Religión y ciencia (Bertrand Russell)


Religion and Science (1935)
 Bertrand Russell (1872 – 1970)
Fondo de Cultura Económica
 ISBN: 9789681609382
 175 páginas
Precio referencial: $5500


La memoria no prolonga la existencia del pasado; es meramente un modo en que el mismo tiene efecto.

Bertrand Russell era uno de esos pensadores que es difícil hallar, ahora que con frecuencia los intereses intelectuales se polarizan y cada cual posee su especialización cegada en pos de la mera práctica. Lógico, matemático, filósofo y un pacifista empedernido, ganó el Premio Nobel de Literatura en 1950 y escribió más de una decena de obras sobre formas de razonar el advenimiento de la paz (se declaró totalmente en contra de fanatismos de cualquier tipo y aborreció la Primera Guerra Mundial), filosofía analítica y textos acerca del conflicto milenario entre religión y ciencia, uno de los cuales es el que ahora reseñamos.
En este libro de no más de 180 páginas, el británico hace una somera revisión de los orígenes de la disputa epistemológica y tangible entre estas dos ramas que, hasta donde sabemos, han constituido gran parte del mundo conocido. Echando mano a su capacidad de reflexionar estructurada, la cual a ratos parece excepcional, va demarcando en pequeños acápites la relación confluyente entre la astronomía, la medicina, la evolución, la dualidad cuerpo-alma, relacionándolas con las murallas que ha puesto la convicción religiosa —generalmente occidental— para que tales conceptos se aclaren de manera plena y acorde a la realidad.


 Refiriéndose en sus primeras páginas al famoso giro que proporcionó Copérnico al postular que la Tierra giraba alrededor del Sol, y no al revés, Russell confirma desde un principio la egolatría literal que ha propugnado el pensamiento religioso, planteando al ser humano como el centro y, por lo tanto, dándole una posición especial como quien debe crear leyes éticas, muchas veces pretendidamente inmutables pero, como vemos, cuestionadas por intelectos científicos que con el paso de las décadas han cimentado teorías para entender a cabalidad los fenómenos del medio.
Está Galileo, el renacentista íntegro, quien trajo mediante sus observaciones y experimentos variadas teorías astronómicas que cambiaron la concepción aristotélica de los cuerpos celestes, defendida una y mil veces por sectores retrógrados. ¿Qué hizo la Iglesia? No estuvo de acuerdo, lo persiguió, lo censuró, lo quiso encarcelar. ¿Y él, que dijo? “Eppur si mouve” (“Y sin embargo se mueve”), manchando su renegación de la teoría heliocéntrica con un orgullo simbólico, abrumador. Darwin, por su parte, fue también criticado por su teoría de la selección natural, no encontrando camino entre los creacionistas, quienes creían que los nuevos postulados demolerían la veracidad de los acontecimientos bíblicos. Luego, de todos modos logró triunfar —o el tiempo hizo lo suyo—. Copérnico, ya lo sabemos: también fue enfrentado por la megalomanía de los hombres de fe (más bien de religión, pues existe una diferencia y leyendo estas páginas queda muy claro).
Sobre “hombros de gigantes” (como decía Newton), Russell explora las historias de estas mentes sin descartar que puedan llegar a nacer otros a cuestionar la vigencia de su época, como el mismísimo Albert Einstein. Con ayuda de ellos se aproxima a los inicios de aquella resistencia del método científico frente a los obstáculos de la religión tan enamorada de la falta de dudas, dando cuenta que si bien no puede haber un consenso inmediato, porque sería antinatural, es posible escuchar argumentos de uno y otro lado y llegar a conclusiones, como lo hace al comentar los dichos expuestos en un programa de radio de la BBC, en que hombres ligados a las instituciones eclesiásticas enfrentan sus posturas con doctores y científicos con nociones bastante claras sobre el tema. Uno de los tramos más apasionantes del libro.


Galileo presentándose ante la Inquisición, pintura de Joseph-Nicolas Robert-Fleury, siglo XIX
Pueden ser una minoría en la comunidad aquellos para los cuales la libertad intelectual es personalmente valiosa, pero entre ellos están los hombres más importantes para el futuro (…) Si se les impide realizar su obra y que produzca su efecto debido, se estancará la humanidad y sucederá una Edad Oscura como la antigua Edad Oscura sucedió al período brillante de la Antigüedad.
Como si lo tuviera todo ordenado de antemano, Russell llega a una conclusión remecedora: si bien el avance de la ciencia es idóneo en su justa medida, la técnica se ha vuelto nociva en algunos aspectos. Desde uno y otro lado, entonces, hay que temer a la imposición irracional de las doctrinas, es decir, de cualquiera que quiera ostentar hegemonía mediante la fuerza. La esclavitud a las ideas incuestionables y estáticas no es, en definitiva, el camino a seguir.
Es por ello que este es un libro imprescindible para comprender el desarrollo de la ciencia en particular y ciertos sucesos cruciales —lamentablemente con frecuencia desconocidos— que atañen a nosotros mismos, a la raza humana. Cada uno de sus diez capítulos se conecta con el anterior y el siguiente, evidenciando cómo se han entrometido históricamente científicos y religiosos, en una disputa de nunca acabar. Además, de la mano de este gran filósofo es mucho más simple ir avanzando cada página, pues su forma de explicar es prolija e ideal para el tema, ya que él también formó parte del grupo de ese grupo de hombres que aportó al desarrollo de la razón y el criterio.
Quizás no exista en el mercado editorial en español una mejor manera para introducirse a estos temas, a veces tan ásperos de aprehender, pero merecedores de toda nuestra atención.
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