Jíbaro (Hugo Forno)


Jíbaro. Cuentos breves (2012)
Chancacazo
ISBN: 9789568940232
Hugo Forno (1970 – X)
148 páginas

Precio referencial: $5.500

En medio de un sector del Amazonas entre Ecuador y Perú vive la etnia de los shuar, indígenas que en tiempos de la Conquista lograron echar de sus tierras a los españoles, por quienes fueron denominados “jíbaros” a causa de su salvajismo —o valor de raza— extremo: entre sus prácticas, estaba la conocida tzantza, que consistía en despojar de su cabeza al cadáver del vencido y reducirla mediante un procesamiento minucioso, sacando ojos y materia gris.
Este probablemente sea el origen del título de este libro de Chancacazo Publicaciones escrito por el chileno Hugo Forno, en donde cada relato, de un tercio de página el más corto y de tres páginas el más largo, muestra a un narrador que a veces se confunde con el autor moviéndose como un bárbaro entre la renombrada selva de cemento, escuchando voces y observando escenas de la ciudad para transcribirlas y embetunarlas de ficción. Al final es tarea del lector rastrear el título del texto, ya que eventualmente es un capricho insondable; aunque dentro de sus páginas no encontremos ningún relato que así esté etiquetado, el contenido da para pensar.

Dividido en tres grandes partes (“Gente”, “Amor” y “Árbol”), los relatos cortos que componen este libro, que no supera las 150 páginas, tienen un ritmo veloz atendiendo a la paradoja según la cual entre más puntos seguidos más posibilidad de ideas concretas. Si bien en un principio esto puede provocar el alejamiento del que quiere entender sí o sí al rapsoda tartamudo que vacila sus epopeyas urbanas, luego el presunto defecto parece efecto en pos de otorgar forma.
De este modo se hacen cita personajes que son comunes por estadística pero que en realidad no son tan corrientes, como la loca del pueblo provinciano que parece un animal, el júnior bueno para la pelota y ducho en los juegos de azar, el gerente depresivo y necesitado de pastillas para equilibrar la química cerebral, el rey del mote con huesillo, que podría ser el rey de la piscola en el centro, del arrollado primavera a la entrada del metro… Todos son mostrados bajo el prisma que los iguala: el hacinamiento y la esquizofrenia monopolizados por una ciudad atestada, que los convierte en sus monstruos diarios.
Roberto es casado, sin hijos.  Vive en Maipú. Tiene tarjeta Presto, París, Falabella, Ripley, Banefe y BCI (…) La semana pasada fue elegido empleado del mes. Su jefe le dijo que es un privilegiado. Que no existen los sueños imposibles. Que el cliente Mc Donalds’s siempre tiene la razón (…) Lo que nadie sabe es que Roberto odia las McPapas, los McCombos y los McSundaes de chocolate. Que se ducha cada noche más de 30 minutos para sacarse el olor a fritura. Porque Roberto también tiene sus problemas: no hace el amor con su mujer desde hace 6 meses. Su papá tiene una diabetes del demonio (…)
         Acá hay bancos y créditos, Mc Donald’s, equipos de fútbol y partidos de tenis de Fernando González y Nicolás Massú, mezclados con infidelidades, discusiones, seres repulsivos que se suben a la micro y el bosque, el árbol genealógico del autor y su historia personal. La ciudad está tal cual es y también las personas, y no hay juicios de valor excesivos o una suerte de manifiesto social. Es una estrategia que fue y es usada por muchos creadores, por supuesto guardando las proporciones, y que ahora este agarra para dar vida a los que ya tienen vida, de paradero a paradero y de sol a sol.
Bajo este estilo —que podría gustar a los jurados del concurso Santiago en 100 Palabras y por lo tanto a los lectores fugaces que sonríen mirando un texto implantado en medio de la urbe—, Hugo Forno exhibe los sucesos que emergen en la cotidianeidad y las pequeñas delicias de la vida conyugal de las que habla esa hermosa canción de Sui Generis. Mediante estas temáticas se exponen sus cuentos breves, su arte poética y su modo explosivo de hacer literatura.
Asume que es un aprendiz. Asume que se mueve por las calles como una rata. Sin tanta frase inteligente. Sin tanta parafernalia narrativa. El cuento corto es su fuerte. Porque lanza la piedra y sale arrancando. Es más cómodo. Porque los vidrios rotos los recoge el lector.

No solo del hombre vive el pan,
cuando tengas ganas iré a trabajar,
cuando tenga ganas no me importará.
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