Recuerdos del Pasado (Vicente Pérez Rosales)

Recuerdos del Pasado (1882)
Vicente Pérez Rosales (1807-1886)
Ediciones B
541 Páginas
ISBN: 9789563040241
Precio referencial: $10.000
     Vicente Pérez Rosales fue uno de aquellos hombres del tipo que, creo, hoy por hoy se han extinguido. Fue uno de aquellos hombres fundacionales, mismo carácter que se repite en la historia doméstica de los muchas naciones latinoamericanas, sin los que este continente, este puñado de países, y en lo específico, sin el cual Chile jamás habría llegado a ser lo que es hoy. La afirmación es rotunda pero así he llegado a creerlo.
Recuerdos del Pasado debe ser uno de los libros más importantes de la historia nacional chilena. Este lugar se lo ha ganado justamente no por su gran calidad literaria (que sí la tiene), sino que por su ribete histórico, proveniente de un actor protagónico, en cuanto al desarrollo de Chile y sus países vecinos en los primeros años de formación de nuestras repúblicas.
 
     Es este libro un extenso cuaderno de viaje, notas, recortes de prensa, comentarios gráficos sobre cómo era nuestra vida por allá por el 1810, hasta alrededor del 1860, todo contado por Vicente Pérez Rosales, quien en todos estos años fuera explorador, diplomático, agente de inmigración del Gobierno chileno, una suerte de Baquedano y, junto a su familia, partícipe y testigo directo de las acciones que conllevaron a la declaración de independencia de Chile, pero especialmente, a esos primeros años posteriores, a esa denominada Patria Vieja, contándonos la felicidad que se vivía en la calle, a esa denominada Reconquista, diciéndonos cómo los Realistas se alegraban de la toma del poder, de cómo se perdieron las batallas insignes, de la manera en que discutían los próceres de la patria. O´Higgins está presente, Carrera, el trasandino San Martín también toma buena parte de este proceso y es muy generosamente mencionado en este relato. Todo está ahí. Pérez Rosales es dueño de una pluma ligera, solo posible en quien sabe que narra anécdotas y aventuras que le son propias, que ha vivido y recuerda. 

     Solo bajo su pluma puede aparecer esta aldea que era Santiago de Chile, con su cárcel al costado de la Plaza de Armas, con sus oficios, familias, con las lámparas en las calles que no eran más que velas, con las costumbres y hábitos de sus coterráneos. Si Vicente Pérez Rosales hubiese tenido siquiera remota idea de que escribía para la posteridad seguramente el resultado no habría sido así de excelente. Narra con la soltura con la que nuestro propio abuelo nos contaría la historia de la familia, solo que lo que él nos cuenta son los años fundacionales de una Patria, años de los que él es protagonista, de la historia de nuestros próceres, a los que él conoció y con los que departió de manera directa, sin que hubiese de por medio todo el peso que a tamañas figuras les ha dado la historia.

     Esta obra es genial. Miguel de Unamuno diría de ella que es la novela más chilena. Y claro, si desde estos relatos se va, por primera vez, haciendo acopio de una idiosincrasia común, que recién va naciendo en este pueblo que apenas es capaz de reconocerse a sí mismo como una unidad.
 
     Me encantaría decir que este libro es transversal y debe ser leído por todos, o al menos por todos los chilenos. Mentiría. La verdad es que es un libro de carácter esencial para todos aquellos que estudian historia nacional. Y es un libro que será inmensamente valorado por cualquier amante de la historia, sea o no chileno, porque describe muy bien y muy amenamente cómo se crearon en todo o parte muchas naciones americanas, más bien desde el punto de vista de sus relaciones con Chile. ¿Le interesará al lector que no posee un interés particular en la historia, aun cuando sea lector chileno? Pues seguramente no. Ahí está mi pena. Este libro es increíble como documento, increíble en sus aspectos lingüísticos, que tan bien aún hoy pueden leerse, tanto aprendemos de nosotros mismos. Me encantaría decir que a cualquier chileno, aunque no fuese lector asiduo, le interesaría leer este libro; pero sé que no es así. Para todos los demás, este es un imprescindible.
 
     Cómo no se asombraría don Vicente Pérez Rosales si viera este Chile, versión año 2011, tan diferente a su Patria insipiente. Cómo no se asombraría de Mendoza, de Argentina toda. Cómo no se perdería en California, viendo como ya no existe ese oro que también fue a buscar, junto con otros tantos chilenos y latinoamericanos, allá, en la época de la fiebre del oro. Cuánto se sorprendería, si ya en 1860 decía casi no reconocer al mismo Chile que alguna vez vio en 1810, el de las callecitas embarradas, el de las mujeres de vestidos largos que se paseaban de casona en casona, justo ahí, justo donde ahora se encumbran edificios que parecen querer alcanzar el cielo, allá donde antes se repletaba de extensiones horizontales, ahí donde ahora nos apilamos unos encima de otros, como luchando por medio metro cuadrado mal sostenido.
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