La tragedia de Miguel Orozco (Alberto Romero)


La tragedia de Miguel Orozco (1929)
Alberto Romero (1896 – 1981)
Sociedad Chilena de Ediciones (1929, 1era ed.)
Inscripción N° 1422
191 páginas
Sin reediciones / sin precio referencial
 (…) los perros lloran al amanecer porque presienten las penas del día, como los niños lloran cuando nacen presintiendo lo que sufrirán de hombres.
Hemos hablado antes de este excelente autor, un tanto dejado al olvido, así que para quien aún no sepa de él, los invito a revisar las otras reseñas de sus novelas. Siendo así, vamos directamente a la novela y su argumento.
Esta novela está situada históricamente en un pasado lejano para nosotros aunque contemporáneo para el autor, en los primero años del 1900. Miguel Orozco es un joven que ha nacido en un fundo campestre, en una pequeña localidad de aquel Chile incipiente, provinciano de punta a cabo. La historia nos sitúa prontamente en el momento en que sus padres deben tomar una decisión: el joven debe elegir sobre su futuro. La madre desea que estudie en la capital. El padre quisiera que aprendiera junto a él las labores agrícolas para que algún día herede la hacienda agraria de la que es dueño con conocimiento de sus funciones, esas que son su sustento. El muchacho, la verdad, pareciera no querer nada. La madre triunfa pero, al poco tiempo, se vuelve notorio que el hijo fracasa en los estudios: no tiene cabeza para ellos. El padre trata de atraerlo hacia sí y sus labores, pero el joven siente apatía hacia el campo, hacia todo aquello que ha sido su vida. En su mente comienza a fulgurar lo poco que ha aprendido, los libros dan vuelta: desea convertirse en escritor, en un literato.
Una noche cualquiera, en el último tren, escapa a Santiago sin nada más que unos pesos, a buscar fortuna.
El cielo azul, sonoro y ardiente, vaciaba a las calles una nota lujuriosa. Las mujeres, cimbrándose de caderas arriba, el paso firme, la mirada audaz, provocadora e insinuante; dibujados los pechos al trasluz caricioso de las telas claras y vaporosas; las piernas esbeltas; perfumadas, tentadoras, echábanse entre los brazos de la multitud para experimentar, como un goce secreto, el estrujón de los cuerpos que se chocan voluptuosos y palpitantes.
 Pero Alberto Romero no es Blest Gana. Romero, el autor, es un hombre realista. Por supuesto que Orozco no llegará a Santiago a triunfar y llenarse de gloria, al contrario, se encontrará con las calles atestadas, el mal olor de las fritangas, el ir y venir de la gente, las prostitutas en las esquinas, las monedas que se extinguen rápidamente en el bolsillo y los chinches en aquella cama de hotel que arrienda. Trabajo, debe trabajar para comer. Pero él quisiera ser aceptado en un periódico, ser reportero, escribir, escribir. No se le abre ninguna puerta. Al contrario, se liga a una muchachita de la calle y se va a vivir junto a ella: ahora debe alimentar dos bocas hambrientas. Y finalmente, es aceptado en una imprenta, como corrector de pruebas (oficio que —de la forma en que él lo desempeñaba— ya ni siquiera existe). Y desde ahí en adelante viene la vida común, una “vidita”, con algo de vulgar, mucho de trivial, pasando los días y días con apenas lo justo. Una vida simple o simplona incluso. El sueño de aquella muchacha; esa domesticidad digna, pero soporífera. A ella la calle la llama nuevamente, la llama muy fuerte como un hilo que la jalará…
Pero La tragedia de Miguel Orozco no versa únicamente sobre aquella vida de sufrimiento, no es esa la única tragedia, ni la principal siquiera sobre la que trata. Miguel Orozco es un hombre que crece y vive envilecido —envilecido sin siquiera darse cuenta— por la errónea creencia de poseer un talento literario con el cual triunfará y al que apuesta todas sus cartas. Peor aun, la gente de su pueblo se hará parte, de una forma u otra, de aquel mismo engaño, hasta márgenes insospechados.

Esta novela está estructurada en dos partes: “Primera época: Camino del genio” y “Segunda época: Supervivencia del genio”. La primera es bastante típica del autor y trata, en gran parte, lo que ya he narrado, evitando todo detalle. La segunda, por el contrario, me parece sumamente inusual desde mi limitada perspectiva del escritor, porque trata sobre la vida de un pueblo, sobre ambiciones nuevamente y fracasos, pero escapando de la temática personal y cayendo en una más bien colectiva. La unión estructural entre una parte y otra es extraña, mucho menos fluida de lo que se quisiera, pero la prosa del autor sigue siendo característica, con ese tono tan propio, que en lo personal considero bellísimo y que por sí solo es capaz de sustentar su narrativa. Se lee siempre un vigor en sus frases, como si escribiera precisamente así, entre todo aquel semi barroquismo, con una fuerza, cargando el lápiz de manera poderosa sobre las carillas, para que las palabras pesen más que el montón de tinta que deposita en ellas.
 Es, en resumen, otra muy buena novela del autor, con particularidades que la hacen muy interesante ya que amplían su espectro literario. Es, no está demás decirlo, una novela un año anterior a La viuda del conventillo (su novela más conocida), tres de Un milagro, Toya y seis a La mala estrella del Perucho González. No me parece —no quiero confundirlos— que el autor todavía esté en proceso de afinar su pluma en este momento, por el contrario, lo noto en completa posesión de sus atributos e intereses temáticos. Es una obra entretenidísima, como todas las suyas, realista hasta el dolor, repleta de aromas, olores, hedores y sabores. Plagada de imágenes y violencias personales, características que cruzan transversalmente la narrativa de Alberto Romero.
Hasta aquí nuestra reseña de la novela propiamente tal. Deseo ahora detenerme un minuto en la edición que tuve la suerte de encontrar: La tragedia de Miguel Orozco, primera edición del año 1929. La novela amenaza con deshacerse en mis manos y, en cada lugar que voy leyéndola, deja miguitas con vestigios de su existencia, desgranándose poco a poco (reconozco un cierto sufrimiento al darme cuenta). Las páginas interiores son de excelente calidad (de otra manera no habrían llegado en estado perfecto hasta el día de hoy), de un papel de gran gramaje, como al día de hoy no se hacen libros. Además su lomo está cosido y corcheteadas sus cuartillas que, cortadas irregulares, muestran que alguien alguna vez hubo de abrirlas “a mano”, como antiguamente se hacía con los libros nuevos. Como si fuera poco, en su interior, pegadas a mano (imagínense, pegadas a mano en cada uno de los ejemplares), en una cartulina extra, verde oscuro, todavía pueden encontrarse tres ilustraciones por Emilio Álvarez, dibujante de la época, quien según entiendo participó en la extinta Revista Zig-Zag y formó parte de quienes hacían la revista El Peneca. Me supongo que su nombre debe ser un obligado para todos aquellos quienes se inicien en Chile en el arte del dibujo, diagramación, la caricatura satírica (esta que tuvo entre nosotros un altísimo vuelo durante el siglo pasado). Dejo registro de sus dibujos, porque no creo que existan en otro lugar de la red, ni me parece que existan muchos más ejemplares de esta novela en este estado.
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