Las palmeras salvajes (William Faulkner)

Las palmeras salvajes  (1939)
Traduccción: Jorge Luis Borges
Pocket Edhasa
ISBN: 9509009180
William Faulkner (1897 – 1962)
384 páginas
Precio referencial: $26.000

 
…No lo pido por él ni siquiera por mí. Lo pido por… por… ni siquiera sé lo que quiero decir. Lo pido por todos los hombres y todas las mujeres que vivieron y erraron pero con los mejores propósitos y por todos los que vivirán y  errarán pero con los mejores propósitos. Acaso por ti, ya que tú sufres también, si hay algo que realmente es sufrir, si alguno de nosotros ha sufrido, si alguno de nosotros ha sufrido con bastante fuerza o con bastante bondad para ser digno de amar o de sufrir…
 
¿Han escuchado palmeras repicar constantemente a causa del viento? ¿Chocar entre sí haciendo sonar estrepitosamente sus ramas? ¿Arreciar un  poco en su furor, pero no deteniéndose nunca en su ruido? Puede llegar a ser terrible vivirlo…  Pero por mientras estén aquí, mirando la pantalla, traten de imaginar cómo sería; y de seguro que cuando lean esta novela de William Faulkner podrán entenderlo, aunque sea lo suficiente como para darse cuenta que la sensación de sentirse rodeados por palmeras salvajes no es nada agradable.
Los libros del Premio Nobel de Literatura de 1949 siempre son capaces de transmitir una inquieta desesperación, un ambiente sombrío que logra remover a cualquiera. De ese modo las cosas suceden en su novela más conocida, El ruido y la furia, en Mientras agonizo, en Pylon, y claro, también en Las palmeras salvajes. Sin duda es evidente, todos sus escritos tienen en común un solapado aullido a la Humanidad que dice algo así como “¡la vida no es color de rosa!”, y este texto no se queda atrás.  Recurriendo a la ingente cantidad de técnicas literarias que maneja, de la mano con las vidas interiores de los entrañables personajes que crea y recrea, William Faulkner logra siempre conmover.
Esta novela en particular es una especie de narración binaria compuesta de dos relatos que se van intercalando a cada tanto: “Palmeras salvajes” y “El Viejo”. En el primero, un joven médico a punto de titularse deja su práctica por amor a Carlota, una mujer adúltera con una personalidad arrolladora; en el segundo, la gran inundación del río Mississippi en mayo de 1927 obliga a un preso —inesperadamente libertado— a ir en busca de la sobrevivencia. ¿Y en ambos? En ambos hay vidas potenciales involucradas, una oscuridad latente y un sufrimiento atroz e indescriptible (sí, suena de verdad hermético, muy general y muy específico a la vez, y eso porque hasta el momento no se ha ventilado demasiada trama, pero ya sabrán; ya sabrán, por supuesto, si lo leen).
1949. Faulkner recibiendo el Premio Nobel de Literatura
 Lejos de cualquier consideración arbitraria, lo que hace Faulkner en esta novela es presentar, sin titubear, un inicio completamente difuso, sin ninguna pista para entender qué está pasando o por qué está pasando, al tiempo que a cada página va esclareciendo cada uno de los sucesos, de los amores, de los gritos, de las miserias humanas, dejando en el camino, obviamente, hechos que no se entienden si no se hacen pasar y repasar muchas veces por la cabeza.
Por ejemplo, no hay mucho que decir sobre las vicisitudes de Harry y Carlota recorriendo los Estados Unidos en busca de la justeza material y espiritual, tratando de encontrar la verdad de todo el dolor al lado de un lago, en minas emplazadas bajo la nieve, en trenes y hogares minúsculos; menos hay que decir sobre un bote que cruza el embarrado Mississippi con un condenado y una mujer embarazada que no quieren soltarse, aunque la inundación vuelva siempre. Así y todo, mucho es lo que hay que pensar sobre ello, sobre lo vedado, sea ello lo que sea. Porque este libro insufla el pensamiento, porque casi todo lo que escribió Faulkner lo hace.
Lo que sí es preciso atreverse a decir es: que los personajes, Carlota, los parajes, el clima, el viento, las palmeras, los hospitales, las cabezas ladeadas de los ciervos en el río, los esquifes, las amenazas sin escape, todo, casi absolutamente todo aquí es extremadamente “salvaje”, “furioso”, “ultrajado”, “atónito”, etc. Lo impresionante es que en este libro lo es de una manera armónica y original, sin redundancias ni agravios; lo es de una forma tal que persuade a creer que es más apreciable el gris de la lluvia que el azul fulgurante del cielo, más hermosa la apremiante necesidad que la prostituta plenitud. Y por eso es que hay que arrojarse a leer sus líneas.
“El Viejo” (o el Mississippi) al atardecer, el río en donde se ambienta gran parte de esta novela
 La narración entera —la completa, la conformada por las dos historias que quieren ser paralelas pero que corren el peligro de ahogarse en ser perpendiculares— tiende a estar acompañada por un ambiente gobernado bajo latidos existenciales. Este es un aspecto que no puede prescindir de Carlota, ni de Harry, ni de Rittenmeyer, ni de los penados, ni menos del sonido catárquico de las palmeras salvajes y la furia del viento negro que roza el Mississippi, que acompaña en todos sus segundos al corazón inconsciente de los amantes, o, si se quiere, del hombre y la mujer que pueden mirarse a los ojos día tras día, caída tras caída.
—Entonces, ¿cómo se explica este fracaso?
Pudo haber contestado así: La amaba. Pudo haber dicho: Un avaro quizá fallaría al querer forzar su caja de hierro. Tendría que recurrir a un profesional, a un ladrón a quien no le importara, que no quisiera los flancos de hierro que guardan el dinero. 
Pero no dijo nada (…)
 
El libro es (son) dos hilos narrativos, sí, efectivamente lo son, pero también es cierto que hay algo que los une, algún puente, ¡algo tiene que unirlos! Sin embargo, corresponde en este momento decepcionar: según una entrevista al mismísimo autor las dos historias no tienen nada que ver una con la otra, si acaso son diferentes lo son “solo por azar, tal vez por necesidad”. Para él, “Palmeras salvajes” es, así, nada más que un contrapunto de “El Viejo”. Pero al final, ¿qué más da? No por nada los escritores son los artistas más entregados a legar misterios estando bajo la losa de la tumba, y esperemos que este sea uno de ellos.
Aun así, hay que darle por el momento un gusto más a Faulkner y a ustedes. Ahora a aprestarse y leamos sin prejuicios, no leamos ni estudios ni prólogos ni análisis, saltémoslos, dejémoslos de lado si están diciendo mucho, y veamos qué pasa si…
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