La mala estrella de Perucho González (1935)
Editorial Universitaria
N° Inscripción 39.305
Alberto Romero (1896- 1981)
N° Inscripción 39.305
Alberto Romero (1896- 1981)
263 Páginas
No exageramos ni un ápice cuando decimos que en la capital de la República hay dos mil quinientos delincuentes de oficio. Y con este número llegamos a formar el mayor porcentaje de delincuencia en el Mundo.
Ventura Maturana, Director de la Policía de Investigaciones durante la dictadura de Ibáñez del Campo, quien popularizó la práctica del "fondeamiento": arrojar al mar a prisioneros con piedras atadas a los pies.
Un niño pequeño, de esos que apenas puede
tenerse en pie, lanza un chillido en la populosa calle Placer en torno al
año 1920. Hoy en día aquel barrio todavía exuda a gente, a movilidad,
delincuencia también; no es un barrio amable, tiene una tremenda belleza
popular oculta, pero no es un barrio amable. Retrocedan ahora mentalmente
ochenta o noventa años, retrocedan mentalmente en cualquier barrio populoso de
su propia ciudad esa cantidad de años y tendrán una imagen de dónde se sitúa
esta novela.
El niño, nuestro protagonista, vive en uno de
esos innumerables conventillos —cunas de tantas de nuestras familias de, ahora, clase
media— que vieron nacer y morir niños por montones de enfermedades que por la
pobreza, insalubridad, falta de atención o importancia no tenían cura en ese
momento. Es apenas un infante, y nuestro narrador nos presenta el día en que
por fin logra cruzar de un salto, sin caer ni mojarse, aquel zanjón mal oliente
por el que escapan acuosos los más infectos desperdicios de cada una de esas
casuchas que se amontonan aterradoramente una encima de la otra, a través del
conventillo.
Pero esta no es la historia del niño-infante.
Esta es, quizás, la narración de aquel hombre que nos entrega el epígrafe de
esta reseña, aquella frase de un hombre de la misma época en que transcurre
este relato, esa que dice que dentro de nuestra población estamos atestados de
delincuentes y, en el fondo, gente de mal vivir… y mientras tanto vamos viendo, contrastando, palpando
cómo este niño va creciendo en la calle, haciéndose hombre de la única manera
posible que tiene una persona que nace en ese ambiente, y que con esos
medios de subsistencia puede ir tirando hacia delante.
Un chico, ¿para qué tanto embrollo?...Nacían tantos, se morían después a montones, y la vida, igual, seguía resonando con su acompasado tic-tac de reloj: eso era todo.
La visión es conmovedora. Sé que cualquiera de nosotros
respingaríamos la nariz al sentir el hedor de tanta inmundicia, pero
Alberto Romero —uno de los más grandes narradores de nuestra literatura
nacional e injustamente olvidado o relegado a un inmerecido segundo plano— nos
va mostrando, sin aleccionarnos, sin que su propia voz siquiera ensaye un
reclamo, cómo nuestro Perucho Gonzalez va creciendo en la selva que ha nacido,
cómo conoce la vida, cómo se lanza “a la aventura”, cómo lo acoge la calle,
aquel medio dónde vive y del cual ni siquiera es posible que se evada. Es un
hombre antes de siquiera dejar de ser un niño. Y la vida, tan injusta, a través de esta
novela, nos va mostrando cada uno de los ladrillos adobados que han ido
constituyendo la historia de nuestros propios pueblos, porque la historia del
Chile popular no es tan disímil del de cualquiera de nuestros países
latinoamericanos.
Y no alcanza apenas a crecer cuando ya está preso...
pero ese no es un final de historia, porque aún el autor lo acompaña con su
relato durante casi el año que está recluído, en esa cárcel que no es como
las actuales (como si las actuales no fuesen lo suficientemente malas), sino
que es la multiplicación de los vicios y defectos vigentes, agravados con
más de ochenta años de retraso.
La mala estrella… o la mala suerte. La vida
misma. No tenía otra opción. Era su destino. Qué decir. Sería su destino.
Me gustaría centrarme algunos momentos en la
forma de escribir de Alberto Romero, pero confieso que se me hace muy difícil
considerando lo demoledor del relato, lo fuerte de su presencia. Su puño es
preciso, cortante, repleto de modismos, localismos caídos en desuso hace
decenios, surcando cada hoja con párrafos cortos, a ratos incluso un tanto
inconexos, que hacen avanzar la historia de una manera absolutamente adecuada
al contenido de lo relatado, haciendo que leerlo sea un acto a momentos casi tosco en sí mismo.
Esta forma fraccionaria, un tanto desarticulada en su composición pero al mismo
tiempo tan sencillo en su vocabulario, tan popular, provoca la impresión de la
visión gráfica del relato. Olvídense de encontrarse con una prosa bien pulida y
trabajada, al contrario, Alberto Romero martilla con rudeza cada frase, pero no
como si quisiera abofetearnos con cada una de ellas, no como si buscase conscientemente
ocasionar el efecto que produce en el lector, sino que por el contrario; como
si su forma de escribir sus relatos no pudiese ser otra, como si su ritmo y
medios a veces también escasos de recursos no pudiesen ser otros para vivenciar
aquella forma de vivir tan similar a su escritura. Y es así como narración y
cada una de las palabras que conforman dicho relato se entrelazan como si
fueran uno, en una belleza no convencional, arrabalera si se quiere, pero
enternecedora como lo que más, en un resultado que increíblemente funciona por
sobre todo lo alto.
Es como si nos fuésemos sorprendiendo, palmo a palmo, que
toda esta gente —que también lo fuimos nosotros, o al menos nuestros
antepasados— contra todo pronóstico, fueran, día a día, no obstante,
sobreviviendo, y como si a cada golpe de frase, a cada puñalada que imprime no
a nosotros si no al papel, no podamos menos que sorprendernos que cada palabra
puesta junto a esa otra que no debiese ser, sin embargo, a pesar de sí mismas,
vayan produciendo una belleza tosca, pero sublime, como la vida que relata.
Otro esencial de la literatura chilena.









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