Sobre la fotografía (Susan Sontag)



 Reseña remitida por:
Jonnathan Opazo

Susan Sontag (1933 – 2004)
Sobre la fotografía (1947)
DeBolsillo
208 págs.
Precio referencial: $6.800

            Nuestra época —si es que cabe todavía ocupar conceptos tan abarcadores— es, sin duda alguna, la época de la imagen. La ingente circulación de material tanto fotográfico como audiovisual constituye, junto con la circulación de capital, el telón de fondo de nuestra vida cotidiana. En ese sentido, resulta abrumador revisar sitios como Flickr o, sin ir más lejos, husmear en el perfil de Facebook de cualquier conocido: probablemente existan ahí más fotografías que en el archivo de un museo. Y es que, al parecer, la famosa frase de Lautréamont que reza “algún día la poesía será escrita por todos” debería ser transmutada en “algún día la fotografía será hecha por todos”. Y ese día llegó hace bastante tiempo.
            En esa perspectiva, “Sobre la fotografía” de la escritora norteamericana Susan Sontag presenta una visión crítica en torno al quehacer de la cámara y el visor, crítica que decanta también en una reflexión sobre cómo la imagen es —o quiere ser o se pretende que sea— en Occidente, una prueba válida y casi incuestionable de lo real. Un desmantelamiento pero también una suerte de rastreo del desarrollo que ha tenido la disciplina desde la aparición de los daguerrotipos en la primera mitad del siglo XIX.

La humanidad persiste irremediablemente en la caverna platónica, aún deleitada, por costumbre ancestral, con meras imágenes de la verdad. Pero educarse mediante fotografías no es lo mismo que educarse mediante imágenes más antiguas, más artesanales. En primer lugar, son muchas más las imágenes del entorno que reclaman nuestra atención. El inventario comenzó en 1839 y desde entonces se ha fotografiado casi todo, o eso parece. (p. 13)

La fotografía, a diferencia de la pintura en los siglos que la anteceden, está por todas partes y cualquiera puede hacerlas. Hay ahí por lo tanto un cierto gesto democratizador en donde ya no es la realeza la que se perpetúa a través de la imagen sino más bien la a veces apabullante pluralidad de personas que pueblan la urbe completa. Y esto para Sontag es relevante en cuanto nos muestra una suerte de batalla en curso: ¿quién se lleva el galardón definitivo por el estatus de fiel representadora del mundo y sus avatares? Una pregunta cuya respuesta no puede ser sino problemática.
¿Podría Delacroix haber retratado con tanta fidelidad los sucesos de la guerra de Vietnam? ¿o Bacon la caída de las Torres Gemelas? La respuesta tal vez sea obvia: no, porque no les interesa. La pintura solo se dedica a temas elevados. He ahí una de las claves. La fotografía con su tecnología despliega ante nuestros ojos el reino de lo fortuito, captura e inmortaliza una nueva gama de situaciones que en la pintura jamás se pensaron. Y esto ejerce también un efecto liberador. Pienso, por ejemplo, en los suprematistas rusos. Hay un despojo de la urgencia por la forma y el contenido. Por la imitación fidedigna de la realidad ¿Para qué representarla si hay un dispositivo que a través de una determinada tecnología fija imágenes en un celuloide?

“La obra de Arbus expresaba su rebelión contra lo público (como ella lo vivía), convencional, seguro, tranquilizador —y tedioso— en pro de lo privado, lo oculto, feo, peligroso y fascinante” (pp. 52-53)

Lumpérica (Diamela Eltit)



Reseña remitida por:
Daniela Escárate

Lumpérica (1983)
Diamela Eltit (1949 -  )
Seix Barral
ISBN 956247187X
236 páginas
Precio referencial $9.000

Una plaza pública, unos vagabundos, una cámara y una protagonista identificada como L.Iluminada. Estos son algunos de los pocos elementos que se encuentran claramente definidos en “Lumpérica” (1983), de Diamela Eltit, obra que es difícil de calificar como una simple novela, lo cual podría limitar el poderoso imaginario que logra desplegar. “Lumpérica” tiene tanto de novela como de provocación al género mismo. Y es esta provocación las que nos deja encantados de una forma que colinda con la perturbación, aun cuando han transcurrido más de treinta años desde su publicación.
Resumir la trama atenta contra el mismo espíritu de la obra. En “Lumpérica” no hay una gran historia que contar, sino que el lenguaje se cuenta a sí mismo. Porque cada párrafo que a primera vista poco nos informa de lo que está sucediendo, mucho nos dice sobre las sonoridades, gustos, texturas y hasta de los olores de unas palabras ubicadas gracias a un orden ritual y sagrado. Se trata de letras agrupadas, reagrupadas, desintegradas y vueltas a juntar en un dialecto propio. Uno que quizás sólo manejan quienes transitan y permanecen en la plaza, distinto al idioma lumínico propio de las luces vigilantes. Un lenguaje, algo críptico, que transmite una fuerza tan enérgica como precaria, tan oscura como, literalmente, iluminada.
L. Iluminada, como su nombre/apellido/seudónimo lo indica, se encuentra bajo el foco de lo que es, a todas luces, un cartel publicitario. Allí, presos más bien de un trance que de una grabación cinematográfica, la protagonista junto a “los pálidos” representan escenas de una filmación. Un grito, un bautizo, una caída y una herida son los principales acontecimientos. Aunque se nos hace partícipes de un espectáculo que apenas entendemos, se nos pone al tanto de cada uno de sus detalles, incluyendo sus indicaciones, comentarios y errores, expresamente discutidos en el texto. 

La bestia humana (Émile Zola)



La Bête humaine (1890)
Émile Zola (1849-1902)
191 páginas
Editorial Sopena (1938)
Sin inscripción
Precio referencial: $10.000


La bestia humana es una novela durísima, escandalosa si se quiere en cuanto a sus descripciones, a veces incluso morbosa. Alguien, a quien he comentado cierta escena y su descripción me dijo “entonces es como el gore”, y sí, a veces lo es, especialmente si pensamos que se trata de una novela publicada en Francia en el año 1890. Vamos, por un momento, al argumento.
Séverina y Roubaud son un matrimonio convencional. Él la ama a ella; ella, en cambio, se casó con él por motivos diversos, siendo bastante menor. Roubaud, empleado de la empresa de ferrocarriles, se entera por su propia mujer que esta ha tenido amoríos desde muy joven con quien fuera su protector, un hombre mayor de nombre Grandmorín, quien la apadrinó desde que quedó huérfana. Roubad es atacado por los celos ante esta revelación y por ello planea y ejecuta, junto con Séverina, el asesinato de Grandmorín.  Jaime (o Jacques, dependiendo de la traducción), empleado y conductor de ferrocarriles, desde la campiña ve pasar fugaz la escena del asesinato, sin conseguir, en un primer momento, identificar a quienes están involucrados. Por otro lado, este mismo Jaime, es un hombre psicológicamente atormentado. Él desea matar, por algún impulso que ni él mismo logra explicarse, y al ver que en torno suyo todos parecieran acometer tal acto sin mayores consecuencias, resulta aún más compelido a ese deseo. La historia se va hilvanando así, entre el amorío de Jaime y Séverina, el de Flora (otra muchacha empleada de la empresa de ferrocarriles en diferentes funciones) y el mismo Jaime, y cómo cada personaje va revelando su bestialidad humana, acometiendo aquel acto, cada uno su propio asesinato deseado, por distintos motivos que pretenden justificar los hechos.
El autor, como siempre, se detiene especialmente en los detalles más chocantes, como complaciéndose en la descripción gráfica de aquellas circunstancias que, por más realistas que puedan resultar conforme a los hechos, buscan claramente producir un rechazo en el lector, como por ejemplo cuando va describiendo los daños y muertes producidas en el choque y descarrilamiento de un tren:

Después hallaron otro cuadro desgarrador: dentro de uno de los compartimientos de primera clase volcados, acababan de descubrir a una joven pareja, unos recién casados, sin duda, lanzados uno contra otro, con tan mala fortuna que la mujer aplastaba bajo ella al hombre, sin que pudiera hacer movimiento alguno para beneficiarle. El asfixiado parecía en los estertores, mientras que ella, con la cabeza libre, suplicaba enloquecida que se apresurase, espantada, con el corazón destrozado, sintiendo que ella misma le mataba y cuando al fin se liberó, al uno y al otro,  fue ella la que súbitamente expiró, con un costado destrozado por uno de los topes. Y el hombre, vuelto en sí, clamaba de dolor, arrodillado cerca de ella, cuyos ojos habían quedado llenos de lágrimas.

Amras (Thomas Bernhard)



Amras (1964) - Traducción de Miguel Sáenz
Alianza Editorial
ISBN: 9788420649511
Thomas Bernhard (1931 - 1989)
121 páginas
Precio referencial: $19.990 aprox.


Lo que pensamos ha sido ya pensado, lo que sentimos es caótico, lo que somos es oscuro.


Thomas Bernhard fue un escritor austriaco que exploró los tres grandes géneros de manera bastante prolífica: drama (diecisiete obras teatrales), poesía (cinco poemarios) y narrativa (diecinueve novelas), faceta que ahora nos convoca. Desde su nacimiento siempre estuvo enfermo, condenado a un decaimiento crónico. Cierta vez, incluso, pasó dos años enteros en un sanatorio debido a una enfermedad pulmonar grave. En aquel tiempo, ideas sobre la muerte, el imperio de la soledad o la libre voluntad lo aquejaron junto con el sufrimiento físico, lo cual se transparentó en sus textos en forma de cavilaciones pesimistas sobre la existencia en el mundo. Una de esas obras es Amras, este relato fragmentario que escribió a los treinta y cuatro años, y en el que se expresa ese camino sin salida donde la enfermedad del cuerpo estimula y afecta, al mismo tiempo, la degradación mental y la inminencia de la locura.

Coirón (Daniel Belmar)



Coirón (1950)
Daniel Belmar
Editorial Zig-Zag
Inscripción N° 13.540
218 páginas
Precio referencial: $7.500

     Coirón es considerada por muchos la mejor novela de Daniel Belmar. Es, también, un excelente ejemplo de aquel criollismo que marcó una gran época en nuestra literatura y que luego fue superado y vilipendiando, ese mismo criollismo que, vuelto a revisarse el día de hoy, es capaz de relucir con brillo propio sin desmerecer como durante mucho tiempo se nos quiso hacer creer a los lectores.
     Coirón es una novela que transcurre en la zona de Neuquén, Patagonia Argentina, en algún momento indeterminado, probablemente a comienzos del siglo XX. Una familia chilena, como tantas otras en la época, ha migrado desde su país natal a colonizar esa zona constituida por un único paisaje que se repite tortuoso, igualando días y vidas: la pampa. De ahí el nombre de la novela; el coirón es es la única vegetación, cuando menos el tipo de vegetación dominante del paisaje donde entre guanacos, avestruces y reses de todo tipo, la vida se va haciendo monótona y tranquila, entre gauchos y puesteros.
     La historia está contada por su mismo protagonista, que aunque no nos informa sobre su actual estado, entendemos que se trata de un adulto que rememora su primera niñez en la libertad sin límites de la vida pampina, comiendo en el fogón, donde la carne asada y el mate eran su único sustento. La anécdota no hila la narración sino que el columna de esta pareciera ser, más bien, el paisaje, la vida como forma de costumbrismo, el contexto y las maneras en que el hombre se ha adaptado a su falta de hospitalidad, volviéndose también peligroso para sus pares.

Carne, carne, único fruto de esa tierra dura, carne asada, churrasco, carne cocida con coles y trigo, ése y no otro era nuestro alimento. Mi madre me hacía tragar, a veces, un poco de leche. Pero el instinto me llevaba hacia la carne, hacia el mate, hacia la pétrea galleta marinera, que traíamos en grandes bolsos desde el boliche de Fernando Miranda, el misántropo gallego, afincado tenazmente, como un liquen, en las lejanas márgenes del hosco Limay.