
La vida simplemente (1951)
Óscar Castro (1910-1947)
Ed. Andrés Bello (2002)
N° Inscripción 55.910
183 Páginas
Precio referencial: $7.000
Tuve fama de bebedor y de diestro en el vocabulario arrabalero en el tiempo en que otros niños aprenden en la escuela sus primeros palotes. Mi mundo era la calle, era la vía férrea, eran los cuartos de las prostitutas, era el salón en donde bailaba desnuda la Ñata Dorila.
El prólogo de esta edición corre por cuenta del
reconocido crítico literario Alone, quien —además de loar profusamente esta
obra— aborda un tema de suma relevancia y que a mi también me dio vueltas en la
cabeza mientras leía esta hermosísima novela: ¿cuánto debemos hurgar en la
propia vida del autor para encontrar y explicar sus motivos al momento de
escribir? Se los adelanto, no tengo una respuesta que valga la pena defender,
pero me doy cuenta que probablemente nunca antes me pregunté con tanta fuerza
cuánto había de real, cuándo de vivido en las líneas de un relato.
Roberto Lagos es un niño de diez años. Es un
niño chileno, que vive en un pueblito provinciano, en las calles sucias, en los
conventillos sucios, en los sucios lenocinios de su pueblito. Su familia es tan
pobre como solo podían serlo nuestros mismos habitantes a comienzos del siglo pasado,
dueños de una precariedad lacerante, de un hambre dolorosa en el vientre. La vida simplemente es la historia de este
niño que nace y crece en este mundo, un mundo que quizás ahora nos extrañe pero
que, en las primeras decenas del 1900, era la regla y no la excepción. Narra la
historia de su crecimiento entre arrabales, criándose sin padre, a veces sin
tener qué comer en casa, viviendo metido en los burdeles de barrio, de mala
muerte, donde hizo su escuela, lugar donde, a los diez años, ya conoció el amor
carnal en manos de una prostituta, misma edad a la que, con sus amigos y un par
de pesos ganados en los mandados de esa “casa de tolerancia”, iban a
emborracharse con chicha a un bar cualquiera.
—¿De dónde sacaste la plata?Yo me embutí las manos en los bolsillos y respondí con orgullo:—La gané con mi trabajo.Aquella vez, las caricias llegaron más tarde que de costumbre y no supe por qué lloraba Rosa Hortensia. El hombre y el niño libraban todavía en mí una batalla. Había cosas que no podía captar mi mente o que solamente vislumbraba sin penetrarlas.
Pero este niño tiene algo de especial. Si bien
es un menesteroso como tantos otros, de manera progresiva y bien construida por
el autor, se va encontrando con los libros, con la literatura. Aprende a leer,
con los pocos conocimientos que le traspasa una niña de otro de los tantos
conventillos, sin pisar jamás un aula y luego, enamorado de las historias que
lee, comete la osadía, más grande que cualquier acto heroico que había visto en
sus héroes —no sin varios intentos fallidos— de ingresar a un edificio que
tiene un cartel que dice “Biblioteca”, él, con sus pies descalzos, costra en
sus dedos, ingresa sin querer tocar nada, sintiendo cómo las cabezas de los
hombres de cuello almidonado que al interior leen van girándose en torno suyo.
Nunca antes se sintió tan oprimido, tan fuera de lugar, como si todo lo
rechazase, y sin embargo, el hombre a cargo lo trata amablemente, con cariño,
poniéndolo casi a su resguardo. Y sí, ese día y tantos otros, en vez de hacer
el viaje de vagancia diario por las calles del barrio, del burdel, de las
correrías y peleas, se dirige a la biblioteca donde el bibliotecario va
entregándole libro a libro. Y pronto estará en el colegio, y la vida continuará
su rumbo.
Desde lo alto eché una última mirada al barrio. Allí estaba la vía férrea, más allá los potreros tranquilos; de este lado, las casas chatas, los alambres eléctricos en que colgaban volantines rotos, unos perros jugando, una vieja y una muchacha que retornaban desde un establo cercano con sus jarras de leche. Todo igual a todos los días, menos mi corazón en que algo comenzaba a desgarrarse.
La vida simplemente, es una novela
enternecedora en detalles. Óscar Castro narra con agilidad y presteza: no usa la pluma rimbombante ni embellecedora de un poeta barroco, sino que aquella que es cincel capaz de tallar en la piedra. Esta historia, la de "la flor entre el fango" (palabras de Alone), la del bueno entre los malos, habría fácilmente mutado —en manos de un autor de menor calidad— a convertirse en manual de moralidad, en fábula simplona. Pero nada de eso.
Vuelvo a la pregunta original y sin tener una respuesta clara si podemos ver
que el autor necesariamente debe haber vivido esas calles, esos burdeles, esa
vida de niño zarrapastroso, esa hambre injusta que mataba gente. No hay otra forma. No existe otra posibilidad. Él
logra enternecer como sin querer hacerlo, no hay ningún romanticismo en sus
frases, por el contrario, está la brutalidad de lo real, de lo vivido, de lo
doméstico y de lo que es propio. No hay impostación en su voz, hay experiencia.
La historia es devastadora en su crueldad, pero esperanzadora al mismo tiempo; desde allí su belleza estética, desde ahí es que escapa a la posibilidad inminente de convertir esta novela en pasquín, sin estar cerca de ello en ningún momento.
Ya he reseñado, del mismo autor, su también
buenísima obra Llampo de sangre. No
puedo menos que asegurar que seguiré leyéndolo (y reseñándolo). Simplemente porque es otro
esencial de la literatura chilena.








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