Mémoires
d’un fou (1900-1901)
Libros del Zorzal
ISBN: 9781081448
Gustave Flaubert (1821 - 1880)96 páginas
Precio referencial: $ 4000
Pero el hombre tiene un alma inmortal, hecha a imagen
y semejanza de Dios; dos ideas por las que derramó su sangre, dos ideas que no
comprende: un alma, un Dios; pero de las cuales está convencido.
Gustave Flaubert fue uno de los
mayores escritores de todos los tiempos. Sus novelas Madame Bovary (1857), Salambó
(1862) y La educación sentimental
(1869), entre otras, provocaron que hasta el día de hoy su obra sea estudiada y
comentada por amplios círculos de especialistas y lectores de todas las
latitudes. Así y todo, en este libro se nos presenta a un narrador-autor
distinto, o al menos develado en su privado acontecer: un artista menos
afamado, menos maduro en varios sentidos y, por sobre ello, mucho más
atormentado por la vida. Un joven de 17 años que, repleto de ensoñaciones y
pesadillas que se imagina a cada tanto y estimulado por el amor, vive en un
estado de observación y sentir perpetuos, acercándose a la verdad de los libros
por primera y definitiva vez, para siempre.
En estas memorias,
Flaubert es uno y todos los hombres. ¿Por qué? Porque cada sentimiento, cada
impresión vital mediante la escritura es, para él, aplicable a todas las almas.
O quizás a todas las que merecen —sin quererlo— ser atacadas, mutiladas y urdidas
por el arte. Esas que, como la de él, están alejadas de lo rutinario, de lo
convencional de una vida con horarios y deberes fatuos; esas que, como la de
él, ven en el arte en general, y a la literatura en especial, como un
salvavidas en el mar de las vicisitudes del espíritu, que lucha a cada hora por
no ahogarse.
Este es un libro peculiar. Aparte de
serlo porque en él se nos muestra en toda su expresión sentimental este
intelectual, lo es porque está narrado de una manera tan precisamente poética
que las palabras se mecen y se dan enviones unas a otras, con toda la magia que
es capaz de dar el recurso de la
hipérbole a textos en los que la pasión es la suprema directriz. Todas las
heridas a las que se sabe expuesto el escritor, el influjo de la tiranía y el
deseo de la carne, son manifestaciones que mediante este estilo cuidado quedan
al descubierto, mostrándose de una manera en la que el lector puede casi
intentar “ponerse en los zapatos” de quien está sufriendo, esperanzándose con
él, perdiendo la inocencia del mundo —de nuevo o no— con él… casi en tiempo
presente.
Por supuesto, junto
a su propia manera de escritura también está el Flaubert enamorado. Tan así,
tan perdido en un sentimiento nuevo, que incluso llega a afirmar que la
autobiografía no empieza hasta que empieza el amor por una mujer, por María,
que es todo; que no empieza hasta que esta lo encandila con su marea y el
advenimiento de su presencia, cuyas astas golpean mucho más fuerte a la edad a
la que está escribiendo todo esto. Ya que para el escritor la etapa que está
transitando y contando no es el paraíso meloso y recordado como la época de
éxito; para él la juventud es el vaivén de la desorientación en un ambiente
difícil, y el triunfo de la locura.
Juventud: tiempo de locura y de sueños, de poesía y de tontería, sinónimos en boca de las personas que juzgan el mundo sanamente. Allí fui contrariado en todos mis gustos: en clase, por inclinaciones de salvajería solitaria. A partir de entonces, fui un loco.
En este pequeño libro también hay
nociones que construyeron el pensamiento posterior del autor y su propio pasar,
su visión de mundo que, aun habiéndose forjado con tan pocos años de vida,
parece totalmente enraizada en un convencimiento inamovible.
Por ejemplo, habla a
veces sobre el arte, su naturaleza y la naturaleza misma de nuestro entorno.
Dice que el arte este es vanidoso, que se muestra altivo frente a las cosas del
mundo, pues imita algo que está más elevado. Una idea acabada como muchas de
las que es férreo constructor, como esa lucidez que dispara en algunos pasajes,
esa según la cual la duda es la vida, el motor del alma de los hombres y al
mismo tiempo su locura indefectible.
Para las almas, la duda es la muerte, es una lepra que corroe a las razas gastadas, es una enfermedad que viene de la ciencia y conduce a la locura. La locura es la duda de la razón. Quizás sea la razón misma.
¿Quién lo prueba?
Viajero empedernido y hombre de
mundo, salvador urgente de un amigo con problemas económicos y consciente
productor de literatura: eso es todo lo que no se muestra de Flaubert en este
texto, todo lo que este artista iba a ser, y que aquí se presenta solamente
como el germen ínsito del ser desvalido y sin experiencia que empieza a
descubrir la existencia a través de los libros, el amor y su multitud de ideas
sobre la sociedad, cual inquieto filósofo que quiere izar y aprehender lo que
le rodea mediante las palabras.
Con una cadencia particular, que se apura y agrava
a medida que más temas delicados se van tocando, el relato, el espejo para
comprenderse, está sumergido en un dejo de nostalgia que evidencia el ánimo de Flaubert
al momento de sincerarse consigo mismo. Una nostalgia de lo que no ha pasado
aún, del sueño de coleccionar hitos y sentimientos de vida lo máximo que se
pueda, esforzándose por no extraviarse.
No hay nada sino tinieblas alrededor del hombre, no hay más que vacío, pero él quisiera algo estable. Él mismo va rodando en esa inmensidad de lo vago donde desearía detenerse, se aferra a todo y todo le falla: patria, libertad, creencia, Dios, virtud; tomó todo eso y se le fue de las manos; es como un loco que deja caer un vaso de cristal y se ríe de cómo se ha hecho trizas.
Memorias de un loco es una obra que habla de Flaubert, sí. De su verdadera libertad, de su finitud, de su pretendida fuerza intelectual, de su inquietud, sí. Pero sobre todo es una obra que no debe dejarse pasar, puesto que, Flaubert mediante, se refiere a la sociedad entera, y no precisamente a una sana y libre de toda culpa, sino que a una maniática que anula sin piedad el movimiento, y lo que con mucha probabilidad es más grave aun, el pensamiento. A una civilización que lo tildó sin vergüenza de loco y que, después de desaparecidos su soberbia y sus construcciones altisonantes, dará paso hacia el momento definitorio en el cual —como él prevé— “el hombre irá a morir a los bosques”.







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