Fragmentos de un diario en Los Alpes (César Aira)


Fragmentos de un diario en Los Alpes (2002)
Beatriz Viterbo Editora
ISBN: 9508451254
César Aira (1949 – X)
128 páginas
Precio referencial: $8.400 aprox


No es muy común aproximarse a la obra de un autor empezando por un diario de viaje, que en esencia es un género con menos ficción que una novela o un relato. En esta ocasión, reseñamos a César Aira, autor argentino que ya ha aparecido por aquí hace más o menos cuatro años también a partir de la curiosidad fortuita, quien cuenta su visita en un lapso más bien corto a una casa de una familia francesa ubicada en un pueblito de Los Alpes. Una estadía corta, digo, de jueves a domingo, apenas cinco días.
Estratégicamente, de adentro hacia fuera y de lo más pequeño a lo más grande, el escritor comienza sus reflexiones enumerando los objetos que están a la vista mientras está sentado en una habitación típica del hogar que lo está acogiendo. Cada detalle es relevante, cada dibujo ornamental en murallas, ventanas y puertas es un mundo que merece preguntas y dudas… Pinturas, muñecos, pequeños juguetes, revistas, historietas de Tin Tin el aventurero y sobre todo libros de todos los idiomas y épocas son el objeto exclusivo de su atención cuando los dueños de casa, Ana, Michel y Manuel, no lo están acompañando.
Es como si las miniaturas rigieran un relato; esto es algo que estoy aprendiendo de la casa y su población: cuando se ha llegado al fondo de la descripción de un objeto, cuando se sale del mundo de las dimensiones normales en las que nos movemos (es decir: cuando no queda nada por decir) nace un relato. Lo que nace, es fatalmente un relato. Quizás ahí está el origen de todo relato.

 Así, el espacio en medio de Los Alpes en el que está inmerso en ese momento en específico es un universo de representaciones de la realidad, donde cada elemento que lo rodea es un artificio que explica algo que está ausente, todavía perpetuado dentro de esa casa mágica habitada por una familia erudita; aficionados o no tan aficionados a la pintura o académicos de literatura, que construyeron con los años, y sin quererlo, un Aleph de colecciones de todo lo que le concierne a Aira. Acumulación de cosas que se transmutan en un pie forzado que él aprovecha para extrapolar su curiosidad continua al mundo del arte, recurriendo a explicar su noción de la creación en la escultura, la fotografía, el cine y por sobre todo la literatura, preguntándose por los orígenes de cada una de estas formas de representación y rastreando sus antecedentes en el mundo de la práctica con fines preconcebidos, cuando el arte era técnica bruta, vacío de metáforas y emoción.
Tal como goza al examinar un libro-objeto del siglo XIX con imágenes cambiantes, jugando con un taumatropo o narrando con sus palabras la historia milenaria de la venta de la mandrágora (o el pacto con el diablo) compuesta por la —dice— sabia tradición popular, el argentino describe los paisajes alucinantes que puede observar detenidamente con solo abrir una ventana o ir a dar un simple paseo, entre ellos pináculos nevados, bosques frondosos y castillos antiguos, haciendo partícipe al lector de su experiencia sin filtrar nada.
El problema es que no me atrevo a definir, de modo tajante, qué es un arte. Quizás por deformación profesional, o por autodefensa, lo veo como algo muy grande, muy abarcador, muy eficaz. Y en esa línea llego a algo como una definición: arte es la actividad mediante la cual puede reconstruirse el mundo, cuando el mundo ha desaparecido. Una reconstrucción en detalle, microscópica, sobrenatural en lo que se refiere a reconstrucciones. La clave está en que el mundo desaparezca; y lo hace realmente, todo el tiempo, por acción del tiempo. Pero el tiempo humano es la Historia, que es a su vez una reconstrucción de lo que disipa.
En este diario de residencia en Los Alpes, el personaje principal es al mismo tiempo narrador y autor en equivalencia de fuerzas. Un demiurgo de la ficción, honesto y culto, que se olvida de ella y se hunde en una mescolanza de hechos y cavilaciones diversas: el mismo día que visita el cementerio del pueblo, por ejemplo, transcribe anécdotas familiares de Ana y las comenta, acompañándose del silencio absoluto entre los montes. En otra ocasión va hacia una plazoleta, específicamente a una cabina de teléfonos, para llamar a Buenos Aires, tras lo cual es encarado por un francés paranoico que piensa que su celular suena por culpa suya. A veces habla de las plantas de Ana o de cómo hacer crecer, bajo el vasto imperio de las reglas orientales, bonsáis en todo su esplendor. Otras, comenta el trabajo investigativo de Michel y absorbe sus ideas para comentar cuán imprescindible es reescribir una y otra vez la literatura.
Aproximarse por primera vez a la obra del autor a partir de este diario consiste en descubrir antes de tiempo —o a la inversa, si se quiere— cuáles son los artistas y las obras que lo inspiraron, además de echar un vistazo inicial a los conceptos recurrentes que eventualmente constituyen los pensamientos de su ficción, condicionándose para cuando sea la oportunidad de leerla. En contexto de cooperación, Duchamp, Borges, Balzac y Aira comparten espacio con sus impresiones sobre las letras, mientras este hermoso lugar del mundo, una casita en medio de imponentes cadenas montañosas, lo insta a hacer una velada declaración de principios sobre el manejo de la representación.
Después de todo, lo que este libro hace es demostrar cómo las inquietudes y las obsesiones personales funcionan como perfecto motivo de lo que un experto en literatura es capaz de escribir.

Los coleccionistas tienen una punta de manía que les viene más que nada, me parece, de lo que excluyen, de lo que queda fuera de su campo y no les interesa. ¿Podría haber una colección de objetos representativos? La representación es demasiado universal, desborda por todos lados. Me identifico, porque es en buena medida lo que me pasa a mí. Lo tengo todo del coleccionista: la pasión por lo material, el gusto por las series y las diferencias, la insistencia; pero el único rubro que me entusiasma lo suficiente para ejercer esas virtudes es la literatura, ¿y alguien oyó hablar alguna vez de un coleccionista de “libros”? “Libros” en general, porque la literatura se actualizada en todos, no en algunos.

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