ISBN: 9789563454161
Luis Castro, Karen Donoso, Araucaria Rojas
Precio Referencial.cl$16.000
Precio Referencial.cl$16.000
"Yo fui azota’o de chicoPero eso ya se acabóCuando me encarné en la güeyaDejé de ser pan de Dio." (Del Folclor)
Se trabajaba a pie pelado y arremangado hasta acá arriba, en invierno y verano, y metío en agua helada como hielo y cuando se congelaban los pies, abríamos una guata y metíamos los pies adentro para que se caliente porque teníamos entumidos los pies. Ese era todo el remedio que se hacía, era un trabajo salvaje y bruto. Para cargar la carne había que andar corriendo, se cargaba un cuarto, una paleta y una pierna que eran ochenta o noventa kilos y corriendo… (Mario González, antiguo matarife)
El trabajo, cruento de por sí, resultaba holgadamente retribuido. Aquel hombre que durante su trabajo vestía en su piel cuajones de sangre al salir se engalanaba cual Gardel. Fue por todo esto que en los entornos del matadero nació un barrio cáustico, donde estos hombres iban a gastar su dinero. Fondas, chinganas, casas de niñas alegres, restoranes, tiendas, sastrerías; todo era una fiesta fulgente. Y la cueca, la cueca era la reina. Pero no cualquier cueca, sino que la cueca centrina, cueca brava como sus cantores, los mismos matarifes, sus tonos altos y brillantes, sus panderos y dairas corcoveantes. Y el vino y la fiesta, el fulgor y las mujeres, rodeándolo todo… y las peleas a cuchillas entre aquellos expertos cuchilleros.
Me gusta el fierro que mata
Tengo pacto con el diablo
Zapateo en cualquier fonda
Al son que me tocan bailo
Con el diablo en el cuerpo
Me dijo un pillo
Confía hasta la muerte
En el cuchillo
En el cuchillo, sí
La corcoveo
Y en la punta’e los pie
La zapateo
Ya la canto y la bailo
Soy roto diablo.
Fue toda una manera particular de sociabilizar en los estratos bajos de nuestro país. Y esa música que emergió de ahí, como pueden ver, se tiñó con los tintes en los que se sumergía. Las cuecas centrinas, o chileneras o chilenas (o incluso, hoy por hoy, también incluidas dentro del género de las cuecas bravas) fueron testimonio de toda una época, de un sector de nuestra sociedad y del vivir, sufrir y morir de esta, nuestra gente, quienes no solo nos dejaron estas remembranzas sino que también una forma de vivir y entender la música.
Por la güeya del Matadero es un estudio bien acabado sobre todo lo que ahora les he relatado, donde se nos cuenta —excelentemente glosado y documentado— la vida que tuvo como telón de fondo al Matadero, la vida de los matarifes, y sobre la cultura popular que salió explosiva desde ahí. De todos estos hombres y mujeres que siguieron la senda de la vida dura en torno o en el mismo Matadero, esta parte de Santiago, también denominada en algún momento como Ciudad de los Cuchillos.
Tiremos pa’l Matadero
Pa’ que cantemos chilenas
Donde hay un hombre del pueblo
Que me tiene pura güeña.
Se trata de un documento hermosísimo, en una presentación exquisitamente cuidada, seria, rigurosa, amena y bien narrada, de una parte importante de nuestra sociedad, que define incluso hasta el día de hoy quiénes somos, aunque nosotros mismos muchas veces lo ignoremos. Y como si fuera poco, acompaña a este libro un disco grabado especialmente para él, por Los Chinganeros, músicos sucesores de la tradición de la cueca centrina, donde uno de los grupos insignes que todavía mantiene vivo esta forma de cueca hace gala de la historia de cuecas antiguas, cantadas como se cantaban en la Güeya.
Cuando las cosas se guardan en el pueblo, es como tallar en la piedra. (Fernando Gonzalez Marabolí, matarife, cantor y estudioso de la cueca)
Lo único que puedo criticar es al medio. Un documento que es histórico, sin auspicio de editorial alguna (es una autoedición, y como dije, de una calidad más que sobresaliente), en apenas 500 ejemplares que rápidamente desaparecerán del mercado, sin lograr llegar más allá que a los mismos cultores de este arte de la cueca, sin lograr penetrar, seguramente, en sectores que se han quedado fuera de esta sensación de pertenencia de esta cueca que habla del pueblo, de la ciudad con sus violencias y defectos. Una pena que no se valore más allá.








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