Mis documentos (Alejandro Zambra)

Mis documentos (2013)
Alejandro Zambra (1975)
Anagrama
ISBN 978-84-339-9771-5
206 páginas
Precio referencial $10.000
Mis documentos es un conjunto de relatos, once  para ser más exactos, que me parece muy difícil abordar como conjunto, ya que aunque resultan afines unos a otros, esta afinidad más bien se sitúa en su tono, en la tesitura que adoptan, y no necesariamente en las anécdotas que relatan, que muchas veces ni siquiera existen; este es, además, el motivo por el que varios de ellos sea difícil considerarlos como cuentos propiamente tal.
El conjunto transita entre dos formas de relato: la primera, que podría enmarcarse en una especie de autoficción, o autobiografía ficcionada, y que tiende a dominar el conjunto y a sobreponerse al segundo tipo, que adopta una forma más bien convencional en el estilo “cuento”.
En el primer caso podemos considerar a “Mis documentos”, “Camilo”, “Instituto Nacional”, “Yo fumaba muy bien” y otro par que se me queda en el tintero. Todos ellos poseen un narrador en primera persona, que se sitúa en un tono no digamos confidencial pero sí al menos evocativo, y en esa evocación transfiere una sensación de nostalgia, libre de moralidades absurdas (y en esto considero que se encuentra una de las principales virtudes del conjunto), como si simplemente se estuviera registrando un hecho en un diario (quizás un diario de vida), el que, como teóricamente no pretende ser leído, no busca producir ningún golpe de efecto en el lector. Es en ese mismo hecho donde, además, se asienta un peligro que el autor no siempre logra evadir, y sucede que en el relato desacomplejado de ciertas acciones o hechos seguramente vividos, por pedestres no necesariamente logran retener el interés del lector, no por la prosa de Zambra —que siempre es destacable—, sino que por el interés mismo que revisten dichos hechos circunstanciales que en ocasiones vagan hasta arriesgar extraviarse, como por ejemplo cuando, más pareciera que el autor que el narrador en primera persona, cuenta sobre sus cíclicos dolores de cabeza “por racimos”, que lo llevan a dejar de fumar para intentar evitarlos y que, por tramos, tiende a parecer la conversación de oficina, el relato vecinal sobre los dolores que aquejan y sus tratamiento sintomáticos que, finalmente, poco y nada importan al oyente.
Además de una náusea leve que desaparece pronto, no he experimentado molestias mayores. Acabo de repasar la lista de efectos secundarios, y nada. Apenas dos «dolores» de cabeza –estoy contra las comillas irónicas, pero es que casi no dolían, nada que ver con mis racimos. (“Yo fumaba muy bien”, pág. 119)
Tanto así que, en algún momento, pareciera que el mismo autor vislumbró esta posibilidad como cierta:
Soy alguien que no fuma debido al efecto invasivo de un químico que le estropeó el ánimo y la vida. Soy alguien que ya ni siquiera sabe si va a seguir escribiendo, porque escribía para fumar y ya no fuma, porque leía para fumar y ya no fuma. Uno que ya no inventa nada. Que anota lo que le pasa, como si pudiera interesarle a alguien saber que tengo sueño, que estoy borracho y que detesto con toda mi alma al Rafa Araneda.(pág. 135)
Aunque en ocasiones Zambra consigue, gracias a su oficio, un par de frases que por su carga, por el peso y también por ese tono tan directo y engañosamente “sencillo” (reconociendo de plano la virtud y dificultad que tiene parecer sencillo, en literatura), bien podrían enmarcarse.
Dejé de fumar debido a las migrañas, pero quizás no fue el motivo principal. Lo que pasa es que soy cobarde y ambicioso. Soy tan cobarde que quiero vivir más. Qué cosa más absurda, realmente: querer vivir más. Como si fuera, por ejemplo, feliz. (pág. 132)

Como decía, todo este conjunto, que dentro del libro no conforman una unidad, tienden a teñir el resto con un mismo tono que jamás escapa absolutamente de este tinte evocativo, semi confesional. Y, sin embargo, me parece que los puntos más altos del libro están justamente cuando el autor pareciera alejarse un par de centímetros del relato autoficcional para desplazarse, sólo un poco más, hacia el terreno llano de la ficción, como es en el caso del que probablemente sea el punto álgido del libro, en el cuento (cuento, con todas las de la ley) “Vida de familia”, que consiste en la historia de un hombre que, al quedarse cuidando una casa familiar (de una especie de primo en segundo grado con el cual acaban de retomar contacto), se convierte o toma el rol de mentiroso frente a una muchacha con la cual se involucra, haciendo suya esa vida, esas fotografías que identifican a una esposa que dice ser propia, una hija a la que supuestamente no puede ver por su reciente divorcio, a un gato que no le pertenece, etc. Es en ese terreno de la ficción (que incluso, a diferencia de los casos anteriores se narra en tercera persona, lo que lo aleja aún más del tono confesional) donde Zambra hace gala de mayores recursos, logrando traspasar una genuina sensación de extrañeza y al mismo tiempo de cuasi comprensión hacia ese personaje escindido entre su realidad que sin ver presumimos precaria, en toda la amplitud de la palabra, y la mentira que ha largado casi sin urdir —y que quizás ni siquiera hubiera necesitado—, sobre la cual funda la relación que consigue con la joven del cuento.
Alejandro Zambra
En suma, se trata de un conjunto de relatos que transita entre la autoficción y el cuento propiamente tal, sin ningún complejo, que asume ciertos riesgos inherentes a esta elección de los que sale no sin haber conseguido asestar un buen par de golpes (y de recibir otro par, al mismo tiempo) y que, finalmente, se asienta muy bien dentro del registro temático que Zambra ha exhibido en sus novelas (clase media, viviendo en los ochenta o años inmediatos), aunque queda la impresión que esas novelas siguen siendo harto superiores a este primer libro de relatos, como conjunto.
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