Por la güeya del Matadero: Memorias de la cueca centrina (Varios Autores)

 

Por la güeya del Matadero: Memorias de la cueca centrina (2011)  
Luis Castro, Karen Donoso, Araucaria Rojas
Autoedición
ISBN: 9789563454161
Precio Referencial.cl$16.000
“Yo fui azota’o de chico
Pero eso ya se acabó
Cuando me encarné en la güeya
Dejé de ser pan de Dio.” (Del Folclor)

 

En el Santiago de Chile postcolonial, y hasta alcanzar el año 1973, existió en el país una manera muy rudimentaria de faenar los animales y proveer de carne para el consumo a toda la ciudad.  En Santiago de Chile existía un matadero donde llegaban día a día las bestias y noche a noche (buscando la frescura nocturna, a falta de los inexistentes y esenciales frigoríficos), después del toque de campana, hombrones con sus largas cuchillas de doble filo que carneaban los animales que iban llegando, organizándose en cuadrillas, desempeñando el hoy extinto oficio de matarife. Distribuidos por galpones, también conocidas como canchas, los matarifes se ordenaban por tipo de ganado para hacer la faena nocturna. Eran hombres duros, que hasta en el más inclemente invierno trabajaban descalzos y arremangados, sufriendo los rigores de una profesión más dura que la de los mismos mineros. Se dice que un matarife de vacuno no podía pesar menos de 80 kilos, porque de otra manera era imposible que resistiera la crudeza del trabajo. Cuatro desayunos hacían estos hombres para soportar la carga del trabajo, y eran toscos, pendencieros y curtidos por su vida.

Se trabajaba a pie pelado y arremangado hasta acá arriba, en invierno y verano, y metío en agua helada como hielo y cuando se congelaban los pies, abríamos una guata y metíamos los pies adentro para que se caliente porque teníamos entumidos los pies. Ese era todo el remedio que se hacía, era un trabajo salvaje y bruto. Para cargar la carne había que andar corriendo, se cargaba un cuarto, una paleta y una pierna que eran ochenta o noventa kilos y corriendo… (Mario González, antiguo matarife)
El trabajo, cruento de por sí, resultaba holgadamente retribuido. Aquel hombre que durante su trabajo vestía en su piel cuajones de sangre al salir se engalanaba cual Gardel. Fue por todo esto que en los entornos del matadero nació un barrio cáustico, donde estos hombres iban a gastar su dinero. Fondas, chinganas, casas de niñas alegres, restoranes, tiendas, sastrerías; todo era una fiesta fulgente.  Y la cueca, la cueca era la reina. Pero no cualquier cueca, sino que la cueca centrina, cueca brava como sus cantores, los mismos matarifes, sus tonos altos y brillantes, sus panderos y dairas corcoveantes. Y el vino y la fiesta, el fulgor y las mujeres, rodeándolo todo… y las peleas a cuchillas entre aquellos expertos cuchilleros.
Me gusta el fierro que mata
Tengo pacto con el diablo
Zapateo en cualquier fonda
Al son que me tocan bailo
Con el diablo en el cuerpo
Me dijo un pillo
Confía hasta la muerte
En el cuchillo
En el cuchillo, sí
La corcoveo
Y en la punta’e los pie
La zapateo
Ya la canto y la bailo
Soy roto diablo.
Fue toda una manera particular de sociabilizar en los estratos bajos de nuestro país. Y esa música que emergió de ahí, como pueden ver, se tiñó con los tintes en los que se sumergía. Las cuecas centrinas, o chileneras o chilenas (o incluso, hoy por hoy, también incluidas dentro del género de las cuecas bravas) fueron testimonio de toda una época, de un sector de nuestra sociedad y del vivir, sufrir y morir de esta, nuestra gente, quienes no solo nos dejaron estas remembranzas sino que también una forma de vivir y entender la música.
Por la güeya del Matadero es un estudio bien acabado sobre todo lo que ahora les he relatado, donde se nos cuenta excelentemente glosado y documentado la vida que tuvo como telón de fondo al Matadero, la vida de los matarifes, y sobre la cultura popular que salió explosiva desde ahí. De todos estos hombres y mujeres que siguieron la senda de la vida dura en torno o en el mismo Matadero, esta parte de Santiago, también denominada en algún momento como Ciudad de los Cuchillos.
Tiremos pa’l Matadero
Pa’ que cantemos chilenas
Donde hay un hombre del pueblo
Que me tiene pura güeña.
Se trata de un documento hermosísimo, en una presentación exquisitamente cuidada, seria, rigurosa, amena y bien narrada, de una parte importante de nuestra sociedad, que define incluso hasta el día de hoy quiénes somos, aunque nosotros mismos muchas veces lo ignoremos. Y como si fuera poco, acompaña a este libro un disco grabado especialmente para él, por Los Chinganeros, músicos sucesores de la tradición de la cueca centrina, donde uno de los grupos insignes que todavía mantiene vivo esta forma de cueca hace gala de la historia de cuecas antiguas, cantadas como se cantaban en la Güeya.
Cuando las cosas se guardan en el pueblo, es como tallar en la piedra. (Fernando Gonzalez Marabolí, matarife, cantor y estudioso de la cueca)
Lo único que puedo criticar es al medio. Un documento que es histórico, sin auspicio de editorial alguna (es una autoedición, y como dije, de una calidad más que sobresaliente), en apenas 500 ejemplares que rápidamente desaparecerán del mercado, sin lograr llegar más allá que a los mismos cultores de este arte de la cueca, sin lograr penetrar, seguramente, en sectores que se han quedado fuera de esta sensación de pertenencia de esta cueca que habla del pueblo, de la ciudad con sus violencias y defectos. Una pena que no se valore más allá.
 
La voz “cuadrinitos” hace referencia a cada uno de los cuatro matarifes que componían una cuadrilla de trabajo, incluyendo esta cueca una remembranza de la labor nocturna que realizaban, del toque de campana que daba inicio al trabajo y de lo dilapidadores que resultaban estos hombres humildes, con los bolsillos llenos de dinero.
 
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