
Alhué (1928)
Editorial Nascimento (6ta Ed. -1961)
N° Inscripción 1407
José Santos González Vera (1897-1970)
N° Inscripción 1407
José Santos González Vera (1897-1970)
142 páginas
Precio referencial: $ 5.000
De Alhué alcancé a obsequiar sólo cuatrocientos ejemplares, porque los lectores, llenos de sentimientos generosos, agotaron el resto de la edición en no menos de doce años
Alhué significa, en lengua mapudungun, "morada
de muertos". El autor escogió este nombre, nombre que corresponde asimismo a
una localidad rural (y extremadamente más rural cuando concibió esta
pequeña novela, allá por el año 1928) de Chile, porque le parecía que su
significado retrataba muy bien el cómo era la vida de provincia… Una tierra
donde moran los muertos.
José Santos González Vera fue un escritor
austero, poco prolífico, que ganó el Premio Nacional de Literatura (de Chile) en
el año 1950, con apenas dos novelas publicadas, Vidas mínimas y esta. Posteriormente vendrían otro puñado de
publicaciones, entre las que se encuentra la notable obra autobiográfica Cuando era muchacho.
Se imaginarán que, siendo un autor escazamente
publicado, su premiación como máximo exponente de las letras nacionales redundó
en escándalo. Luis Durand, su principal contradictor (expositor del criollismo
que el mismo González Vera ayudaría a desterrar a través de su narrativa) dijo
de él que “las obras completas de
González cabían en un cuaderno de composición”.
Muchos lo defenderían,
especialmente el reputado crítico chileno Alone, quien, normalmente duro como el
que más, no escatimó halagos ante este reconocimiento:
¿Por qué tiene ese aire de príncipe? ¿Dónde lo ha cogido? No será entre las Vidas mínimas ni el Alhué. Pero el hecho es que mientras autores pertenecientes a las capas sociales elevadas, salidos del riñón de la aristocracia, se fruncen, pulen y complican, son siúticos, archisiúticos, éste posee por derecho propio la sencillez, la naturalidad y la transparencia, unidas al giro original y al rasgo insólito, a la gracia menuda, refinada.
Alhué, el libro, se supone que no comenta sobre la localidad del
mismo nombre, sino que otra llamada Talagante. Es una novela bastante breve. En
ella describe sus calles, sus gentes, la vida en el pueblo, y muestra entre
cada una de sus líneas el paso quedo de sus habitantes, el silencio de sus
calles de tierra, la inmovilidad social de sus habitantes. En aquella época, ir
a Talagante significaba viajar ya sea en auto (o carreta) por varias horas, o
incluso creo que tomar un tren en algún momento. Ahora está justo ahí, a la vuelta
de la esquina. La ciudad ha ido atrayéndolo, acortado la distancia que había
entre ambos. En sus calles hay condominios donde familias repletas se mueven
casi a la misma velocidad de quienes vivimos en la ciudad misma, pero cuando
José Santos vivió ahí era el paradigma de provincia. Hoy, un viaje en auto, por
la autopista por la que se accede, no queda a más de treinta minutos. Es otra
vida.
No existe un personaje central en
el relato, no como personaje propiamente tal, sino que es el pueblo y su gente
como conjunto informe su protagonista.
Qué hay en todo esto, qué lleva a
este libro haber sido tan ensalzado y estudiado en su momento (y ahora en buena
parte olvidado). Es muy simple, y a la vez complejo. Es la forma en que está
escrito, aquel tono casi distante, como de observador, escueto hasta decir
basta, sencillo, depurado diría especialmente, logrando a través de él,
escribiendo poco y muy poco, decir mucho. González Vera va creando imágenes
tangibles con apenas unos trazos monocolores. El autor no grita por sus
personas, ni por el tiempo que transcurre, ni las puertas de maderas que se
azotan cuando el viento corre. No. Apenas describe, mezquinando palabras pero
formando, de una forma llana y sobre todo depurada (he caído en esa palabra y
ahora pienso que es lo que mejor describe esta prosa), cada imagen, escena que
muestra.
No puedo decir mucho más. Qué más
podría decir. Ni siquiera un extracto haría fiel justicia porque González Vera
se ha alejado de todo lirismo innecesario, de cualquier cosa que suene o que
busque crear un impacto; no es la ola chocando, sino que más bien el flujo
constante y suave de la marea subiendo, casi imperceptible, para luego marcharse, sin ningún aspaviento, pero dejando su mella.






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