Zurzulita (Mariano Latorre)

Zurzulita (1920)
Mariano Latorre (1886-1955)
Nascimento
Sin inscripción
266 páginas
Valor Referencial $10.000
Mariano Latorre fue un autor chileno, nacido en la localidad de Cobquecura en 1886. Cobquecura es, incluso al día de hoy, una localidad tranquila, que todavía tiene mucho de rural, de vida de pueblo. Imagínensela más de cien años atrás: campo llano cruzado por cerros y más cerros, grandes extensiones de terreno despobladas, una que otra rancha apiñándose a otra en ciertos sectores y, finalmente, esa vida como tardía de tan tranquila que lleva cualquier persona dedicada a una vida dura de agricultura. Y todo eso, todo este paisaje bucólico, calmo y anestesiante posee una hermosura muy propia, muy campesina y honesta, aunque también brutal. Mariano Latorre, hijo de su tierra, lo comprendió a cabalidad, exponiéndolo en su producción literaria. Hablemos un momento del argumento de la novela.
En Zurzulita nos encontramos con un joven provinciano, Mateo Elorduy, que a la muerte de su padre queda huérfano. Su padre era hombre hacendado, con negocios y algunos dineros. Resulta así que, al finalizar sus días, es el hijo quien, para asegurar su subsistencia, debe darse al trabajo. Pero ¿cómo hacerlo, si jamás se ha visto en la real necesidad de trabajar? No entiende gran cosa de los negocios de su padre, ni siquiera muy bien en qué consisten, así que ve con buenos ojos cuando uno de sus deudores decide darle a cambio de la cancelación de su alta deuda, una gran extensión de tierra ubicada en la Huerta del Maule, tierra que posee varios inquilinos, un administrador que se supone se encargará de todas las faenas, y con la que se le prometen ganancias anuales bastante interesantes. Es así como se ilusiona con la vida bucólica del campo, bajo la idea de entregarse al descanso cansino de una casona patronal, mientras todo a su alrededor sigue trabajando para que él obtenga ganancias. El inconveniente resulta en que, llegando a sus tierras, se da cuenta que la vida del campo no es tal como él se la ha supuesto, que no sólo hay labores que deben efectuarse y de las que debe estar al menos enterado y que las gentes de aquellas tierras, inquilinos (prácticamente siervos de la gleba), son dueños también de pasiones y odiosidades, intereses muchas veces mezquinos y mundanos.
Hay también una muchacha, una pequeña profesora pueblerina, su zurzulita. Y luego todo el conflicto entre el administrador que pretende hacerse dueño, burlando al joven que nada sabe de la dureza de la vida del campo, y burlándolo también del amor de Milla, aquella zurzulita que destaca en la vida campestre.
“Se creyó que en el campo se conservaban mejor las costumbres primitivas, sin la contaminación de la ciudad, que era más cosmopolita y con tipos más parecidos a los europeos.”(“El criollismo”, R. Latcham, Montenegro, Vega. Ed. Universitaria, pág. 11)

La historia es casi secundaria en el relato. Lo importante acá es el paisaje, ese paisaje agreste, esas gentes que también lo son. Al enfrentarnos a Zurzulita nos encontramos con el que es, probablemente, el ejemplo más insigne de aquel movimiento literario que fuera el Criollismo. Latorre se detiene largamente en detallar el paisaje, en referir las voces, los momentos, los silencios, las distancias. Dentro de sus páginas se cuelan los modismos y usos, que se consideran valiosos en sí mismos, como testimonio de esta forma de vida prácticamente extinta. Es como si con su prosa quisiera someternos al sopor engañoso de la vida de campo, de los días largos y trabajados, de las escaladas a los cerros pedregosos, de los árboles y de aquellos frutos que se dan de manera silvestre y que jamás llegan a las ciudades.
En su escritura se vuelven radicalmente relevantes, por ejemplo, describir la escena del entierro de un “angelito”, que era como en el antiguo campo chileno se velaba a los niños pequeños cuando morían, ornándolos con vestimentas e incluso alas, para simular que se trataba de un ángel; aquella figura mitológica de distintas religiones.
 
El Criollismo, como movimiento, no solo obtuvo aplausos, sino que también, en algún momento, fue víctima de un amplio y profundo rechazo. Incluso llegó a haber una “querella contra el criollismo”, promovida por Alone, el crítico literario chileno que marcaba como luz señera los gustos literarios de la época. Se le acusó a Latorre y al criollismo en general de abocarse tanto al retrato de la naturaleza que en ella se ahogaban a los personajes y se restaba cualquier tipo de interés dramático a la novela. Esta contienda fue realmente importante, época en que la literatura sí era algo de lo que la gente discutía y opinaba. Fue el momento donde se contrapusieron dos formas muy distintas de entender la Literatura: por un lado, como objeto de representación de una forma de vida, de un pueblo, de una sensación en conjunto con la naturaleza, por otra, como una estructura mayor de creatividad, que no podía descansar solo en sus valores descriptivos.
Digámoslo desde ya, el antagonismo al Criollismo, hoy en día, está agotado. El criollismo, por otro lado, también ha dejado de existir como corriente vigente. Y, sin embargo, a pesar de su laconismo, de la morosidad de sus textos, ha logrado traspasar la barrera del tiempo. ¿Por qué? Porque entre el paisaje que se cuela en sus páginas, en el retrato de las costumbres de sus personajes, de los dichos, sus fraseos, entre todo eso, se inmiscuye dentro del texto una belleza innegable, que le da una segunda vida a estos textos.
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  • “A mi parecer es importante que un escritor haga buenas descripciones del entorno en donde se desenvuelven sus personajes, aunque a veces se haga un poco lento el desarrollo, ahí está la maestría del escritor, pienso que un buen escritor no escribe solo para ser leído por sus contemporaneos, sino también para futuras generaciones y si no se hacen buenas descripciones es muy dificil que aquellos puedan imaginar los ambientes y localidades que ya no son los mismos, así gracias a la Literatura siguen existiendo dichos entornos y lugares pese a que fisicamente ya todo queda atrás en el tiempo, actualmente al lector no le gusta mucho detenerse en estas descripciones y no se da el tiempo para ello, prefiere llegar a la accion y a los desenlaces rapidamente, pero con eso se pierde el sabor de la obra, es como si al servirnos un plato exquisito, no lo paladearamos para apreciar su sabor, sino que tragáramos con rapidez para quedar pronto satisfechos. Esa es mi opinión. Tito Fabio.

     

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