Punta de rieles (Manuel Rojas)

Punta de rieles (1960)

Manuel Rojas(1896 – 1973)

Ed. Zig-Zag (1960)

N° Inscripción 22.874

256 páginas

Precio referencial: $ 10.000

Salieron. Los dos eran altos y de ojos claros; envejecidos por la noche. Estaban en las puntas de los rieles, como vagones viejos o averiados. Uno estuvo caído y fue levantado; podía volver a caer. El otro caía ahora y el que estaba de pie lo afirmaba.
Manuel Rojas está, sin lugar a dudas, entre los mejores narradores que ha tenido la literatura chilena. Hay incluso quien podría decir que él ha sido el mejor y no existirían demasiados argumentos para contradecirlo. Rojas ha alcanzado la genialidad en algunos de sus cuentos (especialmente admirables me parecen “El delincuente” y “El vaso de leche”, como también “Canto y baile”). En cuanto a sus novelas hay algunas que son simplemente excepcionales: “Hijo de ladrón”, “Lanchas en la Bahía”, “Mejor que el vino“. Pero, digámoslo desde ya, las otras obras que quizás no alcanzan igual nivel, que están apenas un poco debajo de su propia cima, son buenas al punto de ubicarlo ya en la primera línea de la narrativa chilena y habrían sido suficientes para hacer que su nombre sobreviviera en el tiempo. ¿Qué quiero decir con esto? Que si una novela como Punta de rieles la hubiese escrito cualquier otro, habría sido, probablemente, su novela insigne y se le habría recordado por esta. En cambio, la figura de Manuel Rojas es tan grande que se hace sombra a sí mismo, y es así como novelas como esta pasan a un segundo plano cuando, la verdad, no tendría por qué ser así.
 Vamos a lo específico. Punta de rieles es una novela escrita con una estructura biselada. El autor adopta un artilugio literario dándonos a conocer un solo relato, compuesto por dos partes que se entrecruzan de alguna manera. El mismo autor indica que para la estructura de esta novela tuvo presente, en cierta forma, a Las palmeras salvajes de Faulkner.
La historia va así: un hombre humilde (Romilio Llanca) concurre a la oficina de otro. Desea conversar con él, contarle algo sumamente importante que no puede esperar, aun cuando es muy tarde, exageradamente tarde. Lleva las manos manchadas con sangre. Ha dado muerte a su mujer, por motivos que poseen una fuerte carga sexual, pero una sexualidad desbocada, insatisfecha de parte de la mujer de Romilio, que goza sin fin de los amores carnales, requiriéndolo hasta el agobio más absoluto. 

(…) como se producían de noche, que es la hora en que menos pelean las parejas, llamaban la atención. Vivían en una casucha de tablas y de calaminas, a la orilla de la única calle del campamento, y las palabreadas se oían desde lejos, aunque mejor se oían desde cerca. Algunas palabras dejaban sospechar de lo que podía tratarse: hostigosa, hasta cuándo la cargosea, ¿no eres hombre?, parece que fuera maricón usted, déjeme dormir. Algunas de estas palabras hicieron que la gente corriera la voz de que entre ellos, en las noches, algo no andaba bien. ¿Qué era y quién tenía la culpa de que no anduviera de otro modo? (…)

Y, por otra parte, el interlocutor (Fernando Larraín Sanfuentes), un hombre de buena familia, le escucha, comparándose desde un principio con aquel que ha cometido el asesinato, con ese hombre de pueblo, aquel que ha caído en una acción que él mismo opina menos reprobable que todo el daño que él ha hecho en su vida, al haberse permitido caer en el vicio del alcohol y la cocaína, en el vicio enfermizo de la fiesta interminable que hace que todo se estropee irremediablemente.
(Con mi padre) (…) Solo vinimos a conocernos cuando yo tenía diecinueve años, una madrugada en que él y yo, bastante puestones, nos bajamos al mismo tiempo, yo de un automóvil y él de un coche, delante de la puerta de la casa. Nos quedamos mirando, yo, muerto de susto, él sorprendido. Ninguno de los dos podíamos esconder la mona. Me pareció que era la primera vez que lo veía —casi siempre lo había visto en cama y desde lejos—, y él, por su parte, debió sospechar, más que saber, que yo era su hijo (…)
Y es así como la historia se divide: tenemos por una parte la narración en forma de diálogo de la vida de Romilio Llanca quien acaba de matar a su mujer, los motivos por los cuales llegó a dicho acto y, por otra parte, el pensamiento de Fernando Larraín recorriendo cada trago de su propia historia mientras oye la ajena, la historia de su afortunado apellido, de su vida inútil y estropeada, aun cuando su abolengo le permitía y permitió abusar largamente de los beneficios que la mayoría de los hombres no tienen, hombres humildes como Romilio. La historia de cómo destruyó su matrimonio, cayó en el alcoholismo y en la adicción a la cocaína. Todo esto en el Chile de la primera mitad del siglo XX.
Por supuesto, habrá un momento en que ambos relatos (o relato y pensamiento) vuelvan a unirse en una sola conversación, dando fin a la historia.
Hay varias cosas que llaman la atención, por ejemplo, la utilización de un personaje de buena familia, pero haciéndolo comportarse de manera tal que lo hace “caer” en escalafón social. Es, en el fondo, un hombre derrotado. Esto reafirma en buena parte cuáles eran las temáticas y obsesiones que a Rojas realmente le interesaban. Produce, por sobre todo, una obra en que dos seres de muy diferente estrato social, han destruido su propia vida, sus posibilidades, por errores o defectos personales. Eso los hermana y hace iguales a pesar de diferencias de clases. Por otro lado, Fernando Larraín es quien baja y se asienta en la clase más humilde, porque ahí encuentra recogimiento y tranquilidad real. Hay una exaltación, a final de cuentas, de los valores más sencillos y humanos (y no un desprecio hacia las clases altas: se libra Manuel Rojas, como no lo conseguiría un escritor menos virtuoso, de hacer propaganda social).
Por último (solo para los fines de esta reseña), resulta curioso y loable cómo este autor, dueño de tan buenas y grandes historias, demuestra también ser capaz de jugar con las estructuras narrativas, manteniendo un equilibrio y armonía dentro de estas, manejando los tiempos y el suspense de la historia por dos cuerdas separadas. Tanto es así que, un autor como Belmar, en su novela Los túneles morados (por citar un ejemplo cualquiera) necesitó de un prefacio que pusiera sobre aviso a los lectores sobre la técnica y estructura narrativa utilizada. Rojas, en cambio, simplemente la aborda y sale airoso del trance, como si apenas fuese consciente de lo que ha escogido como medio para contar una historia.
Como siempre, es un gustazo leer a Manuel Rojas.
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