Naná (Émile Zola)

Naná (1880)

Émile Zola (1840-1902)
Editorial Sopena (1938)
222 páginas
Precio referencial: $10.000
 
Amaba a Naná con una necesidad de saberla enteramente suya, de oírla, de tocarla, de aspirar su aliento. Era una ternura que llegaba más allá de los sentidos, hasta el sentimiento puro; una afección inquieta, celosa del pasado, soñando a veces con la redención, el perdón recibido por los dos arrodillados ante Dios.
A Émile Zola se le considera el padre del naturalismo, aquel movimiento que pretendía no representar la vida siquiera, sino que retratarla, mostrarla sin ningún velo artístico de por medio, con toda su belleza, pero también con toda su fealdad, con lo mórbido y morboso, con lo rugoso y lo excelso. Es un autor inmensamente importante en la historia de la literatura, en su desarrollo, al punto de probablemente haber sido su máximo exponente durante algún tiempo. Pero vamos a Naná, su novela, mientras intento explicar el porqué de su merecido éxito, influencia e importancia.
Corre el año 1880 en Francia y Zola publica por primera vez esta novela como un único volumen. Ya había sido publicada el año anterior por entregas en un periódico. Se imprimieron 55 mil copias. Todas fueron vendidas en un único día. Y es que la novela, que ya había tenido una gran recepción a través del periódico, contaba además con mucha propaganda. Cómo no, si en ella se trataba de la degradación social en la misma Francia, teniendo como protagonista a una joven prostituta que, desde un arrabal, llegaba a ser capaz de manejar, sin nada más que su sexualidad desbocada, a todo París.
Naná es una muchacha de apenas quince años cuando un empresario del teatro, de variedades, aquel pasatiempo burgués de la Francia de esa época (la novela transcurre en torno a 1850-1870 aproximadamente), la hace debutar dejándolos a todos boquiabiertos con aquello que emana de ella, sin que nadie se pueda explicar muy bien, en un primer momento, de qué se trata.
Nadie reía ya; la cara de los hombres, serias, se estiraban con la nariz afinada, la boca irritada y seca. Parecía que hubiera soplado un viento muy tenue cargado de amenazas. De pronto, en la chiquilla bonachona se irguió la mujer inquietante, trayendo la locura de su sexo, abriendo la puerta desconocida del deseo. Naná seguía sonriendo, pero con una sonrisa maligna, de devoradora de hombres.
—¡Caramba! —dijo simplemente Fauchery a Faloise.
Naná, de Monet

De ahí en adelante es una escalada de lujuria. Naná es la mosca que escapó del arrabal, del fango, y que, saliendo de este, comienza a infectarlo todo —parafraseando al autor—… y es bella como ninguna, y se vale de su sexo para aumentar en fortaleza. Todo lo que tiene es su cuerpo y con él se hace de los hombres que quiere sin demasiado esfuerzo. Pero lo que ella quiere no es poseerlos, sino que hacerlos reventar, exprimirlos, arrebatarles todo su dinero para darse la gran vida, para rodearse de lujos. Y aun peor, sigue siendo algo ingenua, sigue teniendo algo de la niña que rompe todo solo por ver cómo es que resulta destruirlo y que bota a manos llenas, regala, disipa, exige. No lo hace solo con las cosas que le regalan, sino que también con sus infinitos amantes (hombres, mujeres, sin distinción, llegando incluso a algo muy cercano al masoquismo).

—Toda esa gente no me asombra… La conozco demasiado. Hay que verla desvestida… Se acabó el respeto. Suciedad por abajo, suciedad por arriba, siempre es lo mismo… Por eso es que no quiero que me fastidien.
Y su ademán se extendía, abarcando desde los palafreneros que llevaban los caballos a la pista, hasta la emperatriz que conversaba con Carlos; un príncipe, pero no por eso menos cochino.
Caza-amantes sin esfuerzos. Es la amante de un conde que la mantiene, y de otros tantos que arrojan su fortuna para satisfacerla, que van quedando arrojados a la vera, cuando ya no tienen con qué satisfacer sus hambres infinitas.
Entre los borrachos de los arrabales, es a causa de la miseria negra, de las cenas sin pan, de la locura del alcohol, que concluyen las familias viciadas. Aquí, sobre el desmoronamiento de esas riquezas amontonadas e incendiadas de golpe, el vals marcaba el fin de una antigua raza; mientras que Naná, invisible, balanceándose por encima del baile con sus miembros flexibles, descomponía este mundo, penetrándolo con el fermento de su olor flotante en el aire cálido, sobre el ritmo canallesco de la música.
La novela trata sobre su ascenso, desde que es una perfecta desconocida, hasta que logra meterse a todo París en el bolsillo (y luego algunas otras tantas partes de Europa), habiendo captado una posición en la sociedad, al punto que luego las otras mujeres, las mujeres “decentes”, comienzan a imitar incluso sus maneras de vestir. Se vuelve el referente y la destructora. Ella es la elegancia y la fiesta, mientras al mismo tiempo es quien pone en evidencia la putrefacción de toda una sociedad. Una y otra vez se declara inocente: no es ella quien le ha robado el dinero a esos hombres, ni quien los ha separado de sus mujeres y familias; no, son ellos los que han ido arrodillados a caer ante sus faldas, ellos quienes le han dado todo solo por poder estar junto a ella, sabiendo incluso que todo será un despilfarro imposible de detenerse.
Se trata de una novela demoledora, en la que no debe confundirse el argumento actualmente facilista de la prostituta mujer-mala que ha abundado a posteriori. Zola representa a toda una sociedad, la desnuda al ritmo que Naná va desnudándose, abre el escándalo al poner este libro/espejo delante de los ojos de sus lectores que están siendo retratados… y muy bien vale cuestionarse si es realmente ella la que está descomponiéndolo todo, como la acusan, o son todos los que están putrefactos bajo aquella apariencia de elegancia, quienes van a buscarla a ella.
La influencia de Zola fue inmensa y sigue existiendo hasta el día de hoy. En Chile fue el precursor de nuestros movimientos realistas, leído y admirado por autores trascendentales como el mismo Manuel Rojas. En el mundo fue la respuesta a movimientos que ocupaban todo el panorama artístico, como lo fue el romanticismo. Es decir, ahí donde Víctor Hugo, Stendhal y tantos otros susurraron buscando una belleza excelsa en la vida, ensalzando cierto sentimentalismo,exacerbando ciertas emociones, apareció Zola para devastarlo todo con un machacar de la vida diaria, de los horrores mundanos, de los egoísmos humanos y nuestras depravaciones, de todo aquello que también somos, aunque lo escondamos de nosotros mismos, aunque reneguemos. Es cosa de encender la televisión un día cualquiera, y ver a todas nuestras Nanás, a todas nuestras cocottes, ya sean mujeres semidesnudas u  hombres, las vedettes del hoy, los políticos que manejan elecciones, el aparato mismo de TV construyendo opiniones tras una línea editorial. Ese fue Zola, el que apuntó hacia esas verdades que siguen existiendo, es por eso que no puede dejar de leerse y tenerse presente a un autor como este, porque hace casi 150 años, él ya se daba cuenta de todo esto que somos todavía ahora, convirtiéndolas en literatura.
Como recomendación práctica, pongan ojo con las traducciones. Verifiqué la única traducción que encontré en Internet para descarga y es bastante lamentable comparada con la de esta antigua edición de Sopena (traducción de M.E. Biagosch, directa del francés), que se lee con claridad y en el que las frases no pierden su claro sentido.
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