La derrota (María Elena Gertner)

La derrota (1964)
María Elena Gertner (1932 -2013 )
Editorial Zig-Zag S.A.
221 páginas
Inscripción número 29.161- 1968
Precio referencial .Cl $16.000
     He reiniciado esta reseña en tres ocasiones. No sé bien cómo abordarla. Es difícil decir algo certero cuando se ha dicho tan poco sobre alguien, quedando tanto margen entonces, tanto margen para la inventiva y poco sendero firme donde transitar. Y no quiero mentir: lo que sé de la autora es poco, porque es poco lo que el tiempo le ha hecho justicia. Lo poco que sé ahora lo comparto.
     María Elena Gertner es una escritora, actriz y guionista de televisión, entiendo que de teleseries de los años ochenta. Su nombre es, además, uno de aquellos que se cita casi como muletilla cuando se habla de la “Generación del 50”, de aquel grupo de autores compuesto, entre otros, por Guillermo Blanco, Enrique Lihn, Claudio Giaconi y Enrique Lafourcade, por nombrar algunos de los que cabalmente caen dentro de este conglomerado.
     Debemos decir de ella que al día de hoy pareciera encontrarse desaparecida del mundo de la literatura. De partida no se la reedita hace más años de los que soy capaz de dilucidar. Actualmente se pueden encontrar sus novelas en librerías de viejo, tiradas en el suelo en ferias libres, en páginas de Internet de venta de objetos usados, pero no en una editorial o librería, no con aroma a nuevo. Sobre su persona tampoco se puede saber mucho. Está viva, eso es lo primero. Eso es lo que entiendo y espero no estar equivocado. En una búsqueda concienzuda por la red llego a este último hecho del año 2006 donde ella figura como protagonista: alguien entró a su casa en la comuna de San Antonio y robó un cuadro con su retrato, realizado por el reconocido pintor Claudio Bravo, con quien compartía amistad, durante la época en que ambos vivían en España. Entiendo también que ella realiza o realizaba los talleres de teatro en la casa de Isla Negra de Pablo Neruda. Eso es todo. Sobre literatura, nada.
María Elena Gertner
     No se habla de ella.
     No se escribe de ella.
     A veces alguien la cita, en un gesto que pareciera tener más de esnobismo que de querer compartir el hallazgo en que consiste leer alguna novela suya.
     Aportaremos nuestro granito de arena, y haremos esto que nos gusta hacer. Hablemos de literatura. En este caso en específico, de esta literatura que nos ha legado María Elena Gertner.
     Trinidad Isazmendi es una mujer de clase alta en la vida de Santiago de Chile. Sabemos que vive su primera juventud cercana al mandato como presidente de Pedro Aguirre Cerda (1938-1941) y luego, por una referencia cinéfila, sabemos que el final de la novela data de fechas post 1962, más allá del fallecimiento de Marylin Monroe. Sabemos también que, a diferencia de las muchachas de la clase social a la que pertenece, contrae matrimonio con un extranjero de mal vivir y pocas luces, sin posición social y, lo que es aun peor, sin ningún mérito real ni empuje que lo haga surgir en la vida. Su matrimonio es un fracaso rotundo, como podrán imaginarse, y termina con el suicidio del propio marido. Peor aun, la madre de nuestra protagonista es parte de esta clase social alta por cuna, pero sus ingresos ya no le permiten seguir viviendo en ese espectro, por lo que prontamente todo el rastro de fortuna que alguna vez pudieron tener desaparece. El resultado, y motor principal de la novela como argumento, es la caída de Trinidad en el escalafón, caída que no solo la lleva a perder su estatus, sino que también la consideración de su medio social, y la pérdida total de aquel mundo del que pertenecía y en el que, después de todo, estaba o se sentía tan segura.
     Es aquel momento —bastante inicial todavía en la obra— en que la protagonista resulta inmersa en el medio al cual pertenecía la inmensa mayoría de este Chile del siglo pasado, un Chile pobre, que sabía principalmente de conventillos, fondas, penas, vicios, suciedades. Incluso peor para ella: ese es el lugar en el cual deberá criar a su hija, y no solo eso, sino que es ese el medio del que esa hija única se sentirá y formará parte. Ella, Trinidad Isazmendi, antigua “aristócrata”, caerá al Chile real.
     Pero nuestra heroína no se dejará morir en la miseria, se hará prontamente dueña de una pensión y arrendará habitaciones para lograr pasar sus días con dignidad. E irá conociendo aquel Chile lejano de la caricatura, que podría creerse a que lleva el argumento, donde las mujeres y hombres van sobreviviendo día a día.
Y agradezco estar vivo porque si no me perdería ratos muy agradables; no estaría aquí…, fíjate, no estaría aquí. Pero eso no justifica a los padres, ni menos a las madres, a las madres majaderas insistiendo en regalarles la felicidad a sus niñitos, en comprársela a plazos. Las mujeres del pueblo valen más en este sentido, y por eso las prefiero; echan chiquillos al mundo para que sufran, y los tratan a patadas; son más honestas. Ustedes no; ustedes juegan a las muñecas con sus hijos mientras son chicos, y les atiborran la cabeza con cuentos de hadas y mentiras; después los martirizan obligándolos a ser felices. Yo no conocí a mi madre, Trinidad. Murió antes de que yo cumpliera tres años; esto la libró de mi aborrecimiento.
     Yo haría una mueca al enterarme del argumento de esta “caída en desgracia”, pero la autora tiene la suficiente presteza, la suficiente calidad literaria como para ir evitando los clichés y profundizar en esta historia que tan bien se prestaría para todos ellos. Y va colando entre sus líneas aquel amor por su personaje principal, aun cuando lo maltrata una y otra vez, hasta el final de la historia.

 

     Qué decir. El análisis es complicado. La historia se aparta de lo predecible aunque el argumento base quizás —genéricamente hablando— sí lo sea; esa es una gran virtud. Hermoso es el desarrollo de la historia, el tenor y color que va imponiendo a las letras la autora, denotando a cada instante su femineidad, misma sutileza que le permite ir retratando a este mundo de carencias sin juzgarlo, sin hacer que hieda, pero, al mismo tiempo, sin ignorar aquellos defectos, pero más bien, haciendo refulgir más sus virtudes que máculas. Y la protagonista, nuestra mujer derrotada, ella también va derrotando el destino, va derrotando aquel deber ser impuesto por su origen, y ya podemos verla adaptándose y proponiendo su propia existencia, sus propios rumbos. Pero para qué negarlo, es también la principal derrotada, como si en todo el juego de la vida no hubiesen reales ganadores.
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