La lección de pintura (Adolfo Couve)


La lección de pintura (1979)

Adolfo Couve (1940 – 1998)

Editorial Pomaire

98 páginas
Mi libro no es la lección de pintura; es la lección de la vida. La novela muestra que nadie le arrebata a uno su talento que surge en cualquier parte y al que colaboran los demás. Pero la persona que lo logra, debe saber que eso tiene un precio y ese precio es la soledad.
Adolfo Couve
     Adolfo Couve fue, principalmente, un pintor chileno fallecido hace un tiempo, de una alta reputación quien, al mismo tiempo, fue profesor en la Universidad de Chile, por supuesto en la facultad de Arte. Alrededor de los 60 dejó de lado los pinceles y se abocó de lleno a la literatura, más tarde, a mediados de los 80, haría el camino inverso.
     Es un caso curioso, este del pintor que se vuelve escritor y que traslada todo su conocimiento estético desde los colores a las letras, haciendo el mismo ejercicio de composición que antes hacía sobre la tela, ahora en el papel.
     La lección de pintura es su obra (literaria) más reputada. Cuenta la historia de un niño, un pequeño prodigio, Augusto, quien tempranamente descubre su amor por la pintura, dentro de un contexto de pobreza en la vida pueblerina de la localidad de Llay-llay. Con este descubrimiento el empleador de su madre, un farmacéutico, se encarga de ponerlo bajo su resguardo y de, sin intervenir, empujarlo en aras de su crecimiento artístico.
     Este relato, aunque escrito en un tono atemporal y de una manera incluso un tanto distante, como el momento en que el pintor se aleja del cuadro unos metros para apreciar la armonía de la composición en su conjunto, deshaciéndose del influjo que causa tal o cual sector o tonalidad en particular, posee varias particularidades. Antes que todo, posee una economía en sus recursos, claramente buscada y ejecutada, que deja traslucir la intención estética del autor. Más aun, su forma de construir sus párrafos no hacen eco de las características narrativas de la literatura chilena, que venía arrastrando ya hace décadas algo cercano a un neo barroquismo (aunque esto podría discutirse anteponiendo las características y tono de la generación del 50, que también parecieran ser una negación a sus antecedentes, pero no lo son en el sentido casi exento de cualquier influencia interna de La lección de pintura).
     Ya lo decía desde un comienzo: el pintor escribiendo es un caso extraño. De partida podemos suponer a una persona que posee todas las características formales que se requieren para llegar a escribir una nueva novela, pero que no conoce como es debido los instrumentos para hacerla. Se ve, como adelantaba, su preocupación por la composición, por el tono, los colores de la narración. Se ve también su falta de apego a la tradición literaria chilena, pudiendo situarse como emparejado con otras corrientes extranjeras.
      
     Ignacio Valente dijo (El Mercurio, 16 de marzo de 1980), bellamente, sobre su prosa:
Este quijote de nuestra novela sigue empeñado, a contrapelo del tiempo y del espacio, en escribir una prosa flaubertiana e intemporal, muy depurada, sobre asuntos inactuales, con argumentos que discurren en línea recta, modelo de precisión y brevedad, como si no hubieran existido Proust, Kafka ni Joyce.
      No es una crítica injusta. Pero digámoslo desde ya, también tiene su parte de halago, de una forma compleja, pero lo contiene.
     ¿Qué es lo más destacable de esta novela? Su temática. Contrariamente a lo que podría pensarse no se trata sobre el reconocimiento y progreso de un genio en alguna ciencia o arte, sino que sobre las dificultades que conoce el artista en su camino o, incluso menos, sobre una gran e inmensa dificultad que se sienta sobre sus hombros: la soledad.
     Es como si Couve quisiera mostrarnos qué fue lo que encontró en su vida, en su senda en el arte, cuando todo en su forma de ver las cosas, de percibir el medio, se ha trastocado en una sensibilidad propia, enfocada a resolverse y manifestarse a través de un medio en específico —en su caso la pintura y, en cierto momento, la literatura— y cuál es la carga se que se asigna como correspondencia hacia ese sensibilidad.
     El estilo narrativo se somete a esa intención, a esa “anécdota” que pretende contarnos. Los personajes son pequeños, leves, casi desprovistos de cualquier tipo de profundidad psicológica, los paisajes casi inexistentes, el entorno apenas sugerido. Couve ha escogido repletar con un trazo firme y amplio a la vez, todo aquel contexto del motivo principal, esa soledad que viene al encuentro del joven pintor.
     Hay un momento que gráfica claramente toda esta intención, y lo hace a través de esta pintura, Le 9 Thermidor de Raymond Monvoisin.
      En ella Robespierre está rodeado de gente, en un momento bastante crucial de la historia de la Humanidad. Todos están alborotados, todos gritan y se mueven, apretujándose. Robespierre está al centro, con una campana en la mano; nadie lo oye, él trata de captar la atención del concilio, pero nadie lo toma en cuenta, él y su campana, él y nada más que su campana.
     Y el niño, Augusto, se siente profundamente atraído por este cuadro al verlo. Quizás se haya reconocido en él, se sugiere tal cosa, pero el autor no lo dice, con apenas un trazo lo ha dejado ahí para que el lector se fije con atención en aquella parte precisa de la composición. Diría yo que aquel recurso, en su sutileza, en la forma leve e incolora que ha sido utilizado, ha sido traído más desde la pintura a la literatura que tomado por él desde otros escritores. Es, en suma, un intento curiosísimo, no solo por su autor, si no por la manera en que trasplanta recursos exógenos a la literatura y permite que se cuelen entre las palabras.
     Hace no mucho tiempo atrás se la llevó al cine. Así, el autor logró traspasarse a otra forma de arte, aunque sea indirectamente. Así y todo, por lo pronto, no me referiré a la película, no se puede hablar de lo que no se ha visto.
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