Hijo de ladrón (Manuel Rojas)

Hijo de ladrón (1951)
Manuel Rojas (1896-1973)
Zig Zag
ISBN: 9561212706
255 páginas
Precio referencial: $3.500
El mundo nada puede contra un hombre 
que canta en la miseria.
 
Ernesto Sábato.

 

Hijo de ladrón es uno de aquellos libros inolvidables de las letras chilenas. Hasta el día de hoy forma parte de las lecturas en las escuelas del país y se sigue leyendo, comentando y hasta estudiando profundamente en los círculos académicos. Ha pasado más de medio siglo y Aniceto Hevia, su protagonista, sigue ahí, contando su historia, en gran medida influenciada por la vida de su creador, Manuel Rojas, un empederdino anarquista que tal como Roberto Arlt —con quien comparte muchos temas en común— pasó por múltiples oficios, consolidándose como periodista y, por sobre todo, como escritor.
Esta novela, que ganó una mención honrosa en el concurso de la Sociedad de Escritores de Chile un año antes de su publicación con el nombre de Tiempo irremediable, es la primera parte de la tetralogia de Aniceto Hevia junto a Mejor que el vino (1958), Sombras contra el muro (1964) y La oscura vida radiante (1971). Sin embargo lo anterior, el más conocido de todos estos textos es el inicio de las aventuras de este personaje único, el que ahora reseñamos.
El libro narra la vida de Aniceto Hevia, un niño que pierde a su padre y a su madre y que, después de vivir en precarias condiciones junto a sus hermanos, decide dejar atrás el hogar. Todo comienza con Aniceto saliendo en libertad de la cárcel, para que luego la historia se desenvuelva alrededor de los recuerdos tallados en su mente, los cuales se cuentan por medio de paréntesis gigantescos que, con ayuda de la corriente de la conciencia y el monólogo interior, narran sus viajes por la cordillera y los trabajos que allí tiene que sufrir, la búsqueda de la nacionalidad argentina para encontrar un trabajo que lo sustente o bien los múltiples intentos de escape de la miseria, circunstancias que están siempre intercaladas con los pensamientos y el sentir confusos del protagonista.

Durante toda la historia, Aniceto tiene una herida. Es superficial y, como se puede notar en su testimonio, también muy íntima. Esa herida simboliza lo derruida que está su integridad física y lo extraviada que está su alma, la cual pareciera luchar por ser potente y aguantar los también potentes embates que lo empequeñecen. Así, para Aniceto la vida cotidiana y cómoda de los burgueses no tiene sentido; en primer lugar porque nace en un ambiente donde el vivir ordenado era escaso y en segundo lugar porque no inmerso en la bruma del acontecer normal de la vida en su época opta por el camino de la lucha constante; de manera que, por ejemplo, el dinero tiene poco o nulo valor: su vida se desarrolla en torno a la idea de hallar un asidero a su vida para así sobrevivir. De esta manera, conoce al silencioso Filosófo y a Cristián, dos hombres que se dedican a buscar metales que tengan algún valor para venderlos y tener algo que comer y un techo donde resguardarse de la noche. Estos dos hombres, junto a otros tantos personajes, forman parte de la gran narración de un aprendizaje, que es la novela.

Como en las novelas de Faulkner y Dostoievski, las imágenes de la novela son muy ilustrativas y toman un matiz que tiene la capacidad de dar cuenta del ambiente entero, desde los ruidos hasta el olor, en sólo unas líneas de narración. Cuando el personaje principal debe arrancar de las protestas en Valparaíso y es tomado preso en las calles del puerto, el clima de terror es retratado con una fidelidad que armoniza con el miedo de Aniceto. Lo mismo pasa cuando lo meten en la oscura y atiborrada prisión, repleta de un hedor que puede incluso llegar a sentirse tal cual.

Fotografía de la llamada “La Huelga de la Chaucha”, que inspiró una de las escenas más memorables en Hijo de Ladrón.
Hijo de ladrón se hace impresionante debido a las demasiados aspectos que contiene, pero, por lo demás, se convierte en importante en cuanto nos muestra el crecimiento auténtico y gradual de un ser apaleado por vicisitudes invencibles y a la vez nos alecciona sobre cosas tan sublimes como la existencia indeclinable y casi invencible de la injusticia en todos los niveles o sobre principios tan simples y mundanos como el hecho de que la comida caliente es incomparable con la comida fría.
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