Tokio ya no nos quiere (Ray Loriga)

Tokio ya no nos quiere (1999)
Edición Alfaguara
Ray Loriga (05/03/1967)
272 páginas
Precio referencial: $16,900


Olvidemos todo y comencemos este pequeño viaje. Olvidemos nuestro nombre, lo que almorzamos el día de ayer, el lugar donde nos encontramos, lo que hicimos hace una hora junto a ciertas apreciaciones indiferentes, buenas o malas sobre personas que hace menos de un día estaban frente a nuestras caras conversándonos. Sin embargo, por favor, no la olvidemos a “ella” ni todo lo que esa mujer inconstante trae consigo.

Tokio ya no nos quiere es hasta ahora y a mi gusto el mejor libro del escritor español Ray Loriga. Se nos muestra en él a un dealer que viaja permanentemente por entre distintos territorios vendiendo su droga, la cual por supuesto también consume día a día. A pesar de haber una gran diversidad de estupefacientes en el bolso de nuestro protagonista, el tipo de uno de ellos es suficientemente importante como para centrar el libro en un lugar y un tiempo determinadamente inconcretos: la droga que hace olvidar al que la toma, la que sistemáticamente pone en blanco la memoria de los que la consumen y la que hace que nosotros como lectores extraviemos en nuestros recuerdos la presunta época representada en el libro, que no es ni más ni menos que los años en los que existimos en nuestro ahora inmediato. Es sin duda esta especie de "calmante" el que se vende con más entusiasmo y retribuciones, y es la razón específica por la que este libro de rápida lectura se conforma poco a poco a partir de caóticas conexiones mentales que se plasman en sus páginas como párrafos generalmente cortos, que parecieran no tener ningún fin por sí mismos pero que se saben con un sentido interior como resultado de la consumación de sus fuerzas centrífugas.

Y realmente esto termina en estas últimas palabras. Aquí estamos a falta de una improbable necesidad de productos extraños, con la menor idea de cómo es nuestro pasado, en presencia de un presente fugaz y en espera de un futuro incierto a expensas de las tiránicas circunstancias, como la lectura de estos tres humildes párrafos o el trámite que tenemos que llevar a cabo en unos minutos más. En cuanto al ahora, por favor les pido: olvidemos lo que acabamos de leer –no me ofenderé, de verdad- y vayamos en busca de nuestras tareas y sensaciones diarias, para continuar perdiendo los recuerdos sin cesar, ya que en estos brumosos días del siglo veintiuno no nos queda más que eso y lo que sigue no son más que “flores para los muertos y sonrisas de opio para los vivos”.

En busca del tiempo perdido (Marcel Proust)


En busca del tiempo perdido (Marcel Proust)
1.- Por el camino de Swann
Edición Alianza Editorial, Biblioteca Proust.

Autor: Marcel Proust (10/07/1871-18/11/1922)
516 Páginas
Primera edición:"Por el camino de Swann" editado por la editorial Grasset en 1913, a cuenta del propio autor, y luego en una versión modificada en la editorial Gallimard en 1919.
Precio referencial: $17,920


Leí este libro por un deber moral conmigo mismo. Ya había escuchado mucho, quizás demasiado sobre él. También había leído citas de él en otras tantas novelas. Mucho se comenta acerca de la importancia en la literatura que ha tenido esta novela, de su influencia inmensa, y ahora último, ya que se ha entregado el Novel de Literatura a una desconocida, se comenta sobre lo injusta que fue la academia con Proust y se menciona, por supuesto, como ejemplo máxime a “En busca del tiempo perdido”. Las expectativas, se imaginarán, eran proporcionales a la cantidad de veces que había escuchado nombrarlo. Tengo que aclarar antes que todo: soy lector compulsivo, excesivo, y de juicios arbitrarios. Mi primera impresión fue tan desfavorable como es posible. Las descripciones minuciosas hasta el cansancio, que se prolongan por páginas y páginas sin hacer avanzar ni un ápice la narración simplemente me produjeron un tedio que casi superó mis ganas de seguir hasta el final. Pero no por lo anterior pude dejar de reconocer el trazo bien definido del autor, sútil, y sus frases bien armadas. De a poco fui adentrándome en esta historia sin historia, que más que narración de acontecimientos es la narración de una época. Leer "Por el camino de Swann" no es leer una sucesión de anécdotas, es leer un contexto, una relación detallada del fresco que constituye una época, de sus personas, sus relaciones, las figuras que conforman la ciudad, sus aromas, formas, amores, comportamientos. La primera parte de esta primera novela que compone la serie “En busca del tiempo perdido” usa como excusa de narración las dificultades de sueño de un niño, el protagonista, de cómo le duele el alma saber que se irá a acostar sin el abrazo y el beso de su madre, cómo se desarrollan las visitas en su hogar mientras para él el día acaba, la ansiedad, el dolor ante su habitación vacía al final del día. Nada del otro mundo, dirán. Pero necesito insistir: no es la anécdota lo que en el fondo se está contando, es el contexto, son las relaciones, la época, el escenario; ahí se encuentra la magia y el sentido.

La segunda parte, titulada “Un amor de Swann” cuenta los amores y desamores del Sr. Swann con Odette de Crécy, mujer de pasado y actualidad licenciosa, de la que se rumorea abundantemente a su paso. Swann es, por el contrario, un hombre de buena posición y relaciones. La historia enhebra el amor y el desamor desde la óptica de Swann –aunque sigue siendo el narrador el pequeño de la primera parte- hacia la muchacha sobre la que tanto se murmura. Nuevamente todo envuelto en el contexto de la época, a comienzos del siglo XX, de las damas de largos trajes, de las sombrillas y los paseos por los Campos Elíseos, los brillos artificiales, los arreglos florales en los vestidos de las damas en los paseos, donde la época es la protagonista. El volumen concluye junto con el final del amor enloquecido de Swann hacia su querida, cuando él descubre que finalmente ya puede vivir sin ella.

El tercer volumen, titulado “Nombre de Tierras: El nombre”, nos devuelve a nuestro narrador principal, en su primer amor infantil que endiosa, tal como antes lo hacía Swann, a su pequeña amada, entre juegos y esperas. La niña objeto de su devoción no es más que la hija de Swann. Su madre, contra todo pronostico, es Odette de Crécy. Al final de dicho volumen se encuentra el fragmento a mi parecer más notable de esta novela: toda la conclusión que hace el narrador sobre el cambio de los tiempos, desde el vestir de las mujeres que antaño le enamoraran (nos da la impresión de un narrador envejecido), hasta de las calles, los bosques, los paseos que ya no existen, los antiguos carros (victorias), el amoblado añoso, todo aquello que cuando pequeño le fue propio y tanto amó, todo aquello que ya no es sino recuerdo y que lo deja a él nada más que para vivir en el pasado, como si quisiera reencontrar el tiempo perdido en sus propios recuerdos.

Mi propia conclusión es sumamente extraña. Reconozco que no iré inmediatamente por la segunda parte de esta interminable novela, ni que tampoco buscaré otros textos de Proust en el tiempo más cercano. Pero hay que decirlo: algo hay de casi sublime en su prosa, algo de antiguo y bello, algo que ya es impropio a nuestra época, como si su misma forma extensa de construir las frases, situaciones, cuadros, fuese también de otro siglo, y estuviese ahí para confrontarnos cómo todo ha cambiado, en desmedro de toda la belleza formal que antes existiera. No lo sé muy bien. Acabo de terminar con esta novela, hoy en mi almuerzo, robándole horas a mi colación entre horas de trabajo y creo que necesitaré más tiempo para asentarla, como sea, pienso que la dificultad mayor de leer este libro sea justamente lo que ha pretendido apuntar el autor: media entre la novela y yo un tiempo perdido, episodios que desconozco y realidades que para mi son y serán siempre inexistentes. Sea hermoso quizás poder presenciarlo en aquellas hojas, desde el lenguaje hasta la historia, pero no deja de ser sumamente trabajoso, y en muchas ocasiones denso y pesado de llevar. Hay un pequeño milagro que hace reaparecer el tiempo perdido en estas hojas, pero quizás seamos todos mancos en esta época, haciéndonos imposible aprehender este obsequio valioso.



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