Los platos rotos. Historia Personal de Chile (Rafael Gumucio)

Reseña remitida por:
Jonnathan Opazo
Los platos rotos. Historia Personal de Chile (2004) 
Rafael Gumucio (1970 – X)
Editorial Sudamericana
ISBN: 956-22-207-X
180 páginas
Precio referencial: $7.000 
     Este año se cumplen 40 años de un día funesto en nuestra historia reciente. Una fecha que, en un doble movimiento, cierra a punta de culatazo y desapariciones a esa delirante Unidad Popular que buscaba instalar un gobierno socialista sui generis, incluso para sus mismos correligionarios, mientras que, en su reverso —o anverso—, abre las puertas —y las piernas, dirán algunos desbocados hip-hoperos— a ese sueño que se pergeñaba silenciosamente en las aulas de la escuela de ingeniería de la Pontífice Universidad Católica. El resto es historia, violencia y silencio. En este caso, el resto es —también— memoria y, por qué no, literatura. 
     Es desde estos dos últimos sitiales desde donde se sitúa Rafael Gumucio (1970) para entregarnos esta Historia personal de Chile, una revisión en la cual, con un ánimo más o menos cansado, bien cercano al hastío, se desmantela en una fría sala de operaciones una historia llena de mitos y glorias que no son tales, confrontando en una especie de History Death Match a gran parte del repertorio de baluartes que ha acumulado el devenir de estos rincones. 
Antes de que Chile fuera un sustantivo ya era un adjetivo. Un adjetivo peyorativo. A Diego de Almagro y sus hombres en Perú los llamaban, despectivamente, “los de Chile”. “Los de Chile”, es decir, los que en la búsqueda sin cuartel del poder y de oro habían perdido su dignidad y su fortuna más al sur, detrás del desierto y las montañas.     
     Los platos rotos no intenta en ningún momento ser un relato fidedigno ni positivo de la historia de Chile, sino más bien —en un intento de leer entre líneas el título del libro— hacerse cargo, en calidad de sujeto atravesado profundamente por este movimiento telúrico que es nuestra geografía y los fenómenos que allí se dan cabida, de la loza rota, sin la necesidad de esconderla debajo de la alfombra. Hay, por lo tanto, un acto de cierta valentía en Gumucio, que mete la cabeza en esta palangana sucia, abre los ojos bajo el agua y vuelve a contarnos cómo es la cosa allá abajo. Si, como dijo Zambra, escribir es mostrar la cara, el autor nos muestra algunas muelas, mugre de uñas, caries y ropa sucia. 
     Crónica, cuento, poesía y reflexión literaria e histórica se dan cita en un mismo libro de manera corrosiva y fragmentaria; gestos múltiples que intentan, desde esa misma fragmentación, captar los avatares y matices de la presunta grandilocuencia de La araucana de Alonso de Ercilla; poner a Neruda y Mistral como dos líneas de nuestra poesía que se bifurcan y siguen rutas imposibles de rastrear; a Salvador Allende y Frei Montalva como dos sombras que se solapan y que Gumucio las lee, en un gesto bergmaniano, como el huevo de la serpiente: fina capa que permite entrever a la bestia que allí se incuba. 
En Frei y Allende la amistad es sólo el comienzo de otra cosa que teme tener nombre. Unidos por la misma médula, cuando uno es débil el otro es fuerte. Vive cada cual del otro; no tienen dos destinos sino uno y medio. Un solo cuerpo con dos cabezas enroscadas impulsándose al vacío. Mientras Frei va perdiendo a sus militantes y las reformas agraria y universitaria destejen el orden podrido pero orden, al fin, Allende se inventa una nueva personalidad. Ya que Frei hace las reformas, Allende se hará revolucionario. 
     Un libro que, sin otra pretensión que el necesario reciclaje mnésico que permite colocar el caos del mundo en un orden más o menos aprehensible, nos saca a pasear por un zoológico lleno de animales lánguidos y algo cansados, cubiertos todos con la cetrina pátina que va dejando el uso mórbido que toda época hace de ellos para exaltar una batalla o poner un número del calendario en color rojo. Una receta para re-pensar, a estas alturas del partido, nuestra historia lejana y reciente con menos fervor que lucidez; un gesto desesperado —un gesto moderno, también— por hilvanar algo en esa bruma confusa que llamamos identidad y en esa otra todavía más oscura y turbulenta que es la historia.
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