El legado escrito de los mayas (Mercedes de la Garza)


El legado escrito de los mayas (2012)
Fondo de Cultura Económica
ISBN: 9786071610041
Mercedes de la Garza (1939 – X)
158 páginas

Precio referencial: $6500

La colección Breviarios del Fondo de Cultura Económica es una de las más completas de habla hispana: ciencia, filosofía, literatura o historia son temas que se comprimen en no más de 200 páginas de libros de bolsillo que —literalmente—  caben en cualquier lugar. Además de ser relativamente baratos aquí en Chile, los autores son elegidos minuciosamente. En este caso, por ejemplo, la autora es doctora de la UNAM y miembro de la Sociedad Mexicana de Antropología con una vasta trayectoria en el estudio de esta cultura que, lamentablemente, solo a finales del año pasado se hizo definitivamente conocida: los mayas.
La obra considera la historia de este pueblo, sus períodos de auge, clímax y súbita caída, así como las expresiones escriturales y arquitectónicas que legaron a la Humanidad. Aquí se explica cómo los mayas se preocupaban constantemente del destino cósmico y humano, considerando el movimiento cíclico de los astros en directa relación con la existencia terrenal. Es decir, si se conoce el pasado, pensaban, se puede saber de cierta manera (no de manera cierta) lo que pasará; si se puede predecir la salida del sol ¿por qué no vincular ese misterio con los seres humanos, con su historia, con lo que sucederá en el último día? Estos conocimientos solo estaban en las mentes de algunos integrantes de la sociedad, entre ellos, los sacerdotes que al mismo tiempo oficiaban de astrónomos, algo inconcebible en nuestros días. Fueron los encargados, junto a otros hombres anónimos, de acumular experiencia y datos para escribir códices en donde se relataba la tradición milenaria, se fijaban los dominios de tierras mediante contenidos histórico-legales y se daba cuenta de los sucesos cruciales de su constitución. Y por supuesto, después de toda práctica o texto utilitario, la poesía.


 El Popol Vuh, que narra hechos tan impresionantes como el nacimiento de los seres humanos luego de varios fracasos de los dioses, o el conjunto de libros Chilam Balam de Chumayel, cuyas temáticas van desde la medicina a las medidas calendáricas, son ejemplos vastos de cómo concibió el mundo este grupo milenario, lo cual este libro exhibe con detalle. Fue este tipo de textos, grabados, dibujos y códices, los que presagiaron con palabras muchas veces ambiguas —y con un acierto lamentable— la llegada de seres humanos que con el tiempo serían devastadores para el mundo de los quichés, los mexicas, los cakchiqueles, los chontales, etc. Pues, ¿de qué mejor manera se puede contar a quienes habitarían sus tierras en el futuro el negro derrotero que los esperaba y que los encontró? Expresándose mediante símbolos, a través de una escritura desarrollada que de por sí es un rastro de evolución. Y de permanencia en el tiempo.
Cuando los conquistadores españoles llegaron a América vinieron a cambiar la concepción de sus habitantes por la suya propia. Con soberbia mataron a sacerdotes, destruyeron sus creaciones por considerarlas demoníacas y literalmente quemaron su pasado, y con esto su orgullo. El siguiente fragmento está contenido en uno de esos textos histórico-legales que vieron la Conquista de los españoles como un proceso despiadado, impío para el amor propio, el cual demuestra la resistencia que adoptaron los habitantes de esas tierras ante quienes venían a destruirlos e imponerles una fe extraña. Sin duda una muestra programática de coraje que llama a la reflexión sobre nuestros orígenes como americanos.


Quetzalcóatl, la serpiente divina

En Cagcoh se hizo cuanto pudo y le respondieron los inocentes que no necesitaban nada: que ellos tenían su Dios; que no querían otro ni otra fe de Dios más que la de ellos. Hasta unos dijeron que para qué servía Dios, y que para qué servían los padres; que si seguía en la conquista sería el padre recibido en la punta de los dientes, y lo haremos pedazos, y al mismo tiempo manifiesto mi valor.

 Hay algo que ocurre al mirar hacia el cielo y sus estrellas: la idea inevitable de que el tiempo es cíclico, que todo suceso se repite de alguna manera. Esto no es el bullado fin del mundo el 2012, no: es arte, es religión, es fe, es pararse frente al futuro y tratar de comprenderlo con todas las armas intelectuales. No el montón de sandeces que se dijeron desinformando a la población sobre esta cultura. De manera que el pedazo de continente que ahora es México, Guatemala, El Salvador y otros cuantos países, albergó hace siglos a una magnífica civilización que fue despojada de todo lo suyo y que manejó, junto con ello, la precisión astronómica, el posicionamiento matemático de las cifras, la medida puntillosa del tiempo (baktún -144.000 días, katún -7.200 días, etc.). Por supuesto quedó algo para la posteridad, para nosotros: la memoria inspiradora —aunque fragmentada— de su expresión estimulante primero, desesperada después. El testimonio de quienes vieron sus conocimientos en la hoguera pero alcanzaron a decirnos cómo era su vida, y también su muerte.
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