La invención de Morel (Adolfo Bioy Casares)

La invención de Morel (1940)
Adolfo Bioy Casares (1914 – 1999)
Booket (Planeta)
ISBN: 9789875803398
159 páginas
Precio referencial: $2.900
I have been here before
But when and how I cannot tell:
I know the grass beyond the door,
The sweet keen smell,
The sighing sound, the lights around the
shore..
Dante Gabriel Rossetti.
Con un prólogo de Jorge Luis Borges y un editor de pie de página que comenta e incluso verifica los antecedentes aportados por el narrador, esta edición de bolsillo de la La invención de Morel —la opera prima y la más conocida de Bioy Casares— es un delirio. En el prólogo, Jorge trata de decir que este invento de su amigo Adolfo (para hacer ilusión de cercanía) se acerca a los paisajes de la perfección: la disolución de la trama en la mera “imaginación razonada”, en la fantasía, en el tiempo infinitamente cíclico, la hacen muy distinta, algo así como un nuevo género. ¿Y por qué? Vamos allá.
¿Qué harían si un día se dan cuenta que todo lo que está alrededor no existe? ¿Qué harían si las piedras, las plantas, el mar, los animales, las personas, fueran mera imaginación? ¿Incluso acciones imaginadas? ¿Palabras imaginadas? ¿Imaginados ustedes, quizás? Filosóficamente hablando, es un lío pensarlo. Y también es un lío descubrir cómo el protagonista de este libro, un fugitivo, llega a esta isla tan rara que cobija el “periodo” más importante de su vida, después de seguir el consejo de un vendedor de alfombras en Calcuta, después de cruzar, sin ni siquiera saberlo, un mar siempre bravo.
El hecho es que efectivamente llega a la isla, lo que desencadena la novela, y “al parecer” acampa en los bajos, en los “pantanos que el mar suprime una vez por semana”, donde la marea sube a veces, desde donde se ven unas barrancas en los que hay hombres y mujeres que escuchan el fonógrafo y que bailan cuando llueve, que tienen una piscina, una iglesia, un acuario-piso y un museo, que conversan… Y que él solo los ve vivir, para enamorarse de una, y tener celos de otro, del jefe de los otros, de los intrusos; el inteligente jefe.
Haciendo un esfuerzo por seguir con la historia: en ella se nos describe al fugitivo como muchas veces excesivamente atribulado, angustiado porque no puede hacer nada si no tiene las herramientas y la necesidad. Pero por lo mismo en algunos momentos se siente tranquilo, puesto que no hay nada que hacer. En la isla no hay una sociedad, y si la hay, ella, o existió —y construyó esos edificios silenciosos— y no sabrá jamás de él, o existe y el protagonista no es de su incumbencia. Al fin, solo necesita sobrevivir, pero en cuanto el instinto de supervivencia es superado por su lado cognitivo y por la rendición, que en este caso es lo mismo que el suicidio por omisión, cae en el amor. Se enamora y busca estar con ese amor. Aun cuando todos parecen no verlo, tiene una meta que por supuesto no será nunca juzgada.
Sin embargo, la búsqueda de fin fundado en el amor no constituye el nuevo motor de lo narrado, como pasa en relamidas novelas; el nuevo motor son los secretos —y sus consecuencias— de aquel hombre a quien quiere vencer en pos de la fastuosa Faustine, LA mujer.
Ya a esta altura es difícil hablar concretamente de un relato que pretende no tener un entramado evidente, como anuncia el autor del prólogo. Pero tampoco es tan complejo al momento de la lectura darse cuenta que en esta novela todo lo que sucede es realmente extraño, lo cual hace que se echen de menos esos libros en los que un solo protagonista, caracterizado hasta más no poder, haga frente a las adversidades que aparecen frente a sí, como la isla entera y sus vicisitudes; este texto, que ya tiene 70 años de publicado, es uno de ellos. Sin duda vale la pena inspeccionar en sus páginas en la manera por la cual se nos puede contar algo sin que realmente se tenga la completa intención de hacerlo. 
 
Así, ya terminando, es plausible ahora mencionar cuatro elementos —del antojo, por supuesto— que hacen de esta novela una novela especial:
La intertextualidad recurrente es también uno de esos elementos, pues las alusiones literarias, filosóficas y de índole científico no escasean: son ejemplos las referencias continuas a Malthus y su teoría del crecimiento poblacional; los mismos textos a los que alude el narrador y que existen solo en el universo de su historia (Elogio de Malthus, La Defensaante sobrevivientes), las canciones Té para dos y Valencia, el registro de los dos soles de Cicerón, , etc.
Su relación con la idea de los nuevos medios modernos de perpetuación de relaciones personales, especialmente la fotografía y el video como encarcelamiento del tiempo, es algo que aparece poco en términos de extensión pero que finalmente toma mucha importancia.
La presencia del mito eterno e inagotable del ser perdido, extraviado, fugitivo en una isla en la que le pasan cosas fuera de lo común, que comienza a madurar alejado de cualquier distorsión construida previamente, empezando todo de nuevo, como si fuera una tabla rasa en la que se puede escribir. Tal como le ocurrió a Crusoe, publicado mucho antes, o como pasó con los famosos personajes de la serie Lost: Jack, Claire, Locke, una serie en la cual, por cierto, se hace alusión a este libro de Bioy Casares, el que, en una escena, está leyendo Sawyer.
Y por último, la visión psicologista de la percepción del mundo exterior, una perspectiva sencillamente fundamental, tal como en Plan de evasión (1945), del mismo autor.
Esa también es una novela que, como esta y como el autor argentino, no debe dejar de considerarse.

 

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