Ranquil (Reinaldo Lomboy)


Ranquil (1941)
Editorial Orbe (1971 –Séptima Edición)
N° inscripción 9245
Reinaldo Lomboy (1910 – 1974)
296 páginas
 
Perimuyin mai. “Sentenciados somos, sí”. (Del decir mapuche)
    
Para que todos entiendan esta reseña y, principalmente, de qué va este libro, es necesario que conozcan un poco la historia de Chile, esta historia que nosotros mismos como chilenos hemos olvidado o, aún peor, desconocemos. Esta es parte de la historia que no se enseña en los colegios, a la que no se le da importancia, por la que derramaron sangre nuestros pueblos bajo las armas del mismo Estado. Pero ahora ya es historia, y menos que historia, apenas una anécdota, y no se recuerda.
     Durante el primer gobierno de Carlos Ibáñez del Campo (o dictadura, mejor dicho), entre los años 1927 y 1931, sucedió que en las altas cimas cordilleranas en torno a la Región del Bio-Bio, Lonquimay, Ranquil, como consecuencia de la colonización por extranjeros de bastas zonas, del arrinconamiento de nuestros pueblos autóctonos cada vez más alejados de las tierras que ancestralmente les pertenecieron, se les otorgó por el Estado a un buen puñado de chilenos empobrecidos, pequeñas hijuelas o parcelaciones de terrenos, en aquellas tierras apenas fértiles, ya que las más productivas habían sido dadas a grandes colonos y extranjeros. Eran parcelas que apenas tenían el tamaño suficiente para asegurarles una subsistencia hambrienta, precaria, contra aquel invierno gélido de las altitudes cordilleranas.
     Esos fueron los terrenos que les dieron. Aquellos hombres y familias pobres fueron tan felices como es posible, teniendo su propia tierra (aunque pedregosa) para cultivar. El gobierno, quien les cedió los terrenos, jamás se preocupó por adecuar los títulos de dominio conforme a la ley.
     Luego de transcurridos años suficientes como para que estos hombres lograran convertir aquellos pedregales en tierra productiva surgió lo que nadie esperaba: La Sociedad Puelma Tupper hizo una reclamación judicial sobre la propiedad de esos terrenos. La orden de desalojo no tardó. Carabineros de Chile fue presta a cumplir las instrucciones judiciales. La gente se reunió y organizó en una especie de sindicato. Le pidieron al gobierno de Alessandri que interviniera. No solo no pidieron que les solucionara el problema, sino que ellos mismos ofrecieron la solución: ofrecieron que el Estado comprara al terrateniente esos terrenos que el Estado ya les había dado y que, posteriormente, se los vendiera (sí, vendiera) a ellos mismos, quienes estaban dispuestos a pagar por ellos a plazo.
     El terrateniente se negó. El Estado prefirió no involucrarse más. Llegó el desalojo. Estos que ya eran pobres fueron desterrados a otra zona cordillerana aún más inclemente que la anterior, a tal punto que la nombraron como “el matadero” porque sabían que no tenían ninguna posibilidad de hacer producir la tierra para ese invierno, y como se trata de cordillera, ahí los encontraría la muerte lenta, hambrienta y terrible.
     Así mismo comenzó a ocurrir.
     El pobrerío vive de los piñones. Sin embargo, el rico lanza también su rapiña a la montaña y recoge sacos y más sacos: vende los frutos en las ciudades como artículo de lujo en las esquinas, entre la neblina invernal. Las empleaditas que hunden sus dientes en la pulpa tibia, con regodeo de coquetería, nunca saben que están mordiendo la vida de unos montañeses encarcelados entre cordilleras.
     Los niños comenzaron a morir primero. Los ancianos luego. El hambre arreciaba. Las manos estaba vacías. ¿Qué hacer? El Estado le había dado las espaldas, los carabineros quemado sus casas, su poca siembra, sus ropas. No tenían dinero: el poco que ganaban algunos hombres lavando oro en la cordillera era cambiado por fichas en las mismas pulperías que pertenecían a los mismos terratenientes; el negocio era redondo, primero los engañaban en el peso del oro, luego en el precio de la mercadería.
     Y sucedió lo único que podía suceder. Como una marea el campesino empobrecido, hambriento, bruto, se reveló, atacó las pulperías, las casas de los fundos de las casas ricas.
     ¡Ironía! El Estado por fin se hizo presente: envió contingentes y contingentes de policía armada, de militares, como quien suelta los perros a la calle… y comenzó la matanza. Por un lado los hombres armados y entrenados, por otro los campesinos con sus escopetas mohosas, hambrientos, pero decididos a recuperar la tierra que consideraban suya y, por sobre todo, su dignidad.
     Fue una masacre.
     Cientos murieron, otras tantas decenas escaparon por Los Andes, hacia Argentina (hasta el día de hoy, desperdigados por la Patagonia trasandina, familias de origen chileno viven allá, sin saber cómo ni por qué alguna vez sus ascendientes cruzaron la cordillera y cambiaron de nacionalidad, porque esta historia se ha perdido, así como buena parte de la memoria). Las cifras son elocuentes: existen testimonios de la época, en diarios conservadores que indican que hubo 500 detenidos en todo el tiempo que duró esta pequeña revolución por la tierra, de los cuales solo 23 llegaron a ser puestos a disposición de un juzgado, los otros: campesinos, mapuches que se les unieron, mineros del oro miserable, todos desaparecidos, todos muertos. Y esa cifra no contempla siquiera el número de gente que jamás fue detenida, que simplemente murió baleada, atropellada, torturada por la autoridad.
     Al final, esos 23 fueron amnistiados. En algún momento el problema fue tan grande que el Estado de Chile comprendió que con su displicencia, con su arrogancia, lo único que había logrado era convertir en asesinos a un montón de uniformados, y en víctimas a un gran puñado de chilenos que hacían patria en los terrenos que él mismo les había dado, en las zonas altas de la cordillera.
     Todo esto es lo que ocurrió en el Fundo de Ranquil.
     Ranquil, la novela, es esta historia. Es una historia comprometida, política, que denuncia con pavor los hechos que habían acontecido en el año 1934 (7 años antes de su publicación), que fueron acallados por los medios de derecha, por los organismos del Estado. Cuenta la historia de nuestro pueblo más rural, del Chile más sacrificado, de aquel que hace patria en los lugares más inhóspitos, justamente a aquellos que la misma patria les da la espalda cuando claman por ayuda, por hambre, por sobrevivir.
     La novela es dura, fuerte, bien escrita, política y comprometida, como ya dije. Pero no podría ser de otra manera, no podría pretender lirismo ahí donde solo hubo la muerte de un sueño. Es parte de nuestra historia olvidada, justamente de aquella que jamás debiésemos olvidar, aquella que nos dice lo que pasa cuando olvidamos que nuestros gobernantes están ahí para servirnos y no para servirse a sí mismos.
     Sé que he dedicado poquísimo espacio para referirme a la novela, que es precisamente de lo que debiese tratarse esta reseña. Pero para qué, si Reinaldo Lomboy lo hace mil veces mejor, con mayor claridad y conocimientos, y traspasándonos a través de sus líneas el sufrimiento popular, que ya no vale ni siquiera una hora de clases en nuestros colegios:
”     Los llevaron amarrados al pegual de los caballos. Amarrados al pegual de sus caballos, dieron látigo a los cautivos para avivar su marcha. Amarrados como bestias al pegual de los caballos, los hombres eran carne para el látigo. El perplejo asombro de lo imposible de su cautiverio les sellaba las maldiciones en los labios.
     El Ránquil se les vino de súbito con el lomo hinchado por el cauce pedregoso. Arrastrados por los caballos cruzaron el río: el frío del agua los cubrió más que las matas, hasta los hombros. Las ojotas tenían deslizamiento de jabón sobre las piedras, arrastrando las piedras en resbalones que daban con ellos de espaldas en el agua, inundándose los estómagos en náuseas menos amargas que el desconsuelo de hallarse rendidos.
     Al pegual de los caballos hasta Troyo, cruzando de nuevo el río; pero ahora los prisioneros maniatados iban al anca para que no muriesen ahogados, porque aún no era llegada la hora de su muerte.
En la orilla, un verde dijo a Robledo:
—Desmóntese, compañero —sarcástico. Y de un culatazo lo echó caballo abajo, amarrado de las manos como estaba. Robledo se mordió las manos en impotente furia. Vociferó:
—Cebensé, perros, cebensé en esta carne, que así amarrada no más pueden golpear.
     En su carne y en la de su compañero se estuvieron cebando mientras los interrogaban. Después, por la abrupta orilla del río que abajo en el barranco se ahocina cadoso, los echaron a andar. Iban con los ojos túmidos hasta la ceguera y con la cabeza llena de burujones a fuerza de golpes. Hechos una sola llaga, apenas con voz en el misericorde torpor de los sentidos, muriendo ya, caminaron a traspiés un breve trecho.
— ¡La pagarán, carajo! ¡Viva la revolución campesina! …
Tras el estampido de varias detonaciones, los dos hombres se tambalearon, hicieron una grotesca pirueta en el vacío. Abajo se abrió el agua en vorágine de espumas. Y siguió el río su curso, lento, poderoso y sonoro”. (pág. 244, 255. 7ma Edición. Ed. Orbe. 1971)
      Les dejo una serie de Links útiles, por si les interesa conocer en mayor profundidad sobre la llamada Masacre de Ranquil:
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