentes pero que la vieja y clásica oligarquía chilena destruyó mediante mecanismos no muy pulcros.
Ya en los capítulos finales del libro, Gabriel Salazar concluye con algunos elementos que son siempre necesarios de considerar: en la página 85 él nos dice Lo que necesitamos es un Estado que realice las tareas históricas que no hemos realizado en 200 años (…). ¿Será tanta nuestra inconciencia que hemos desperdiciado doscientos años de vida republicana en conatos superficiales de una clase mercantil? Al menos las conclusiones del historiador en otros libros, como en este, son que los proyectos productivistas en Chile han sido derrotados por grupos de tendencia mercantilista (Diego Portales es un ejemplo de aquello) y que el Estado, aquel ente supraterrenal ubicado allí por los historiadores conservadores tales como Edwards y Encina, no es a-histórico ni mucho menos una entidad dada: es y ha sido siempre un producto histórico que ha mutado en el tiempo pero siempre al servicio de una clase minoritaria.
En definitiva, esta obra —”casual”— de Gabriel Salazar, dada la importancia de la época en la que nos encontramos, es el panfleto que puede guiar a la ciudadanía a construir su propia revolución. 
Ya el historiador francés Roger Chartier había hecho la salvedad acerca de la literatura durante la revolución francesa: los grandes libros provenientes de la ilustración no generan revueltas, los panfletos sí.
           
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