Mejor que el vino (Manuel Rojas)


Mejor que el vino (1958)
Manuel Rojas (1896-1973)
Editorial Zig-Zag 
N° de Inscripción 20234
265 páginas 
Precio referencial: $10.000
(…)pues puede uno conocer la boca, todo lo que quiera, en meses o años de enamoramiento, su lengua, sus caricias, mejores que el vino, y no conocer aquello y en ocasiones no llegar a conocerlo, ya que no todo enamoramiento conduce a ello, así como a veces se conoce sin necesidad de enamoramiento.(…)
Mejor que el vino es otra de las novelas de la tetralogía que comienzan con el tan justamente afamado y reconocido Hijo de ladrón. En esta novela conocemos la vida que llevó el mismo Aniceto Hevia hijo, ya crecido, desde alrededor de los 25 años hasta los cuarenta y tantos (se cita en algún momento el año 1935, cuando él todavía está en sus 20). Han pasado muchos años desde que lo dejamos abandonado en el anterior libro. En Hijo de ladrón, al final, ha quedado en una caleta, camino con dos amigos en vías a trabajar como pintor. Un futuro que desconocemos lo espera. En esta ocasión, en cambio, ya no se trata de un joven desamparado y en formación sino que hablamos de un hombre en propiedad, quien consigue enterarse, por mera casualidad, del destino que sobrellevaron sus hermanos, tan distinto al suyo tan sufrido, y de cómo él con su timidez y cortedad de carácter, ha ido urdiendo una vida, mayormente de estrecheces, hasta enamorarse y apasionarse (dentro de las posibilidades que su mismo carácter le permite) hacia una o más mujeres, en distintos momentos de su vida. Pero la vida siempre lo sigue golpeando, y si ya no es el hambre necesariamente, bien puede serlo el amor, o la vida con sus preocupaciones domésticas y quehaceres cotidianos.
—Sí, no me cuentes nada de eso, lo sé todo y sé también otras cosas: cómo, a medida que tenías hijos, aumentaba, junto con tu amor por ellos, el terror de la pobreza —¿qué haré si sigo teniendo hijos?, te preguntaste—: todo subía de precio, parecía que los precios estaban subiendo desde el principio del mundo y tu sueldo y el de tu mujer alcanzaban apenas para vivir o no alcanzaban y tenías que pedir prestamos a algún amigo o a alguna institución, comprar a plazos ropa, los muebles, la vajilla, y entonces decidiste, lleno de amargura, limitar tu familia, no seguir teniendo hijos; pero tu pasión era a veces más fuerte que tu temor a la pobreza y hubiste de llevar a tu mujer, pasado el instante de pasión y reaparecido el temor a la pobreza, a un cuchitril en donde pudiste ver cómo, aquello que era para ti algo sagrado y secreto, se convertía, era convertido, en algo profano y público y tratado como un obrero y tú ibas destrozado, sintiendo que algo se había roto en ti, algo que no sabías con precisión qué era, pero que valía mucho. No, no me lo cuentes. Lo sé. Es la historia de innumerables parejas, la íntima y miserable parte de la historia de una civilización.
Tampoco me cuentes que un día, cuando ya pensabas que a pesar de todo saldrías adelante, ella murió.
 Y, sin embargo, a pesar de la vida misma y de sus tristezas, es un hombre que va buscando aquello que no se identifica muy bien, pero que incluso es mejor que el vino (¿la pasión?, ¿el amor?, ¿el compañerismo romántico entre un hombre y una mujer?), y quizás ni siquiera buscando, sino que tropezando con aquello ya que su propio carácter no se aviene muy bien con todo ello. Es un hombre, Aniceto Hevia, después de todo, y como tal siente, sufre, se enamora y vive, cuando es necesario sentir, sufrir, enamorarse y vivir, sin que exista posibilidad alguna de dejar de hacerlo. Es, también, humano, y esa es muchas veces su carga. Y tiene tres hijos. Y luego es viudo.
En esta novela Manuel Rojas sigue sacando brillo a aquella joya narrativa que fue el Hijo de ladrón. Amplía la historia, juega con aquel mismo argumento alargándolo, llevándolo así a una temática muy distinta a la anterior, usando aquel mismo personaje tan entrañable, tan limitado en tantos sentidos y que por lo mismo resulta tan humano. Se distingue a la citada narración a que esta está confeccionada en una tercera persona bastante engañosa, que prontamente cambia a una primera persona o que se cuela en un monólogo interior, cambiando incluso de narrador muchas veces. Manuel Rojas sigue escribiendo, y lo seguirá haciendo durante toda su producción, de una manera que roza la autobiografía, o algo así como la autoficción, literalizando su propia vida, repletando sus libros de hechos vividos por él mismo, identificando personajes con personas reales, de carne y hueso, y situaciones y conexiones que él mismo vivió. Eso, como artilugio literario, especialmente considerando su época y los recursos a los que echa mano, es espectacular.
(…)“No sé cómo eres. Lo único que sé es que me atraes. Si me pidieran que te describiera no sabría hacerlo. Te siento, estás en mí, pero no sé cómo eres. Cuando estamos dos o tres días sin vernos, te veo mejor. Es como cuando uno acerca mucho la cara a un espejo; no ves nada, pero sientes que estás ahí y que eres tú misma, hasta te oyes respirar y ves que el espejo se empaña con tu respiración; si te retiras del espejo, te ves mejor, pero ya no eres tanto tu misma”. ¿Y de qué te enamoraste?.  “De nada en particular y de todo: de tus ojos, de tu boca, de tu cuerpo, de tu risa, de tu voz, porque aquella mañana había sol y hacía calor o porque estaba nublado y hacía frío; yo estaba alegre o triste, quién sabe, ya no recuerdo. Por otra parte, creo que dentro de mí hay una imagen tuya que es muy posible que no sea tu misma imagen” (…)
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